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Viajeros de la revolución mundial, de Brigitte Studer

Viajeros de la revolución mundial, de Brigitte Studer

La Internacional Comunista fue el primer intento organizado de promover una revolución mundial y dejó una huella imborrable en la historia del siglo XX. Este libro ofrece un relato de esta organización transnacional, contado a través de los ojos de los activistas que formaron parte de ella. 

En Zenda reproducimos parte de la Introducción de Viajeros de la revolución mundial (Akal), de Brigitte Studer.

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Introducción

Cuando en 1921 preguntaron al hindú Manabendra Nath Roy por su profesión, escribió: «revolucionario». En aquel momento estaba rellenando el formulario de la Internacional Comunista o Comintern que debían presentar regularmente todos los comunistas extranjeros que pasaban por Moscú. Tras la Primera Guerra Mundial, Roy era, como otros miles de personas, un empleado a sueldo de la Comintern. Pertenecía a la elite del comunismo internacional del período de entreguerras que realizó el experimento político, históricamente único, de planificar, dotar materialmente y llevar a cabo una revolución a nivel mundial basándose en métodos racionales y en una organización diferencial muy bien pensada. El anticolonialista radical, Roy, hijo de un brahmán de la región de Calcuta, había conocido el marxismo y el comunismo cuando buscaba armas para la lucha de liberación hindú. En 1920 había asistido con Evelyn Trent, su primera esposa, al Segundo Congreso Mundial de la Comintern en Moscú y se había puesto al servicio del comunismo internacional. Más tarde señalaría: «Cuando volví a Europa con mi esposa en 1919 […] vivimos en la mayoría de los países europeos por los que viajamos estudiando, organizando y haciendo propaganda a favor de la liberación de la India». Sus actividades también lo llevaron a Uzbekistán, China y de vuelta a la Unión Soviética, casi siempre en la clandestinidad y expuesto al peligro de ser detenido y expulsado, pues en cuanto volvió a la India lo condenaron a una larga pena de cárcel.

En este libro hablaremos de las condiciones de trabajo y de la vida cotidiana profesional y personal de los revolucionarios profesionales a sueldo de Moscú o financiados desde allí, a los que enviaban en misión política donde creían poder revolucionar las relaciones sociales y políticas. ¿Qué llevó a personas como Evelyn Trent y M. N. Roy a convertirse en revolucionarios internacionales profesionales poniendo en peligro sus vidas y asumiendo el riesgo de la detención y la tortura? ¿Por qué eligieron una vida de nómadas, insegura y al margen de la seguridad existencial burguesa? ¿Por qué se sumergieron íntegramente en la vida de la Comintern? «Un revolucionario», escribía por entonces el escritor comunista Manès Sperber,

es un hombre [sic] que apuesta todo lo que tiene a un único número, que se juega su presente a la ruleta para ganar el futuro. Considerada a la luz de la razón parece una actitud tan absurda que dan ganas de llorar. Sin embargo, al jugador le parece razonable pues nunca se apropia de lo que gana en este juego de azar, sino que lo invierte en su misión.

Así era, desde la distancia histórica del individualismo actual este compromiso total parece algo extraño. Sin embargo, la Comintern de entonces era una opción política prometedora para Roy que estaba entregado a la lucha contra el colonialismo británico. La Internacional Comunista fue el primer intento de llevar a cabo una revolución anticapitalista seria y rigurosa, pero, además, quiso implementar una política anticolonial, antirracista y antiimperialista. Tras la Primera Guerra Mundial proporcionó una ideología a los diversos movimientos de liberación nacional de los países colonizados y de las regiones definidas como «semicoloniales» (según la taxonomía de la Comintern), aunque, sobre todo, les dio recursos organizativos, personales y materiales. Tras hacerse con el poder en 1917 los bolcheviques habían publicado los acuerdos secretos firmados por los europeos para repartirse las regiones del mundo aún sin colonizar. En el manifiesto del Congreso Fundacional de la Comintern (1919) tanto Lenin como Trotski hacían un llamamiento a «los esclavos coloniales de África y Asia» para que emprendieran el camino de su liberación. El joven estado soviético había proclamado, desde el principio, el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Fineses y estonios fueron los primeros en hacer uso de él proclamando su independencia. Atrapados entre los Rojos y los Blancos tuvieron, no obstante, que luchar por ella.

A través de la Comintern, que encarnaba una visión del mundo emancipatoria e internacionalista, el comunismo ofrecía una identidad, una vía de interpretación y consejos de acción a muchos grupos sociales (sobre todo a los trabajadores, pero también a mujeres, jóvenes y personas de color). Generaba un sentimiento de pertenencia en el que la etnia, la procedencia nacional o social y, hasta cierto punto, el género no se tenían en cuenta. Los hombres y mujeres comunistas creían que el internacionalismo era una vía hacia la modernidad que permitiría superar el capitalismo, la sociedad de clases, el colonialismo, la opresión de la mujer y el racismo.

Revolución y organización

Los revolucionarios de ambos sexos aceptaron el reto de esta aventura colectiva porque la meta parecía cercana. La caída del zarismo y la toma del poder por parte de los bolcheviques en noviembre de 1917 (octubre según el calendario juliano) anunciaba una nueva era. Los diez días que estremecieron al mundo (este es el título del texto del periodista norteamericano John Reed que fue testigo ocular del evento) convirtieron a Rusia en el laboratorio de un gigantesco proyecto revolucionario que se quiso implementar en una sexta parte del mundo y dio lugar a prácticas emancipatorias que carecían de precedente histórico. Tanto en Europa como en otros lugares se empezó a cuestionar la legitimidad de las relaciones de poder. Según el historiador Geoff Eley hubo un momento democratizador tanto a nivel europeo como transnacional. Otros autores hablan del «momento internacionalista», aludiendo a los efectos que tuvo la Revolución rusa en diversas partes del mundo.

Durante las convulsiones posteriores a 1917 hubo varias oleadas revolucionarias que acabaron en 1923 tras el fallido intento de revolución en Alemania. En Finlandia dieron lugar a una guerra civil tras la proclamación de su independencia de Rusia. En Alemania, la Revolución de Noviembre provocó la dimisión del Kaiser. En el Imperio austrohúngaro las oleadas revolucionarias dieron al traste con la monarquía y más hacia el este estimularon asimismo la caída del multiétnico Imperio otomano. Las huelgas masivas, los levantamientos y la creación de consejos de trabajadores y soldados en Polonia, Austria y Alemania culminaron en 1919 con la proclamación de las Repúblicas Soviéticas de Baviera y Hungría, la ocupación de tierras durante el «Biennio Rosso» en Italia, la declaración de independencia de la República de Irlanda y el motín de los marineros franceses en el mar Negro. El mundo entró en ebullición también fuera de Europa. En los Estados Unidos de América hubo levantamientos contra el racismo y las clases altas blancas, así como huelgas contra los empleadores. En Corea y China se registraron manifestaciones masivas contra el colonialismo japonés y el imperialismo europeo. Europa se convirtió en el escenario de pogromos y expulsiones, así como del ascenso de fuerzas contrarrevolucionarias y organizaciones paramilitares violentas. Murieron más de cuatro millones de personas en los conflictos armados de la posguerra.

Al principio fueron protestas, revueltas, rebeliones, levantamientos y revoluciones de trabajadores (en este caso de trabajadores-soldados), el sujeto revolucionario clásico según la teoría marxista. Pero también cobraron visibilidad nuevas fuerzas, hasta entonces política y socialmente marginadas, como las mujeres o los jóvenes. La radicalización afectó asimismo a artistas, arquitectos, abogados, periodistas, dependientas y amas de casa. En palabras del historiador Jörn Leonhard: «Lo que tuvo lugar fue una revolución mundial de expectativas crecientes». La convergencia de intereses entre grupos sociales (históricamente inusual) en la estela de las ondas de choque desatadas a nivel mundial por la Revolución rusa solo puede reconstruirse hoy teniendo en cuenta que «1917» fue el resultado de la conjunción de la crítica radical a un proceso ilustrado lleno de contradicciones, a la industrialización o a la modernidad occidental y del surgimiento de los movimientos de liberación, las ideas y las prácticas radicales del «Sur Global». Los bolcheviques se convirtieron en los portavoces de la lucha de clases del movimiento obrero e hicieron suyas las reivindicaciones de activistas anticolonialistas, movimientos de liberación y feministas de izquierda. Su meta era integrar esta diversidad en la experiencia de un «nosotros».

La situación en 1919 ratificó la convicción de Lenin de que la guerra llevaría a la guerra civil y abriría la senda hacia la revolución. Los líderes bolcheviques recomendaban celeridad, pues la ola revolucionaria que se había apoderado de Europa en 1918 podía desaparecer rápidamente. Las fuerzas más radicales formaban pequeños grupos de disidentes y el grueso de los trabajadores permanecía bajo el paraguas de la Segunda Internacional. En opinión de Lenin el régimen soviético no podría perdurar si no contaba con el apoyo de los trabajadores europeos. Dicho en sus propias palabras: la Revolución de Octubre no era más que el prólogo. Por entonces, los bolcheviques tenían puestas sus esperanzas en una revolución en Alemania a la que pronto habrían de seguir muchas otras. En marzo de 1919 la dirección bolchevique fundó en Moscú la Internacional Comunista y expresó su voluntad de unir a las fuerzas revolucionarias en una Tercera Internacional. En Moscú solo estuvieron presentes tres delegados en representación de partidos comunistas extranjeros y de los tres solo el delegado del partido alemán tenía cierto peso político. Había pocos partidos comunistas fuera de la Rusia soviética, de manera que acudieron, sobre todo, representantes de pequeños grupos radicales y del ala izquierda de los partidos socialdemócratas. Apenas se utilizaba el concepto «comunismo». El partido ruso adoptó el nombre de Partido Comunista Unificado de Rusia –VKP(b)–, pero los primeros grupos revolucionarios internacionalistas surgidos de la guerra tenían nombres como Spartakus, en Alemania, o Forderung en Suiza. La denominación «partido comunista» implicaba cierta conformidad con los bolcheviques. Aun así, algunos grupos la adoptaron, por ejemplo, el Partido Comunista de Alemania (KPD) que hizo suya esta denominación a finales de 1918, antes incluso de sumarse a la Internacional Comunista. Y ello a pesar de que su representante, Hugo Eberlein, había acudido al congreso fundacional de 1919 con el mandato imperativo de no votar prematuramente a favor de una Tercera Internacional. Rosa Luxemburgo, asesinada poco después brutalmente por paramilitares, temía (y el tiempo le daría la razón) que una organización en la que el bolchevique fuera el único partido de masas acabara dependiendo de él. No se oponía a la fundación de una nueva Internacional, pero proponía esperar al surgimiento de otros partidos comunistas en Europa Occidental.

[…]

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Autora: Brigitte Studer. Título: Viajeros de la revolución mundial: Una historia global de la Internacional Comunista. Traducción: Sandra Chaparro Martínez. Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.

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