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1 poema de Miguel Rojo

Miguel Rojo es un poeta nacido en Madrid en 1985, licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Granada y Dirección Escénica por la RESAD. Bajo el seudónimo de Ángel Talián ha publicado los poemarios La vida, panorámica (Rialp, 2013; accésit del Premio Adonáis), La paciencia salvaje (Amargord, 2016) y El sol sobre la nieve (Balduque, 2016). También los libros de relatos With or without you (Point de Lunettes, 2010) y Estar solo (Cuadernos del Vigía, 2016). Recientemente, ya como Miguel Rojo, ha publicado los libros infantiles Zeta (La Uña Rota, 2021), Naunet y el mar (Anaya, 2024; Premio SGAE de Teatro Infantil) y Ramona Ratona Rotonda (La Uña Rota, 2025). Su último poemario es El decorado (Pre-Textos, 2023). Dirige junto a Rocío Bello y Javier Hernando la compañía de teatro Los Bárbaros. Presentamos un poema inédito.

***

El todo por la parte

Javier me ha dicho que quizá sería importante
medirse a veces con el poema.
Lo ha dicho así: medirse con el poema.
Olvidarse del libro.
Medirse con el poema.
El libro, en ese sentido, no ayuda.
El libro, en ese sentido y en otros tampoco ayuda.
El libro sostiene el sentido en el tiempo.
Y el poema, en cambio.
El libro, decía, se alarga y permite que nos alarguemos en él.
Y alargarse también es largarse también.
Es decir, que siempre habrá otro momento, más adelante,
para decir lo que hay que decir.
O ni eso.
Porque lo que quieres decir no necesita
ser dicho por el poema.
Porque lo dice el libro.
No lo dice el poema
Lo dice el libro.
Es decir, está dicho en el todo.
Y no necesita la parte.
El todo por la parte.
El todo por las partes.
La parte no es importante pues lo importante es la suma de las partes.
Yo a Javier de lo del libro no le he dicho nada.
Bastante tiene con lo suyo.
Sin embargo, me he comprado un castillo.
El castillo está bien, tiene sus partes también,
algunas derruidas, otras —oh, sorpresa— aún en pie.
El castillo es casi una casa, pero no.
Parecido nunca es lo mismo.
Me gusta pasear por mi castillo: subir a la torre,
bajar a las catacumbas. Subir, bajar.
Lo que más me gusta son sus largos pasillos escoltados de panoplias.
Paseo por ellos como si tuviese guardaespaldas medievales.
Nunca he dormido en mi castillo. No quiero.
Dicen que hay un fantasma.
A mí los fantasmas me gustan a ratos.
Prefiero el castillo al fantasma.
El castillo por el fantasma.
Javier me ha dicho que quizá sería importante
medirse a veces con el fantasma.
Así lo ha dicho y yo no quiero que me tome por un cobarde.
La noche en ese sentido no ayuda.
La noche tiende a alargarse también
y, sobre todo, cualquier cosa es susceptible
de parecer un fantasma en la noche.
Incluso Javier es susceptible, en ese sentido.
El castillo se sostiene en el tiempo.
Por lo menos más que una casa. Por lo menos más, je.
¿Qué pasaría si oigo ruidos extraños en la noche?
¿Si asustado vago por el castillo buscando algo?
¿El qué?
¿Si al salir al patio de armas, alumbrado por la luna,
me encuentro frente a un fantasma?
¿Qué pasaría, Javier, eh, qué pasaría,
qué pasaría hipotético Javier, en este caso?
¿Qué pasaría si el fantasma mide
lo que yo mido y pesa lo que yo peso?
¿Sería quizá valiente y me enfrentaría
a su ondeante presencia de plata?
¿O correría asustado
mientras el fantasma me persigue
por las estancias de mi castillo
y las panoplias me observan impasibles?
Es terrorífico esto del fantasma, Javier.
No sé qué piensas tú de todo esto,
aunque ya sé que tú con lo tuyo ya tienes suficiente.
Lo bueno de medirse con el fantasma
es que cuando amanece el fantasma desaparece.
Pero una vez te has medido con el fantasma,
una vez le has tomado la medida,
o te la has tomado a ti con él,
si el fantasma te ofrece su verdadera esencia,
si te nota temblar y el corazón asoma por tu boca,
qué más da si desaparece.
Por cierto, Javier, el poema sigue alargándose
y me pregunto si habrá rebasado el límite del poema.
De ser poema.
Y no libro.
¿Dónde está el límite, en ese sentido?
El poema, digo el fantasma, desaparecerá con el día

wush

se desvanecerá en el aire para siempre.
Wush, wush.
Wush, wush, wush.
¿Javier? ¿Javier? ¿Javier?

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