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Viaje al fin de Céline, con Carmen Kurtz

Louis Ferdinand Céline.

Los viajes de Céline me agotan. El lector que soy, empachado —me temo que ya no regresará el lector insaciable y glotón que fui—, ya no lo soporta más allá de media docena de páginas. Una tarde, aburrido, picoteo un rato Viaje al fin de la noche, abriéndolo al azar, en busca de no sé qué.

Y leo: «En cuanto llegas a un sitio se revelan tus ambiciones».

Me detengo. Leo y releo esa frase. Y me digo, vale, ya lo sé: esta tarde llego a la novela de Louis Ferdinand Céline en busca de prosas apátridas. Nada más ambiciono. Sólo busco mantener este diario.

"Un enorme cotorreo se extiende gris y monótono, por encima de la vida, igual que un espejismo atrozmente descorazonador."

Al minuto siguiente abro el libro de Louis Ferdinand Céline por otro lugar, paso por encima de varios diálogos y caigo en esta otra frase: «Un enorme cotorreo se extiende gris y monótono, por encima de la vida, igual que un espejismo atrozmente descorazonador». Entonces una corazonada —sí, quizá esto sólo sea un juego de palabras— me lleva de un lado a otro del volumen. Pero ya no encuentro nada más. Nada me intriga ni me importa.

Carmen Kurtz.Decepcionado, hojeo el volumen esta vez por el principio. Veo que tengo entre las manos una edición de 1983, traducida por Carmen Kurtz, y caigo en la cuenta de que en el sitio donde estoy —por no extenderme, diré sin más que es el piso de las tías, mi peculiar habitación propia— conservo una colección de los Premios Planeta que termina en los años ochenta. Unos tochos verdes que podemos encontrar en cualquier rastro y librería de viaje —a menudo vírgenes, sin haber conocido aún lector—.

En el piso de las tías compraron la colección, pero no para adornar un salón sino para alimentar a un sobrino devoralibros que no sabía qué leer después de zamparse las aventuras de Tintín, las joyas literarias ilustradas y las ciento noventa y tantas novelas de El Coyote. (Mis queridas tías, sobre las que no procede escribir ahora, sólo leían entonces, y ya malamente, antes de perder la vista, el ¡Hola!).

No tardo en encontrar el volumen que recoge los premios del 55 al 58, que ganaron Antonio Prieto, Emilio Romero, Fernando Bermúdez de Castro y, en 1956, Carmen Kurtz con El desconocido.

Viaje al fin de Céline, con Carmen KurtzEl libro, qué casualidad —o no, más bien no—, es una tercera edición, publicada en el mismo año que la traducción que conservo del Viaje al fin de la noche: 1983. Me fijo en los meses. La novela de Céline llegó al piso de las tías en septiembre del 83, por supuesto con el resto de la colección de Obras maestras de la Literatura Contemporánea (con Kafka, Rulfo, Woolf, Delibes, Capote, McCullers, Nabokov, Duras, Le Carré, Borges… una maravilla, cien mejor dicho). Los tochos verdes de los Planeta, en noviembre o poco después. Yo tenía once años, casi doce. Han pasado, qué horror —ahora pienso en otro Kurtz, en el de Conrad, Coppola y Brando—, treinta y demasiados años.

Me apetece leer El desconocido, más que nada porque no recuerdo, la verdad, si llegué a leerlo. Hasta que no lleve unas cuantas páginas me temo que no lo sabré. Pero ahora no puedo, la tarde declina, debo salir.

Antes de recoger, cuando voy a dejar que el Viaje de Céline siga acumulando polvo en una balda tal vez otro par de lustros —y el lector que seré ya veremos qué dice entonces, si es que dice algo, claro—, sin apenas pensarlo avanzo hasta la última página. Y, por fin, encuentro lo que quizá ambicionaba. Esto:

«El remolcador pitó a lo lejos. Su llamada pasó al puente, un arco, todavía otro arco, la esclusa, otro puente, lejos, más lejos… Llamaba a todas las gabarras del río, todas, y a la ciudad entera, y al cielo y al campo y a nosotros; todo se lo llevaba, el Sena también, todo, no se hable más».

Esas líneas, además del final del Viaje, bien podrían ser —bueno, quizá ya lo son— un relato. Tan breve como perfecto. Porque las líneas restantes, las trescientas setenta páginas restantes, le sobran al lector que soy. Y no se hable más, por ahora.

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