Lo suyo sería evocar a la italiana Virna Lisi en su creación de Francesca Ferrara de Eva (1962), notable filme de Joseph Losey, que —huelga decirlo— alude al mito de la primera mujer. Pero si entendemos a Lilith como la antítesis de Eva, yo recuerdo a Virna Lisi más cerca de aquélla que de ésta por su creación de Catalina de Médici en La reina Margot (1992). Fue como si aquella mirada de Patrice Chéreau a los tres mil hugonotes brutalmente asesinados en el París de la Noche de San Bartolomé (23 de agosto de 1572) hubiera proporcionado al trabajo de Virna Lisi ese certificado de calidad que quienes son tan incapaces de aprenderse los nombres de un reparto como reacios a rendir culto a la belleza, sin consideraciones éticas que perturben la admiración, exigen a las mujeres con el atractivo de esta actriz en el esplendor de su edad. Dicho de otra manera, tras su creación de Catalina de Médici —merecedora de un César del cine francés de aquel año—, para quienes oscilan entre su dificultad para memorizar los repartos y la negación de la belleza por no ser ésta un don universal, como el sufragio, la percepción de Virna Lisi cambió radicalmente: fue a mejor.
Me quedo con la Virna Lisi de El tulipán negro (Christian-Jaque, 1964), la cinta en que la descubrí en una sesión vespertina —tolerada a menores, a las cuatro de la tarde— del Real Cinema. Hace de aquello cincuenta y muchos años. Sin embargo, aún recuerdo que El tulipán negro fue la segunda cinta de capa y espada que se me dio. Ya conocía La pimpinela escarlata (1937). Pero en sus primeros visionados, la obra maestra de Harold Young me daba miedo. Me aterraban esas secuencias de las ciudadanas dejando las agujas y levantando la vista de su calceta para ver cómo caía la hoja de la guillotina sobre el cuello de los aristócratas. Una calceta que ahora les gustaría poder hacer a las lideresas del compromiso de nuestros días, según apuntaban ellas mismas —antes de tener responsabilidades de gobierno— en esas redes sociales que ahora quieren prohibir.
En fin, no sé si Caroline Plantin —el personaje de Virna en aquella ocasión— estaba más cerca de Eva o de Lilith. En mis primeros días, de Eva apenas sabía, de Lilith no tenía ni la más remota idea. Pero si hubiera que dar noticia del arranque de la filmografía de la que tanto me inspiró —amén de una de las primeras—, diría que Virna Lisi surgió en la pantalla que sucedió al neorrealismo. En las tres décadas que se fueron entre El tulipán negro y La reina Margot seguí a esta actriz italiana en la cartelera madrileña como quien es devoto de una advocación y va a cumplir con sus preceptos.
A veces es el asunto que me cuenta una película, otras la forma en que me cuenta la historia de una cinta su autor; a veces es la puesta en escena, otras, el dramatismo de un libreto. Ahora bien, siempre, y por encima de cualquier otra consideración, lo que más me gusta del cine son las actrices. “Para hacer una película solo hace falta una chica y una pistola”, reza otra de las sentencias más acertadas del gran Godard. Hubo muchas chicas, con o sin pistola, a las que les bastó un primer plano para llevarme de la admiración, que les profesaba apenas descubiertas en planos más abiertos, a la idolatría del close-up. Pero hoy —una vez más—, estoy hablando de mis primeros días, cuando Madrid, con su millar de cines, era mi pequeño reino afortunado; yo, el niño más feliz del mundo y aún estaba en ciernes mi mitología personal.
Para rendir culto a las primeras actrices de mis ensoñaciones, dispuse, entre mis pensamientos —más en ciernes aún—, uno de esos territorios míticos a los que siempre acabo por volver. Lo imaginé tal que Kôr, la ciudad de la que nos habla el gran Rider Haggard en Ella (1867), construida a modo de catacumbas por los adoradores de Ayesha, La que debe ser obedecida, en el interior de un volcán inactivo. En cada una de las grutas de mi Kôr, supuse un altar donde rendir tributo a las actrices de mi culto, sin olvidar a las chicas yeyés —cantantes todas—, a dos compañeras de mi primer colegio y a mi primera profesora de inglés: aquella entrañable teacher que me descubrió el rock & roll. Y así hubiera seguido, amándolas a todas hasta la consunción de los siglos, como nos cuenta Rider Haggard que Ayesha amó al griego Kalíkrates. Pero lo malo del cine es que las películas tocan a su fin y nos vuelve a acuciar la realidad.
El César que mereció Virna Lisi, por su magistral creación de la sombría Catalina de Médici, fue a ratificar algo que los admiradores de esta intérprete italiana sabían desde que la aplaudieron en sus primeras películas: tras su exquisita belleza siempre estuvo una de las grandes actrices del cine europeo. Para mí —ya digo— ya operaba a un nivel muy superior. Inolvidable protagonista de tantos títulos claves del esplendor de esa comedia a la italiana, en la que cronológica y tangencialmente la podemos localizar —Señoras y señores (Pietro Germi, 1965), Una doncella para un gran señor (Pasquale Festa Campanile, 1966), Arabella (Mauro Bolognini, 1967)—, también fue merecedora de cuatro David de Donatello, los máximos galardones del cine trasalpino, entre otras muchas distinciones. No hay duda: ese afán de ser algo más que “la rubia”, que la inspiró desde los comienzos de su carrera, quedó satisfecho con creces.
Nacida en Ancona en 1937 con el nombre de Virna Pieralisi, cuando el empleo de su padre, un comerciante, llevó a la familia a Roma, la extraordinaria belleza de la joven Virna llamó la atención de un productor de cine amigo de su familia. Fue así como, adolescente aún, debutó en la gran pantalla recreando a la María de E Napoli canta! (Armando Grottini, 1953). Sin embargo, fueron las innumerables colaboraciones televisivas, que llegaron después, las que proporcionaron a la incipiente actriz la popularidad en su país.
Cuando se dio a conocer internacionalmente con su creación de Liliana Attenni, la arribista que medraba en La mujer del día (Francesco Maselli, 1957), Italia también había empezado a aplaudir su actividad teatral. En las tablas fue dirigida por el gran Michelangelo Antonioni, cineasta que, curiosamente, nunca trabajó con ella en la gran pantalla. Joseph Losey mostró a una Virna Lisi más allá del símbolo sexual que siempre fue en Eva (1962). En 1963, siempre aplicada en ser actriz antes que “la rubia”, rechazó la oferta de Terence Young cuando le propuso encarnar a la chica Bond de Desde Rusia con amor. Ese mismo año rodaba en España El tulipán negro. Y es que el cine de géneros no le fue del todo ajeno: guardo un recuerdo nítido de ella en Rómulo y Remo (1961), un péplum de Sergio Corbucci.
Inmersa en la diáspora de tantas actrices italianas de la época, la aventura estadounidense de Virna Lisi dio comienzo en Cómo asesinar a la propia esposa (1965), una deliciosa comedia de Richard Quine. Cabe también dar noticia de Asalto al Queen Mary (1966), una aventura que protagonizó junto a Frank Sinatra, dirigida por Jack Donohue. Pero el empeño de Hollywood en convertirla en un símbolo sexual no tardó en topar con las inquietudes artísticas de la actriz. De nuevo en Europa, llegaron las grandes comedias italianas. Al igual que dramas como La hora 25 (Henri Verneuil, 1967) o Vidas truncadas (1969), su esperada colaboración con Young.
Sin abandonar nunca su actividad televisiva y escénica —todavía se habla de sus temporadas en el Pequeño Teatro de Milán—, en la siguiente década la maravillosa Virna colaboró con Edward Dmytryk en Barba azul (1972) y con Liliana Cavani en Más allá del bien y el mal (1977). Ya en el otoño de su belleza, Alberto Lattuada le brindó otro de sus grandes papeles, el de Vilma Malinverni, la prostituta envejecida de La chicharra (1980). El resto, prácticamente, fue televisión en Italia. Trabajó en ella hasta el final.


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