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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Tres mujeres (Three Women), obra de Bill Viola de 2008. Fuente: Museo Guggenheim Bilbao
En Lo que queda del día, una de las novelas de Kazuo Ishiguro, aparece una frase que he usado con frecuencia en los talleres de escritura. El mayordomo, narrador y protagonista de la novela, muestra un autocontrol casi inhumano en distintas situaciones: cuando es humillado delante de los invitados del aristócrata para el que trabaja, o cuando se enorgullece de haber sido capaz de organizar una cena intachable mientras su padre agonizaba en un cuarto de la mansión. Y hacia el final de su novela, al quedarle claro que es imposible la relación con el ama de llaves a la que siempre ha tratado con una profesionalidad exquisita, dice: as a matter of fact, my heart was breaking. (En la traducción al español, algo menos eficaz: “¿Por qué no admitirlo? Sentí que se me partía el corazón.”) Para mí, la contraposición entre la manera contenida, casi objetiva —as a matter of fact— con lo trágico del enunciado y de la situación en la que se encuentra el narrador, son la expresión pura de lo literario. Lo que podía ser un tópico, “se me partía el corazón”, expresa, por las palabras que lo anteceden, las contradicciones y la manera de reprimir sus emociones del protagonista. Eso es lo que resulta casi imposible de enseñar en un taller literario. Esa finura, esa inteligencia.

Me alegra que Ishiguro haya ganado el Nobel. Dentro del grado de arbitrariedad que significa la concesión de cualquier premio, al menos es un autor que siempre me ha interesado, y en algún momento, fascinado. Nunca me abandones me pareció un libro deslumbrante.

Si miro hoy mi vida, me doy cuenta de que no tengo necesidades insatisfechas, pero sí deseos. Creo que, a mi edad, es la situación perfecta. El deseo no ha muerto, pero ha desaparecido esa angustia que tanto tiempo me ha acompañado de no obtener lo que me parecía necesario.

"A veces pienso que estas separaciones nos angustian porque nos hacen pensar en la separación definitiva. Y lo más probable es que sea yo el primero en desaparecer."

Siempre me pareció un estado despreciable el que ofrecía el budismo: la ausencia de deseo. No he querido para mí esa aparente sabiduría basada en la renuncia satisfecha. El deseo sigue pareciéndome la única manera de crecer, de ampliarme, de descubrir.

En un festival literario. Noto la incomodidad de E. ante algunos comentarios de su compañero de mesa. Empiezan mal las cosas cuando dice, además en plural, “preferiríamos que nos moderase Miss Universo” (como llaman al parecer a una de las organizadoras). ¿No se da cuenta de lo imbécil y machista del comentario cuando además en la misma mesa se encuentra una mujer? ¿Le parece que ella también preferiría a la Miss como moderadora o ni siquiera es consciente de  su presencia, o es consciente pero le da igual?

E. y yo nos separamos como si uno de los dos fuese al exilio. Hemos pasado días intensos, primero de trabajo, con la promoción de E. Luego un fin de semana breve en Sopelana. Hemos estado tan a gusto. Parafraseando el título de Millás, la felicidad era esto.

Luego E. me acompaña al tren y estamos tristes por tener que separarnos. También nos confesamos cierta angustia. A veces pienso que estas separaciones nos angustian porque nos hacen pensar en la separación definitiva. Y lo más probable es que sea yo el primero en desaparecer.

La otra noche, viendo juntos Impacto: John Travolta se lanza a un río o lago para rescatar a las víctimas de lo que parece un accidente de coche. En el coche, bajo el agua, un hombre y una mujer. Travolta consigue salvarla a ella de ahogarse. E.: “yo no querría que me sacasen del coche”. Quiere decir, claro, “y seguir viviendo después sin ti.” Por un lado me emociona, por otro lado pienso con tristeza que tendrá que acostumbrarse a la idea. Yo me hundiré y ella seguirá flotando.

Sólo recuerdo tres ocasiones en las que se me han saltado las lágrimas ante una obra de arte: ante uno de los cuadros que Gerhard Richter dedica a la Baader-Meinhof; ante un Tiziano que hay en la catedral de Toledo, el retrato del Papa Pablo III, y hace dos días, ante una obra de Bill Viola en su retrospectiva en el Guggenheim. Son obras tan distintas, y tan pocas, que me resulta difícil identificar un patrón. ¿Por qué me han emocionado tanto? La de Viola sí sabría decir por qué: una mujer, una joven y una niña, acercándose muy, muy despacio al frente del cuadro desde un fondo oscuro y borroso. La mujer se adelanta y atraviesa una barrera de agua, se nota la alegría en ella, y su imagen va adquiriendo color; la siguen, una a una, la joven y la niña, con la misma alegría. Luego, también una tras otra, tristemente, atraviesan otra vez esa barrera de agua y regresan al fondo del que venían, se difuminan, son devueltas al blanco y negro borroso. Creo que nunca había visto una obra que resumiese, con tan poco, y de forma tan contenida, la alegría de estar vivo y la tristeza de la desaparición.

Me vuelvo hacia E. Se está secando una lágrima.

Hago ahora memoria para recordar libros que me hayan hecho llorar. Recuerdo Medea, de Christa Wolf; Jakob el mentiroso, de Jurek Becker; Elegía, de Philip Roth.

"La postmodernidad volvió ridículo el síndrome de Stendhal. Al convertir lo literario en juego, en metaliteratura, en relato ajeno a lo real."

Probablemente se me han saltado las lágrimas más veces en el cine que leyendo. Pero las he olvidado todas. Lágrimas quizá más superficiales, más provocadas por una emoción a la que nos fuerzan las imágenes y la música. Lágrimas de melodrama, de excitación de los sentidos más que de la comprensión repentina o la identificación inexplicable.

¿Seré un hombre llorón? Ahora recuerdo también momentos de emoción al entrar en algunos espacios. Por ejemplo, cuando entré en la mezquita de Rüstem Pasha en Estambul se me saltaron las lágrimas sin motivo aparente. También me ha sucedido en alguna iglesia románica –si no me equivoco, la primera vez fue en San Baudelio de Berlanga.

La postmodernidad volvió ridículo el síndrome de Stendhal. Al convertir lo literario en juego, en metaliteratura, en relato ajeno a lo real (porque lo real no existe, más que como otro relato) hizo que pareciésemos imbéciles los que nos emocionamos con una obra de arte.

La traductora australiana Lilit Thwaites traduce un relato mío al inglés y me envía su trabajo para que le eche un vistazo. Es una de las pocas veces en las que, al ver una traducción de uno de mis textos, no echo nada de menos. Tengo la impresión de que se lee en inglés igual que se leía en el original.

"Cada historia te exige decidir, como en un duelo, si eliges luchar con sable o con pistola: la precisión y el temple o el equilibrio, la agilidad y los arabescos."

Alguna vez he oído que si un texto no pierde al ser traducido es un texto pobre. ¿Debo entonces preocuparme? Claro, si la pobreza consiste en la escasez de imágenes, metáforas, figuras literarias, es probable que tal afirmación sea cierta. Pero un texto escrito en un lenguaje sencillo no tiene por qué ser pobre. Hay textos ricos por su lenguaje y textos que lo son por las situaciones que narran, por su perspicacia o su intensidad. Y los hay que despliegan todas las armas al mismo tiempo. Cada historia te exige decidir, como en un duelo, si eliges luchar con sable o con pistola: la precisión y el temple o el equilibrio, la agilidad y los arabescos. Para un escritor es útil saber manejar más de un arma (eso le permite luchar en más campos), pero hay escritores que sólo manejan un estilo y no quisiera enfrentarme a ellos en su terreno.

(Aquella escena de En busca del arca perdida: al paso de Indiana Jones sale un árabe vestido de negro, con turbante y túnica, que hace mil virtuosismos con la cimitarra y le reta realizando filigranas amenazadoras. Indiana Jones saca la pistola y lo mata de un tiro. El triunfo de la técnica sobre el arte; o del principio de realidad sobre la fantasía. La escena, aunque divertida, siempre me dejó un regusto amargo.)

"No es frecuente que me guste un libro cuyo protagonista es un escritor. Quizá porque estoy demasiado cerca de los tópicos en los que suelen incurrir."

Leo La vaga ambición, de Antonio Ortuño. Hace poco estaba yo ordenando los cuentos de un libro que publicaré pronto, daba mil vueltas a cómo ir montando el libro, qué cuento primero, cuál después, cuál es la mejor secuencia, por qué. Lo discuto con el editor, buscamos lo más apropiado… y después se me ocurre que yo no respeto el orden de los cuentos en un libro. Los leo según me apetece, y con arreglo al tiempo que tengo por delante elijo un cuento más largo o más corto, independientemente de su posición en el libro. Por eso necesito más tiempo del necesario para darme cuenta de que el protagonista de los cuentos de La vaga ambición es siempre el mismo. Y sólo entonces caigo en lo importante que era en este caso respetar el orden pensado por el autor: hay un crecimiento, una evolución que de otra manera no se aprecia igual.

No es frecuente que me guste un libro cuyo protagonista es un escritor. Quizá porque estoy demasiado cerca de los tópicos en los que suelen incurrir (y sí, yo también cuento entre mis pecados haber usado a un protagonista escritor; el otro es haber escrito una novela ambientada en la guerra civil). Pero me impresiona La vaga ambición. Cuentos densos, duros, más bien, desoladores en su mayoría. Y esa lenta progresión hacia la insignificancia y el fracaso. Aunque el fracaso es una cuestión de actitud. Hace dos días me sentía, como he escrito antes, satisfecho, con mis necesidades cumplidas. Y hoy, por una situación desagradable en un acto literario en la que me parece que no obtengo el reconocimiento que merezco, me siento fracasado, invisible, inexistente. Ayer tenía la impresión de hacer lo que quiero y disfrutarlo; ya sé, no soy un escritor canónico; ya sé, hay lectores que ni siquiera conocen mi nombre. Pero tengo la sensación de haber ido construyendo mi obra según mis deseos, de poder contemplarla con satisfacción aunque la haya edificado en un lugar poco visible. Sin embargo, hoy mi obra me parece tambaleante, torcida… Mentira, no es eso. Es que hoy, por una debilidad espero que pasajera, siento que necesito la mirada ajena, la aprobación, y al no conseguirla me deprimo. Eso es el fracaso, traicionar a la persona que eres porque necesitas que los demás te admiren más de lo que hacen.