Inicio > Libros > Adelantos editoriales > Tres veranos, de Margarita Liberaki

Tres veranos, de Margarita Liberaki

Tres veranos, de Margarita Liberaki

Tres veranos (Periférica), de Margarita Liberaki, es el amplio retrato de una feminidad diversa, compleja y, en ocasiones, contradictoria, una historia que encierra el encanto de aquellos momentos que inadvertidamente acaban convirtiéndose en decisivos de una vida sólo cuando se echa la vista atrás.

Zenda adelanta las primeras páginas.

***

I

LA ABUELA POLACA

Aquel verano nos compramos unos enormes sombreros de paja. El de María tenía cerezas alrededor; el de Infanta, nomeolvides azules, y el mío, amapolas rojas como el fuego. Así, cuando nos tumbábamos en el pajar, nos fundíamos con las flores silvestres. «¿Dónde os habéis metido otra vez?», gritaba nuestra madre. Nosotras, chitón. Susurrábamos, nos contábamos secretos. Los años anteriores María e Infanta se los confiaban a mis espaldas, pues yo era la más pequeña. Pero ese año… Ese año Infanta se tumbaba un poco más allá, en silencio, y María me los revelaba a mí. No dejaba de hablar mientras se revolcaba en la paja. Tenía las mejillas encendidas y los ojos le brillaban de un modo extraño. Si me distraía mirando el sol, que estaba a punto de ponerse, o algún insecto, María se enfadaba. «Pero bueno, ¿es que no te interesa lo que te cuento? –protestaba–. La culpa es mía por intentar abrirte los ojos. ¡Por mí, como si sigues creyendo que a los niños los trae la cigüeña!…»

Cuando me disponía a contestar que sabía que a los niños no los trae la cigüeña, que lo sabía desde siempre, me frenaba su carcajada, una carcajada decidida e impetuosa que estremecía los granos del trigo a su paso por la pradera hasta rebotar contra la montaña de enfrente y volver como un eco. En esos momentos me irritaba la risa de María. Adivinaba en ella una desvergüenza que disipaba el misterio de las cosas, su encanto. Y, no sé por qué, al oírla, se me venía a la cabeza la romería del año anterior, en la iglesia del profeta Elías, donde había visto a un bebé muerto metido en un tarro e inmerso en formol, igual que estaba en el vientre de su madre antes de nacer.

A mediodía nunca dormía la siesta, costumbre que había arraigado en mí de pequeña, cuando pensaba que no echar una cabezada durante el día era una acción revolucionaria, prueba de una voluntad de hierro y de un alma independiente. Así las cosas, trepaba al nogal y me hacía anillos de flores y pulseras de crin de caballo. Después me los ponía e intentaba ver mi reflejo en la alberca. Pero nunca lo conseguía porque a aquella hora el sol caía de lleno en el agua y la hacía brillar como un trozo de oro caliente que me cegaba.

También hacía abalorios para mis hermanas. Pero luego no me gustaba vérselos puestos. No por envidia, sino porque me daba la sensación de que no los apreciaban lo suficiente, de que no se los merecían, pues era como si estuvieran esperando a que las flores se marchitaran –razón por la que se marchitaban antes de tiempo–, o como si supieran que las pulseras no eran más que crin de caballo y, por tanto, no podían parecer sino eso, mera crin de caballo que, para más inri, procedía de la cola, la misma con la que el animal espanta las moscas que se le posan en la grupa.

Cuando la luz me deslumbraba tanto que me pesaban los párpados y se me aflojaban las extremidades como si hubiera bebido vino dulce, me iba al pajar, donde encontraba un silencio lleno de sombra y de olor a heno. Allí colmaba mi soledad con personajes y lugares remotos: cintas de colores al viento, mares naranjas, Gulliver en el país de los caballos habladores, Ulises en las islas de Calipso y de Circe. Circe era mala: transformaba a los humanos en cerdos. Pero tenía el poder de hacerlo. ¿Tendría yo más adelante algún poder parecido? No el de transformar a la gente en cerdos, claro, sino… El cuerpo se me iba hundiendo cada vez más en la paja, se apoderaba de mí un sopor de unos pocos minutos y empezaba a dar cabezadas, algo, eso sí, que no le confesaba a nadie. Era un sueño dulce y, al despertar, me daba la impresión de haber regresado de otro mundo. Pero la pradera reía y las uvas colgaban maduras de la parra, y yo, con las manos siempre prestas a cortarlas y la boca deseosa de saborearlas, me decía para mis adentros si, de todos los mundos, de todas las estrellas que son otros mundos, no sería la Tierra la más bonita.

Nuestra casa quedaba a una media hora de Kifisiá. Estaba en medio de una pradera rodeada de vergeles y prácticamente aislada, ya que, para ir a la vivienda más cercana, que era la de Parigoris, el médico, se tardaba por lo menos diez minutos. «Sólo ir a la compra ya es agotador», decía nuestra vieja criada, Rodiá. La había construido el abuelo a su gusto: con habitaciones grandes, cuadradas, de techos altos, dos terrazas donde poníamos a secar el maíz o lo que fuera, la casita del jardinero y, un poco más apartados, el establo y los gallineros. Había puesto especial cuidado en el jardín: no sólo porque era ingeniero agrónomo, sino porque le gustaban los árboles. Los plantaba, los criaba como si fueran niños y se acordaba de sus enfermedades, de las heladas y de los malos vientos que habían doblegado sus troncos; también recordaba los injertos que les había hecho y la época en la que habían dado frutos por primera vez. «Los árboles –decía– son la cima de la Creación. Sus raíces en la tierra nos muestran que todas las criaturas están conectadas entre sí y con Dios.» En primavera solía tumbarse al pie del manzano –el manzano del abuelo, así lo llamábamos– y escuchaba el zumbido de las abejas mientras éstas se adentraban en las flores para extraer el polen dorado.

Me figuro que el abuelo tenía la finca para consolarse. Había perdido a la abuela cuando mamá y la tía Teresa tenían respectivamente cinco y siete años. No es que se la hubiera llevado la Muerte: el que se la llevó fue un vivo, un músico que pasó por Atenas para dar un par de conciertos. En el primero la abuela se enamoró de él, se conocieron y, después del segundo, ya no pudo aguantar y se marchó con él. Como eran los dos extranjeros, hacían buena pareja: la abuela era polaca y tenía los ojos verdes.

Me quedé boquiabierta la primera vez que Rodiá me habló de todo aquello. Recuerdo que fue una noche de invierno que estábamos sentadas en la cocina mientras se cocían unos boniatos. ¿Una abuela haciendo una cosa así? No me cabía en la cabeza. «A ver, alma de cántaro –me respondió–, en aquella época todavía no era abuela. ¡Si tu madre y la tía Teresa eran unos micos!» Es verdad, aún no era abuela… «Nunca supimos adónde se fue –prosiguió Rodiá–. Quién sabe qué habrá sido de ella y si está viva… Desde entonces, tu abuelo no quiere ni oír hablar de ella.»

En efecto, nadie mentaba su nombre. Ni madre ni la tía Teresa. Sólo nosotras pensábamos en ella alguna vez. Además, habíamos descubierto una foto suya en una vieja consola. Qué guapa era… La llamábamos la abuela polaca para diferenciarla de la otra, la paterna, que era una señora de pelo blanco y sonrisa amarga, a causa de quién sabe qué deseos sin cumplir.

–Pues yo, qué queréis que os diga, la admiro –les dije una tarde en que hablábamos de ella tumbadas en el pajar.

–¿Y eso? –soltó distraída Infanta.

–¿Por qué? –preguntó María con interés.

–Pues porque fue valiente marchándose así, lejos del abuelo…

–Valientes son los que se quedan –me interrumpió María, e Infanta no dijo nada.

Supongo que María tenía razón y que hablé de ese modo porque era pequeña. Andando el tiempo, comprendí que para la abuela polaca lo lejano estaba realmente aquí, no
allí.

Aquel inverno llovió mucho. El bosque estaba empapado y no le daba tiempo a secarse, la hojarasca se pudría y se transformaba en tierra. Por la noche soplaba un vendaval tan tremendo que las cortinas del comedor se movían sin que nadie las tocara.

–¿Quién es? –preguntaba el abuelo.

–Nadie –respondíamos nosotras.

–Pero si han llamado.

–No –contestábamos–. Habrás oído mal, abuelo. –Y suspirábamos.

Por nuestro pelo se derramaban gruesas gotas de lluvia al volver del colegio. Teníamos capuchas, pero no nos las poníamos: nos las echábamos hacia atrás y caminábamos a la intemperie. María iba dando tumbos y dejaba los labios entreabiertos, como si estuviera borracha. Infanta caminaba en línea rectísima y, cuando una gota se le posaba en las pestañas, se la limpiaba con la mano como si fuera una lágrima. Si tenía toda la cara mojada, no entiendo por qué le molestaba esa única gota. Yo, en cambio, corría con los brazos extendidos hacia el cielo y la tierra, y cantaba, pues me fascinaba estar fuera bajo la lluvia. Sin embargo, cuando estaba en la habitación y el agua repiqueteaba en el tejado y resbalaba por los cristales, no sé qué me entraba. Me encerraba, me tiraba en la cama y, rendida, lloraba un buen rato. Aunque no sé si era de pena.

–Caterina es un poco nerviosa –le advirtió un día la tía Teresa a madre–. Hay que tener cuidado.

–¿Cuidado de qué?

–Pues de que no se parezca a…

Se referían a la abuela polaca. Me di cuenta por el tono de sus voces, por la mirada que intercambiaron. ¿Conque la abuela era nerviosa? A partir de aquel día, cuando alguien me reñía o cuando me enfadaba con mis hermanas, me ponía a dar voces. Además, cogí su foto y esa misma tarde la coloqué junto a mi rostro frente al espejo. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, no encontré más que un remoto parecido. Ella tenía los ojos verdes; yo, castaños y uno más oscuro que otro, cosa rara, sí, pero no me sentaba mal. Rodiá decía que era señal de que iba a ser una persona con suerte. Mi abuela tenía el pelo negro; yo, castaño de nuevo. Ella, la piel blanca; yo, del color del trigo. Sólo nos parecíamos en el cuello y un poco en la barbilla, algo de lo que yo me enorgullecía mucho. La manera en que el cuello nos nacía de los hombros y continuaba hasta el mentón para dar paso al rostro estaba dotada de cierta belleza, una línea limpia y firme, indicio de que algún día yo sería guapa y, lo que es más, me daba seguridad y confianza en mí misma. Muchas veces, cuando estaba sola, me bajaba el vestido hasta los hombros. Antes de dormir, hacía lo mismo con el camisón y me miraba en el espejo. Me quedaba absorta en mi reflejo, como si en el mundo no existiera nada más que yo y mi imagen, y eso me gustaba. Pero una noche que se había ido la luz, encendí una vela y me llevé un buen susto porque vi que mi sombra se alzaba, enorme, sobrenatural, en la pared de enfrente, hasta tocar mi cama, hasta llegar al techo y cubrirlo.

La tía Teresa llevaba razón al decir que ese año tendríamos muchas amapolas. Por lo visto, las lluvias habían multiplicado las semillas y éstas se habían esparcido por todo el prado. Aun dentro de la finca, en los sitios sin sembrar, se formaban alfombras cuadradas de rojo, como augurando que sucedería algo de manera inminente: eso decía Rodiá que significaba soñar con rojo. Me alegro de haber elegido amapolas de ese color para mi sombrero de paja. Así estoy en armonía con todo. También María acertó al elegir las cerezas rojas, un fruto jugoso y dulce. En cuanto a los nomeolvides azules de Infanta, son tan poco corrientes…

—————————————

Autora: Margarita Liberaki. Traductora: Laura Salas Rodríguez. Título: Tres veranos. Editorial: Periférica. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

4.2/5 (6 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest
0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios