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Viaje a Tierra Santa, de Juan Eslava Galán y Manuel Piñero

Viaje a Tierra Santa, de Juan Eslava Galán y Manuel Piñero

Dos amigos jubilados, Bonoso y Antonio, viajan a Tierra Santa, Turquía y Grecia para indagar los orígenes del cristianismo y, de paso, observar la variedad del mundo. Desde el monte Sinaí, donde Moisés vio a Yahvé en una zarza ardiente, la peregrinación en busca de la verdad los llevará a seguir las huellas de Jesús y de la densa historia de aquellas disputadas tierras en las que arraigaron religiones, pueblos y pintorescas sectas.

Durante este largo periplo por los lugares clave de las Escrituras, los dos amigos reflexionan sobre la veracidad de los distintos episodios bíblicos, discuten sobre conceptos universales como la muerte o la resurrección y arrojan luz sobre temas tan candentes como el conflicto entre Israel y Palestina.

Zenda adelanta un capítulo de Viaje a Tierra Santa, de Juan Eslava Galán y Antonio Piñero (Booket).

***

CAPÍTULO 18

Del fin del mundo, ángeles e infiernos

—¿El fin de los tiempos?

—Una manera delicada de decir la proximidad del fin del mundo —añade Antonio.

—A ver. Explícame eso.

—Jesús tenía una idea del fin del mundo muy parecida a la de otros judíos de su tiempo, como es lógico.

—¿Y qué es lo que se imaginaba un judío, o galileo, normal y corriente del siglo I?

—La idea del fin de los tiempos aparecía en las Escrituras de los profetas y en diversa literatura piadosa, como los apócrifos del Antiguo Testamento.

—¿Y qué contaba esa literatura? —pregunta Bonoso.

—La historia más aceptada era que, colmada la paciencia de Dios por el desorden y los pecados del mundo y la opresión de Israel, empezaba a enviar señales a la humanidad.

—¿Qué tipo de señales?

—Fenómenos como la luna que se convierte en sangre, estrellas que caen sobre la tierra o tragedias terrestres: guerras continuas, hambrunas y pestes.

—Otra faena como el Diluvio universal… —sugiere Bonoso.

—Algo así —corrobora Antonio—. Al final, todos los humanos mueren y se hace un silencio cósmico, pero al cabo de unos siete días se produce una resurrección general de todos los muertos (algunos piadosos sostenían que solo resucitarían los judíos, pero la mayoría creía en una resurrección general, de judíos y gentiles). Ese sería el primer acto. Inmediatamente después, en una sala inmensa, Dios procedería a un juicio general ayudado por sus ángeles.

—Interesante segundo acto —comenta Bonoso.

—Los ángeles expondrían ante el Altísimo las obras de cada persona, buenas y malas (algunos pensaban que también los pensamientos, igualmente buenos y malos), y Dios emitiría una sentencia: para los buenos, el paraíso; para los malvados, castigo eterno en la gehenna del fuego. El paraíso de los buenos comienza en la tierra de Israel, debidamente renovada.

—¿Y en qué consistía ese paraíso?

—El Reino de Dios era como un país de Jauja feliz: buen yantar y buen vivir en general, ya que no quedan malvados sobre la tierra porque o han sido aniquilados o están en el Hades, o Sheol, para toda la eternidad, convertidos en humo.

—Noto que se deja un resquicio al deseo común a todo ser humano: pervivir —dice Bonoso.

—En efecto: nos resistimos a aceptar la desaparición total.

—¿Y cómo justificaba Jesús su conocimiento de estas cosas sobre el fin del mundo presente, el dominio final de Israel sobre las naciones y la Jauja feliz? —pregunta Bonoso.

—Hacía creer que se lo había revelado Dios [126], pero en realidad había tomado esas ideas de otro predicador: su precursor, Juan el Bautista. Al principio de sus predicaciones Jesús coincidía en todo con Juan el Bautista.

—Entonces, ¿qué necesidad tenía de formar su propio grupo de discípulos? [127]

Antonio se encoge de hombros.

—No lo sabemos. Ningún evangelista lo explica. Quizá quería perfeccionar o añadir conceptos a la doctrina de Juan el Bautista, o puede que sospechara que tenía sus días contados debido a la enemistad de Antipas y que su movimiento necesitaría pronto un sucesor.

—¿No les parecería a sus contemporáneos un poco presuntuoso que Dios le revelara sus cosas a un carpintero?

—Sin duda así les pareció, pero algunas personas sencillas lo creyeron. Jesús debió de ser bastante persuasivo. Parece claro que tenía un alto concepto de sí mismo como profeta final y definitivo antes del fin del mundo. Recuerda el pasaje evangélico de la sinagoga de Nazaret (Lc. 4, 16-29), en el que sus compatriotas, soliviantados con lo que creían que eran actos de soberbia insoportable, quieren despeñarlo por un barranco. En otras ocasiones el mismo Jesús se compara con Jonás o con Salomón y sostiene (señalándose a sí mismo) que Aquí hay algo más que Jonás (Mt. 12, 41), o más que el mismísimo rey sabio: Aquí hay algo más que Salomón (Lc. 11, 31).

—Un tipo pagado de sí mismo ante los que solo veían a un carpintero metido a predicador —deduce Bonoso.

—Pero otros creían firmemente en él, sus discípulos, y estaban convencidos de que era un profeta santo o el Mesías que proclamaba el Reino de Dios.

—¿El Mesías?

—Da la impresión de que en algún momento dudó del alcance de su obra, o a lo mejor fue solo un pequeño detalle vanidoso lo de interesarse por la opinión que se tenía de él. En una ocasión pregunta qué opina la gente de él y sus discípulos le responden: hay quienes piensan que es Juan el Bautista resucitado; otros, que Elías vuelto a la tierra; otros más, que uno de los profetas antiguos también redivivo (Lc. 9, 7-8). La gente lo tomaba por un profeta [128].

—Después da la impresión de que se dejó arrastrar por el parecer de sus seguidores que querían ver en él al Mesías, como sugiere la confesión mesiánica de Pedro: Y él les preguntaba: «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?». Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo, es decir, el Mesías» (Mc. 8, 29). El Evangelio de Juan habla del intento de algunos judíos de proclamarlo rey después de haber dado de comer milagrosamente a una gran muchedumbre: Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (Jn. 6, 14-15). Por eso, al final de su vida, es posible que sucumbiera a la tentación de arrogarse el título mesiánico de «rey de Israel» [129]. Quizá se convenció de que el pasaje de la Biblia en el que Moisés predice el futuro se refería a él [130].

—¿Por qué crees eso?

—De lo que puede deducirse históricamente de la escena del interrogatorio ante Caifás (Mc. 14, 55-64). Según el evangelista, se le pregunta: ¿Eres tú el Mesías, el hijo del Bendito? Y él responde sin ambages: Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Poder (es decir, Dios) y viniendo (luego) entre las nubes del cielo. Pienso que sin su convencimiento de ser el Mesías esperado no podría entenderse bien su entrada triunfal en Jerusalén, y en menor grado la expulsión de los mercaderes del Templo (Mc. 11, 15-19). En ese contexto se entiende también que los romanos lo condenaran a muerte como aspirante al trono de Israel.

—De pronto se ve obligado a representar ese peligroso papel ante los romanos para no decepcionar a sus seguidores —reflexiona Bonoso—. Como el general Della Rovere.

—¿El general Della Rovere? —pregunta Antonio.

—Es una novela de Indro Montanelli en la que se basó Rossellini para una película protagonizada por Vittorio de Sica. Cuenta la historia de un estafador de poca monta al que contratan los nazis para meterlo en una prisión militar haciéndolo pasar por un líder de la resistencia a fin de espiar a los reclusos políticos. Él se ve tan reverenciado por sus compañeros de infortunio que al final se comporta como un verdadero líder y se hace fusilar por los alemanes.

—O sea, el timador que se cree su propio papel y se convierte en héroe —reflexiona Antonio.

—Javier Cercas, en su novela Anatomía de un instante, encuentra un caso parecido en el presidente Adolfo Suárez, que desde la derecha representa el papel de instaurador de la democracia y acaba creyéndoselo y sacrificándose por ella.

Cafarnaúm dista de Nazaret setenta kilómetros que nuestros amigos recorren, dejando atrás la Reserva de Roble Beit Qeshet, junto con el monte Arbel, por una carretera de variadas vistas, parcelas agrícolas y bosquecillos. A medida que progresan, la tierra parece más amable y fértil, como ya atestigua el historiador Flavio Josefo: «El más perezoso de los hombres descubre aquí su vocación de agricultor, pues la llanura es muy fértil y produce cosechas todos los meses del año».

—Aquellas montañas gemelas, en realidad restos del cráter de un volcán apagado, son los llamados Cuernos de Hattin —señala Antonio—. Algunos creen que es el lugar donde Jesús predicó el sermón de la Montaña, pero es una suposición gratuita.

—¿Qué me dices? —dice Bonoso, entusiasmado—. ¿Vamos a pasar por los Cuernos de Hattin? Allí se riñó el 4 de julio de 1187 una célebre batalla en la que Saladino, sultán de Egipto y de Siria, derrotó a los cruzados. Después de ella, Jerusalén y todo el reino latino cayeron en manos musulmanas. Solo resistieron algunas ciudades costeras que podían avituallarse desde Chipre por mar.

—Muy enterado te veo —dice Antonio.

—Es que en mis tiempos estudié la de las Navas de Tolosa, un poco posterior, y ello me llevó a interesarme por las batallas de los cruzados.

—¿Te parece que visitemos el lugar? —ofrece Antonio.

—Hombre. No estaría mal —acepta Bonoso, complacido.

***

[126] Lucas en 10, 18 presenta a Jesús como un visionario, pues vio cómo caía Satanás como un rayo, desposeído de su poder, gracias al anuncio del Reino de Dios y del arrepentimiento por parte de sus discípulos.

[127] Marcos lo cuenta con sencillez y sin explicar el porqué en 1, 16-20 (llamada al seguimiento de Pedro y su hermano Andrés, un poco más tarde de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo) y de Mateo/Leví, el recaudador de impuestos en 2, 14.

[128] Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor! ¡Señor! ¿No profetizamos en tu nombre? (Mt. 7, 22); El que recibe al profeta como profeta tendrá recompensa de profeta… (Mt. 10, 41); (habla Jesús como encarnación de la sabiduría divina). Por eso os envío yo profetas, sabios y escribas… (Mt. 23, 34).

[129] Muy claramente en Lucas 19, 38: en la entrada triunfal en Jerusalén decía la gente: ¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas. Y cuando expresa la acusación que el consejo de los ancianos, el Sanedrín, expuso ante el prefecto Poncio Pilato: Y levantándose todos ellos, lo llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a este alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es el Mesías rey». Pilato le preguntó: «¿Eres tú el Rey de los judíos?». El le respondió: «Tú lo has dicho» (Lc. 23, 1-3).

[130] Yahvé tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis (Dt. 18, 15).

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Autores: Juan Eslava Galán y Antonio Piñero. Título: Viaje a Tierra Santa. Editorial: Booket. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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