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Volver a ver a la abuela

Volver a ver a la abuela

The Housekeeper, de William Leech.

deshazte de todo el ruido que traigo porque hoy
he venido solo para hablar contigo

Tenía los brazos más fuertes que he visto nunca. Contaba que había sido boxeador, y que había competido en una carrera ciclista con una bicicleta prestada —perdió la carrera porque, cuando iba primero, la cadena se saltó y tuvo que bajarse para recolocarla él mismo, con sus fuertes manos—. Mi abuelo también contaba que, cuando era joven, había sido uno de los albañiles encargados de colocar un gran reloj en una de las calles más importantes de la ciudad. Yo pensaba, ay abuelo: qué te dio a ti la ciudad para que tú le regalases el tiempo. Yo pensaba, ay abuelo: das los abrazos más fuertes de la historia de los abrazos.

1. Abuela, bienvenida a mi casa (de alquiler)

tras de sí las tierras que sembró para nosotros
frente a mí la ciudad que no construyó nadie

«Intento construir una casa donde quepa mi abuela», escribe Carlos Catena Cózar (Jaén, 1995). Es el primer verso, el inmenso preludio que abre Los días hábiles, un libro que es, al mismo tiempo, su primer poemario y el ganador —exaequo con El autobús de Fermoselle, de Maribel Andrés Llamero— del XXXIV Premio Hiperión. Cada palabra de ese verso se articula en una escalada que enmarca toda la tesis de lo que después vendrá. Ante todo, hablamos de un intento. El autor no puede asegurar cumplir su cometido únicamente armado con la palabra poética. Lo que busca esa tentativa, claro, es construir: dotar a los espacios de la cotidianidad de una solidez física que bloquee el sentimiento de incertidumbre. Construir, a fin de cuentas, una casa; una infraestructura que represente el significante último de un término que el poeta encuentra esquivo. Una casa donde quepa su abuela. Una casa donde la memoria pueda preservarse.

Este es el lugar del que parte la escritura de Los días hábiles, más bien un no-lugar; una localización brumosa y perdida ante la caída de los símbolos que guían las infancias. El olvido es el adversario, rápidamente planteado a partir de la figura de la abuela, que sirve no sólo como destinataria de la palabra sino también como espejo contrageneracional del autor. Al igual que él, su abuela asumía las propias dinámicas de su tiempo, el arraigo hacia unos mecanismos que, desprovistos de su sentido práctico, desvelaban su inutilidad. Escribe Carlos Catena, observando a su abuela en la distancia: «lamenta al mirad por la ventana / la lluvia fatal para una cosecha que no existe».

***

El lecho de muerte de mi abuela son días y días acunada por la morfina. Su mano se tiende, sin fuerza, y en un imprevisto aprieta la mía con rabia. Se gira, con esfuerzo, y me mira por antepenúltima por penúltima por última —cómo se cuentan las miradas— vez. Me dice pero entonces, pero entonces: ese trabajo tuyo es una cosa de juventud, ¿no? Conseguirás un trabajo, ¿no? Los años anteriores, una lluvia: estudiarás derecho estudiarás ingeniería estudiarás alguna cosa provechosa pero mira atiéndeme ahora eres joven y piensas que eso es lo mejor para ti pero hijo escúchame eres inteligente puedes hacer cualquier cosa que te propongas me entiendes. Me extiende un sobre y en sus ojos brilla la esperanza de estar blindando mi futuro de todos los miedos que la han perseguido a ella.

2. Lo bueno de esta casa: las paredes son gruesísimas

¿sabía usted de la soledad de su hermano
del dolor al que se enfrentaba cada mañana?

Las distancias familiares son a menudo inasumibles en Los días hábiles. La frustración se extiende por las arterias de la casa que construye —laborioso aunque apesadumbrado— Carlos Catena. En primer lugar, la suya propia: la confrontación entre las expectativas generadas por las narrativas ingeridas a lo largo de su infancia y la tosca realidad adulta. Su pensamiento poético lanza sus tenazas sobre las jornadas laborales rígidas, sobre la imposibilidad de construir una vida personal salubre en compatibilidad con la vida laboral. Se cierne sobre la precariedad sufrida por una generación lanzada al mundo en medio de una recesión económica que coincide con una explosión tecnológica. Una precariedad que propulsa a los jóvenes a sufrir migraciones y pesadas dosis de paternalismo para sortearla.

Por otro lado, dentro de la casa de Los días hábiles late la frustración de los padres, personajes que recorren el poemario ejerciendo una presión involuntaria, silenciosa, víctimas de su sensación de culpa: si el hijo no es feliz, la culpa tiene que ser de los padres, se dicen a sí mismos. En las creencias asumidas viven la mayor parte de los desacuerdos generacionales que atraviesan la poesía de Carlos Catena, que finalmente desemboca en una cadena férrea de incomunicación. Se pregunta entonces el poeta no sólo por la infelicidad del otro, sino por nuestra imposibilidad para acceder a ella, para pulsar las palabras adecuadas que nos acerquen a las personas con las que compartimos cuarto.

Entra entonces en juego la cuestión de la representación, de nuevo el intento mencionado, el esfuerzo principal del libro. Carlos Catena Cózar trata de dibujar, con palabras encadenadas —él mismo habla de una poética sin signos de puntuación—, el mapa de los afectos que cubren su propia intimidad. Habla, a tientas, del amor que podría llegar a profesar si la vida no caminase con tanta urgencia. Escribe: «¿quién es capaz de un amor tan grande / después de trabajar ocho horas?». Se gira sobre sí mismo, se gira sobre el tiempo y habla a su yo adolescente, todavía bautizado con la ilusión de una vida mejor: «crecer era esto: encontrarte conmigo / negar mi existencia / asistir silencioso e impertérrito / a la caída de los símbolos».

3. En invierno lleno mi casa de fotos

La presencia de la abuela, acentuada en la enunciación de la tesis de Los días hábiles, recorre todo el poemario. Esa referencia sirve al autor para tomar distancia respecto a sus propios postulados, para repensarse a sí mismo y a sus convicciones. Inmerso en su deconstrucción del utilitarismo laboral —»reconocen el trabajo como un paso más / en la coreografía de aguantar vivos», escribe—, Carlos Catena reconoce la cuestión de la vocación como algo nombrado por su contemporaneidad. Como una exigencia que su abuela no tuvo la oportunidad de esgrimir.

***

Cosas que quise ser:

  1. Veterinario.
  2. Inventor.
  3. Químico —y descubrir así la cura contra la muerte—.
  4. Futbolista.
  5. Jugador profesional de tenis.
  6. Notario —y así la abuela estaría contenta; me gusta cuando la abuela sonríe—.
  7. Narrador de partidos de fútbol como Andrés Montes.
  8. Escritor.
  9. Dueño de una tienda de discos o una librería.
  10. Periodista.

Cosas que mi abuela quiso ser:

***

La imposibilidad generacional de ejercer la vocación —cuánto ha de deconstruirse el sistema para encajar nuestros idealismos— devuelve el fuego al lugar de la ansiedad generada por la incertidumbre. Carlos Catena escribe: «qué es lo que nos aguarda / por qué ha de merecernos / todo es para mejor pero todo / esto que acontece ahora / es lo único que tenemos». Concluye, en un vahído momentáneo: «bienaventurado el tiempo porque pasa». Pronto se recompone y recupera la palabra para agitarse en disposición revolucionaria, en una batalla contra su propia tristeza, una tristeza escamada sobre su piel. Y esa batalla, en Los días hábiles, comienza por la reconstitución de la memoria.

En sus últimos poemas, Carlos Catena derriba las paredes del idioma. Embiste las distancias fabricadas por la globalización —»acabar con las afueras nos dejó también / sin un aquí dentro donde esperar a salvo / donde escondernos en la duda / donde volver del viaje»— y vuelve a tejer las cuestiones en común, se acerca a las estanterías empolvadas donde se esconden antiguos VHS. Se pregunta entonces sobre la posible destrucción de la imagen digital, como parte de la primera generación capaz de encapsular sus recuerdos infantiles con tamaña facilidad. Observa una vez más las imágenes de su abuela, escribe: «los abuelos son la tierra / los nietos sus habitantes».

4. En mi casa derruida nos lamemos las heridas

Confío en la certeza de que a mi abuelo le gustaba mucho construir cosas. Mis recuerdos se confunden, pero sobreviven las imágenes: en una finca cercana a la frontera con Portugal mi abuelo construía una piscina para que los niños pudiésemos jugar. Sé que la piscina nunca llegó a terminarse, que mi abuelo sufrió su tercer infarto y tuvo que vender la finca. Nunca pudo volver a conducir. Años más tarde seguía hablando sobre el día que, a los 45 años, acabó por sacarse el carné de coche. Le gustaba elucubrar: en su boca aquellas historias parecían aventuras imposibles, sólo dignas de un boxeador-ciclista-albañil-constructor de piscinas que además era mi abuelo. Cuando se le saltaba la cadena, se bajaba de la bicicleta y la volvía a colocar. Cuando su cuerpo empezó a renquear y a ser incapaz de construir piscinas, él continuó con las palabras.

***

La vida ha terminado por ser un desastre, con todo lo que esperábamos de ella. Carlos Catena Cózar sombrea su pasado y presente familiar, lo examina y lo significa para hablar de este mundo que nos prometieron que sería nuestro; este mundo con el que no sabemos qué hacer. Se sienta con su abuela, los dos analizan la situación: «ella señala sus cicatrices / observa sorprendida mis heridas / me pregunta hijo míocon todo el dinero que tenéis ahora cómo has podido hacerte tanto daño«.

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Autor: Carlos Catena Cózar. TítuloLos días hábiles. Editorial: Hiperión. VentaAmazon y Casa del Libro.

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