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4 poemas de Diane Wakoski

Diane Wakoski es una poeta nacida en 1937 en Whittier, California. Recibió una licenciatura en Inglés de la Universidad de California, donde estudió con Thom Gunn y Josephine Miles. Asociada a menudo con los poetas de la Generación Beat, entre sus libros se destacan Argonaut Rose (1998), The Emerald City of Las Vegas (1995), Jason the Sailor (1993), y Medea the Sorceress (1991). En nuestro país Bartleby Editores publicó el libro Esperando al rey de España (2022). Presentamos una selección de su obra poética con traducciones de Beth Miller.

*****

El mecánico

La mayoría de los hombres usan
los ojos
como metrónomo
para marcar el compás
del caminar de una mujer
cómo sus caderas se ciñen
contra la tela, igual que los higos
en el árbol
justo antes de reventar
sus moradas pieles,
para medir qué tanto
de su andar emplea en la cama
de noche,
la jarra del cielo
llenándose de vía láctea
centellea cada vez
que ella mueve los labios.
pero, claro,
los secretos
no son los golpes obvios
en la canción
que cualquier baterista puede dar
oyendo la velocidad del motor
—hecho también de golpes—
tan rápidos,
sutiles, supongo,
que llegan como un sonido continuo
o el corazón que, por supuesto,
golpea sin ventilador
que lo mantenga
fresco;
es una prueba,
un ritmo,
que no podrían ver
aquellos ojos medidores
aunque tal vez haya algunos
con dedos y oídos
tan cerca de los motores
con aceite limpio circulando por los oídos
que depure la sesera,
quizás algunos…
puedan decir
en qué consiste
el secreto sangrar de una mujer
Como mujer
con estrellas untuosas
en todos los puntos
de mi piel
nunca podría
fiarme de un hombre
que no fuera mecánico;
un hombre que usa sus
ojos,
sus manos,
escucha
al
corazón.

***

Mi certificado de boda

Hay sombras
que parecen peligrosas manchas
en tus pulmones
llenando
un retrato tuyo
que tengo en mi mente.

***

Historia

Un hombre me preguntó
la historia de mi vida.
Dije
que yo no tenía
historia.
Que todas mis historias eran vidas,
como hongos,
aparentemente sin raíces,
aunque las esporas, microscópicas, que bailan

en la tierra

como mi mano roza tu cara mientras
duermes,

ya no son misteriosas;

y recordé que todas mis historias son una sola,
dejando a una mujer con un puñado de plata
que se vuelve luz de luna
desvanece como el aire,
desaparece con el sol,
permaneciendo ella con sus manos abiertas
y la poesía que es música,
una canción que nos ronda a todos
es lo que le queda,
su realidad misteriosamente,
quizá microscópicamente, ida

para aparecer en otro

terreno pantanoso.
Yo busco al mago que entienda
lo que es invisible
al ojo desnudo,
que lea la poesía como un texto
para una nueva especie de jardín,
que convierta la luz de luna
en un puñado de plata,
en algo sólido y real,
no en ilusión,
no en viejas historias,
no en la vieja versión de la vida,
no en hongos venenosos.

Hongos,
comibles,
hermosos,
que dejan caer las esporas
y dan vida
justamente
como nosotros.
La historia de mi vida
es
que continúa.

***

Nieve de abril

Tengo el ojo
de un fotógrafo.

Cuando miro por la ventana,
veo la foto
que me hiciste en aquella tormenta de nieve en Nueva York
hace diez años.
Llevo un abrigo largo y negro, que brilla,
un sombrero a lo Greta Garbo
y botas para abrigar los pies.
En la tormenta de nieve de hoy,
llevo una bata morada
y estoy sentada con los brazos, blancos, apoyados en una recia mesa de madera.
La casa resplandece de flores amarillas,
mientras que, fuera, lo único amarillo son los faros de los coches,
que circulan con cautela
en la ventisca.

Los esqueletos de los árboles me recuerdan
que el invierno sigue aquí. Un pino cubierto de nieve
dice que el invierno arrecia.
Pero estamos en abril
y ya hace dos meses que te fuiste. Aunque podrían ser
diez años. Porque «tú» es solo un personaje
de mis sueños.

El Amor me hace soñar contigo
todas las noches,
pero mis sueños son pesadillas. Así que he
llenado la casa
de libros, de comida humeante, de flores.
Me tomo un buen vino
todas las noches.
La música y la poesía llenan el lugar.
Me doy una buena vida,
rodeada de poetas, músicos y pintores.
Por qué te deseo tanto o
me despierto con esos sueños terribles,
no sabría decirlo.

Excepto por eso,
según el calendario estamos en primavera.
En abril.
Pero hoy está nevando,
una nieve blanca, espesa,

profunda.
Nieve de abril.

En el frío y la textura quizá
no difiera de la blanca y helada de enero.
Pero parece distinta
por el hecho
de que los petirrojos lleven aquí una semana.
En mayo
los tulipanes habrán florecido
y yo pensaré en el mar.
El Rey de España me envía
sus saludos:
la rama rota,
el charco de nieve derretida,
a la puerta de mi casa.

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