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Ya han pasado más de dos años

Ya han pasado más de dos años

A muy pocos kilómetros del lugar donde vivo se encuentra el mejor restaurante italiano en el que he estado nunca. Para mí es más italiano que cualquiera de los establecimientos que he visitado en Roma, Génova o Florencia. Suelo ir con mi pareja, italianófilo empedernido a quien he robado parte de sus experiencias en aquel país. La primera vez que fuimos a ese restaurante nos trajo los postres una camarera que sólo necesitaba unos segundos para cautivar a cualquiera. Volví al cabo de un tiempo y una amiga me señaló que esa camarera había sido una actriz bastante conocida, protagonista de una célebre y longeva serie. En una ocasión en que me atreví a preguntarle si ya no actuaba, la camarera me dijo que había estado enferma, pero que sentía que estaría a punto para volver a los escenarios o las pantallas cuando pasaran dos años.

El escenógrafo, dramaturgo y artista Iago Pericot, una de las personas más genuinas y transgresoras que he conocido, si no la que más, me había hablado en varias ocasiones de su intención de denunciar al Estado porque le habían robado la juventud y no le habían dejado vivir en libertad su homosexualidad. Recuerdo la rutilante sonrisa que me dedicó cuando fui a visitarlo al hospital un par de días antes de su muerte en agosto de 2018.

"Me dije a mí misma que a pesar de que siempre he afirmado que la literatura ha sido una herramienta para explicarme el mundo, hay cosas de las que no iba a hablar"

En el mes de junio de 2015, dos diagnósticos terribles alteraron definitivamente la disposición que yo conocía de las personas y los acontecimientos en mi familia. Yo me había pasado años leyendo con fervor novelas sobre el duelo y acerca de la neurociencia, dos temas que se habían convertido para el mercado editorial en exitosos géneros literarios. De repente, se situaron muy cerca de mí temas que me permitirían, como autora, adentrarme en esas categorías que me habían tenido tan abducida. Sin embargo, en aquel momento me parecieron impúdicos. Me consta que muchos de los autores que han escrito sobre sus pérdidas y sus duelos dedican parte de sus libros a justificar por qué finalmente se atrevieron a escribir sobre ello. Yo me dije a mí misma que a pesar de que siempre he afirmado que la literatura ha sido una herramienta para explicarme el mundo, hay cosas de las que no iba a hablar. En ese tiempo, volvió a mi mente la mirada de la camarera del restaurante italiano creyendo que, efectivamente, al cabo de dos años todo iba a estar solucionado en su vida y que iba a ser capaz de volver a la que había sido su actividad normal. También pensé en la energía inagotable de Iago Pericot para denunciar todo aquello que no le gustaba de nuestra sociedad. Sobre esas historias de esperanza y transformación sí que merecía la pena reflexionar a través de la escritura.

Mis espacios habituales exigían nuevos comportamientos y provocaban nuevas sensaciones. También me di cuenta de que hacía mucho tiempo que el barrio periférico en el que crecí albergaba muchas historias que contribuían a construir mi visión del mundo y sobre las que nunca me había parado a pensar y menos a escribir. Olga, Malva, Vassili, Noe, Sergio o Javier aparecieron como posibles habitantes de un espacio recién descubierto y difuso, entre el barrio en el que yo había crecido y el lugar definitivo donde habían de desarrollarse los acontecimientos importantes de sus vidas y la mía. En aquel lugar, esperaban que sucediera lo que les habían dicho que iba a ser el futuro. Ellos y ellas iban a ser capaces de conquistar o crear ese nuevo territorio. Se encontraban, nos encontrábamos, en el preludio de algo importante, como la camarera que tenía la certeza que al cabo de dos años volvería a actuar. Aparecieron todos juntos, por eso hablan en primera persona del plural, con una voz coral similar a la que me había deslumbrado en la novela Las hojas muertas de Bárbara Jacobs.

"No sé si la actriz que trabajaba como camarera volvió a actuar, pero un amigo que he recuperado recientemente ha escrito una canción pensando en el personaje que yo he creado para ella"

Durante meses reconstruí las ansias de ese grupo en un cuaderno con espiral tamaño A5, con diferentes apartados marcados según los colores de las hojas. Allí se mezclaban en desorden sus palabras con las declaraciones de los artistas plásticos que yo estaba entrevistando para el suplemento cultural de La Vanguardia. Hacía poco que me habían presentado a Gabriel Orozco en la terraza de un restaurante maravilloso de Guadalajara (México). Sólo supe responder a su cordialidad diciéndole que acababa de leer el libro de una crítica norteamericana que hablaba de él. Me lo había presentado el pintor y escultor Vicente Rojo, a quien yo había dedicado un libro que todavía no se había publicado.

Las coordenadas de mi vida se habían alterado profundamente como consecuencia de dos diagnósticos, pero por todos lados encontraba gente con proyectos, con la firme esperanza de que serían capaces de superar la desorientación que a veces les embargaba, personas que creían en la capacidad del arte y la imaginación para trascender la limitada vida material en la que nos movemos. Indagar en todo ello resultó una buena estrategia para sortear todos aquellos temas sobre los que no me atrevía a hablar.

No sé si la actriz que trabajaba como camarera volvió a actuar, pero un amigo que he recuperado recientemente ha escrito una canción pensando en el personaje que yo he creado para ella. Malva ya tiene una canción.

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Autora: Sònia Hernández. Título: El lugar de la espera. Editorial: Acantilado. Venta: Fnac

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