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15 de junio de 1936: Mola y Fal Conde se conocen

15 de junio de 1936: Mola y Fal Conde se conocen

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 15 de junio de 1936: Mola y Fal Conde se conocen

El monasterio de Irache, de claustro plateresco y torre herreriana, al pie de Montejurra, muy cerquita de Estella, quedaba a treinta minutos de Pamplona y no le fue difícil al general Mola acercarse a última hora de la mañana en un coche de la Comandancia. Enseguida le hicieron pasar con su ayudante a la celda del padre superior. Allí esperó, con las manos cogidas a la espalda y una mueca agria en la cara. El mapa de la Península, junto al crucifijo en la pared, le hizo recordar sus últimas consignas.

Había que prever toda eventualidad. En caso de fracasar, el movimiento de repliegue se haría sobre el Duero, primero, y después sobre el Ebro, teniendo presente que en la línea Zaragoza-Miranda había de extremarse la resistencia, y Navarra sería el reducto principal de la rebeldía.

Mola siempre dijo que el movimiento debía ser de gran violencia y sin vacilación. Las vacilaciones solo conducen al fracaso. Y con los Sanfermines a la vuelta de la esquina parecía que su esfuerzo organizativo de los últimos meses cuajaba por fin. En cierto momento él mismo se había desesperado, viendo que se hablaba mucho de conspiración pero nadie daba un paso al frente. Por eso resultaba tan estimulante el contacto con los tradicionalistas: le sorprendió su determinación. Y luego todo lo sucedido en Madrid, entre tiroteos y huelgas, estaba ayudando a concienciar al país de que el alzamiento era inevitable.

"Mola siempre dijo que el movimiento debía ser de gran violencia y sin vacilación. Las vacilaciones solo conducen al fracaso"

La cuestión, ahora, era fijar el momento adecuado.

Mola abandonó sus cavilaciones en cuanto se abrió la puerta y apareció un sonriente Manuel Fal Conde. La policía española llevaba días intentando detenerlo. El tradicionalista continuaba, para el Gobierno, en paradero desconocido.

—Lamento mi retraso. Antonio de Lizarza me ha traído en coche desde San Juan de Luz, con los problemas habituales al pasar la frontera —indicó Fal Conde, mientras el ayudante de Mola los dejaba solos—. Ahora mismo está paseando por el claustro, abajo, con el padre superior, para que tengamos un momento de tranquilidad. Hemos hablado por el camino de lo de Málaga. Parece que hay ya capitulaciones gracias a la mediación de personalidades de la CNT de Madrid y de Barcelona. Lástima. Era bueno, ese conflicto, para nuestra causa. ¿Le parece que nos sentemos?

Él mismo se sentó a un lado de la mesa. Hacía mucho calor. Se secó la frente con un pañuelo. Fuera de la mesa y dos sillas, había en la pequeña celda un lecho, al pie del crucifijo y del mapa de España, y un reclinatorio. La penumbra era agradable. Los gruesos muros de piedra garantizaban frescor.

—¿Le llegó el recordatorio? El general Sanjurjo tiene la otra parte. Ya solo les queda juntarlas.

—Me lo hizo llegar su emisario a la Comandancia, sí. Pero me temo que antes tenemos que hablar de otras cosas —le interrumpió Mola, algo seco.

—Esa es la idea de este encuentro. Le ruego que no tome nuestra primera propuesta sino como un avance maximalista de intenciones. No convenía arrancar la negociación con posiciones tibias, cuando creemos de verdad en nuestras posibilidades.

—Creo que usted también ha recibido mi propuesta.

—La traigo conmigo, general —Fal Conde sacó un papel plegado del bolsillo de la chaqueta—. Usted entiende que el directorio deberían integrarlo un presidente y cuatro vocales militares con facultades para redactar los decretos-ley que serían revisados en su momento por un Parlamento constituyente elegido por sufragio…

"El problema es que ciertas medidas como la separación de Iglesia y Estado o la libertad de culto serían inasumibles, por republicanas, para nuestro movimiento"

—Continúe leyendo.

—Usted, general, plantea la posibilidad de que ese directorio ejerza una dictadura republicana sin intervención de los tribunales, con suspensión de la Constitución, cese del Gobierno, disolución de las actuales Cortes, ilegalización de partidos. Y, eso sí, un régimen de representación orgánica. Hasta ahí podemos estar de acuerdo. El problema es que ciertas medidas como la separación de Iglesia y Estado o la libertad de culto serían inasumibles, por republicanas, para nuestro movimiento. Lo demás, subsidios a obreros en paro forzoso, obras públicas, comisiones regionales para resolver los problemas de la tierra sobre la base del fomento de la pequeña propiedad y el restablecimiento de la pena de muerte, son razonables. Pero hay una diferencia de fondo de la que creo que usted es perfectamente consciente cuando dice en el último párrafo que el Directorio se compromete a no cambiar el régimen republicano y a mantener las mejoras obreras legalmente conseguidas. ¿Me equivoco si digo que tiene bastante de provocación su propuesta?

—Supongo que el efecto que les ha causado es el mismo que me causaron a mí sus primeras condiciones —dijo el general Mola.

—Supongo —sonrió Fal Conde— que por eso justamente estamos aquí. Para ver si entre dos personas de educación y cultura como usted y yo, somos capaces de alcanzar compromisos y llegar a un acuerdo de mínimos. El general Sanjurjo me pide comunicarle que lo desea vivamente. Al igual que el conde de Rodezno, su alteza don Alfonso Carlos y el resto de los dirigentes de la Comunión. De modo que, si le parece, podemos empezar a discutir desde cero los diferentes puntos. Siempre será más fácil ponernos de acuerdo dos personas que ese Congreso de pacotilla que hay en Madrid, ¿no le parece?

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