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Y el verbo será espada

Seated Woman With Bent Knee, de Egon Schiele.

No sé cómo he podido dejar espacio a algo más que no fuera este dolor,
este recordatorio de que ya no estás.

Un grupo de hombres. Un grupo de hombres filmando a una mujer. Un grupo de hombres mirando a una mujer. Un grupo de hombres dibujando las curvas de una mujer. Un grupo de hombres masturbándose. Un grupo de hombres riendo. Yo mismo riendo.

Un grupo de hombres muertos. La mujer sale del cuadro con una espada y nos corta a todos la cabeza. Las risas retumbando en las paredes.

Primera imagen: La violencia.

Si llenamos de palabras el deseo, el hechizo se rompe.
A veces las palabras son el enemigo.

Como una inquietud escalando por el nervio ciático: la nueva novela de Lucía Baskaran (Zarautz, 1988), titulada Cuerpos malditos (Temas de Hoy), juega a las máscaras con sorna. El sarcasmo despiadado de la autora acomoda al lector, que se arremanga para introducirse en el duelo de una mujer abnegada; una joven opacada por la trágica muerte de su reluciente pareja. Escribe Baskaran, en sus primeras páginas y desde la voz entrecortada de Alicia, su protagonista: «Ruedo sobre las sábanas frías. Un instante de felicidad pura. Un instante de felicidad pura hasta que me doy cuenta de que la razón por la que puedo rodar sobre las sábanas es porque estás muerto». ¿Qué es lo que termina con ese instante de felicidad pura? ¿Es la ausencia o es acaso la culpa?

Lucía Baskaran lo tiene claro: la culpa, la culpa, la culpa. Una mano se extiende sobre el cuello de su protagonista y aprieta hasta la asfixia. Es su propia mano. Así que despliega todo un artefacto novelístico que no busca sino generar pantalla tras pantalla, buscando entre el humo de la herencia patriarcal alguna certeza a la que agarrarse para salir a flote. El mundo de Alicia está inundado por la desconfianza: su madre la abandonó sin motivo aparente cuando era adolescente, su novio ha muerto y, de pronto, se ve involucrada en una relación con el misterioso hermano de éste. Más culpa.

Lo que la narradora pretende, de hecho, es que el lector juzgue a su protagonista con los mismos patrones morales que ella misma se aplica. Que ella parezca la culpable —su novio, al fin y al cabo, no deja de estar muerto: un muerto sólo puede ser víctima—; que su madre se convierta, en un gesto automático, en la matriz de toda culpabilidad. De este modo, en la perversa mente del que lee se genera rápido una genealogía telenovelesca de culpas femeninas. Es la mujer, en general, con su deseo sexual oscuro, la que impregna las cosas de suciedad. De alguna manera, las palabras comienzan a transformarse en un escándalo absoluto. Uno lee Cuerpos malditos con expresión de incredulidad, tapándose la boca con la mano para evitar que la retorcida mezquindad de las mujeres que pueblan la novela no se cuele en su inmaculado organismo de hombre inocente.

Para cuando Lucía Baskaran desvela sus cartas, las defensas están abajo: sus frases caen como relámpagos que hielan la sangre, que devuelven un reflejo esperpéntico del que lee. Dicen: este eres tú y esto es lo que has estado haciéndome. No sólo eso, en realidad: también has estado trasladándome la culpa por las cosas que me hacías. El proceso de contacto con la realidad del lector y de Alicia es paralelo, así que en el momento en que la vergüenza se apodera de ti ella acaba por empoderarse. Retoma la palabra, esa cosa escondida, y la libera de sus cadenas. Escribe Baskaran, en referencia a un hombre que manipula la vulnerabilidad de la protagonista: «Hasta ahora no me había dado cuenta de que tiene la mirada vacía de un retrasado». Escribe, en referencia a un hombre incapaz de generar circuitos de intimidad confesional con otro hombre: «Vierten sobre nosotras sus dolores internos de la misma manera en la que vierten su semen sobre nuestros cuerpos». Escribe, sobre dos niñas que todavía no aguardan el dolor del lenguaje: «Ane y yo empezamos a jugar a ser putas». Escribe, escribe, escribe.

Segunda imagen: La ternura.

En el baño de al lado, una mujer de entre tres y noventa y nueve años se provoca el vómito.

Desvisto este texto de apariencias: Cuerpos malditos no es una novela cínica. Su cinismo, al igual que su reflexión sobre el duelo, no deja de ser una pantalla —aunque, eso sí, decididamente más beligerante— en el camino hacia la palabra que a ella le interesa, que no es una palabra hiriente ni emponzoñada, sino valiente y cargada de ternura. Lo que Lucía Baskaran pretende no es atacarme a mí, hombre frágil y autocompasivo, sino colocarme un espejo para que yo mismo vea los granos blancos, rebosantes de pus y a punto de estallar. No es casual que emplee su lenguaje limítrofe, físico hasta lo imposible, para hacer una referencia sexual al acné: «Una vez avisté un grano de cabeza blanca en el hombro derecho de Martín mientras follábamos y me corrí pensando que después se lo reventaría».

Pretende, pues, tender una mano amiga al hombre —siendo clara y sin concesiones—; pretende, en último término, generar un circuito de sororidad cuyo objetivo fundamental sea recuperar la palabra para nombrar el deseo desde el punto de vista de la mujer. El sexo, en Cuerpos malditos, va limpiándose a medida que las páginas avanzan, a medida que la propia Alicia se desprende de su costra de culpa monógama tras la muerte de Martín. La relación de una mujer con su propio cuerpo, vertebrada desde la inocencia de la infancia y atacada frontalmente por un status quo prohibitivo, se perfila como un dibujo urgente que exige inminencia en su trazo. No hay tiempo —días, meses, años, siglos— para que generaciones de mujeres sigan forzándose el vómito para agradar. No queda tiempo para eso. Nunca debió quedar tiempo para eso.

Así, bajo la apariencia de una bofetada violenta, Cuerpos malditos acaba revelándose como un artefacto profundamente empático —aunque disparatado en sus caminos argumentales, que siempre funcionan como distorsión necesaria, como pretexto ficcional para su lúcida vocación ensayística— y sensible; una especie de puerta abierta azuzada por un viento suave. Una ventana de diálogo que fuerza la máquina hasta el extremo de sus posibilidades para que el intercambio de palabras se produzca en igualdad de condiciones, sin que el lenguaje que acurruque en el rincón del stablishment; sin que el hombre siga siendo amo y señor de la masturbación.

A los cuatro vientos grita Lucía Baskaran: si con todas las manos tendidas continúas pensando que todo esto es una ofensa personal, ¿cuál puede ser el miedo, sino aquel viejo temor a perder tus privilegios?

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Autora: Lucía Baskaran. TítuloCuerpos malditos. Editorial: Temas de Hoy. VentaAmazonFnac y Casa del Libro.

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