Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 17 de agosto de 1936: Decapitación de López de Ochoa
Ocurrió el mismo día en que fusilaban al general Fanjul en el patio de la cárcel Modelo, tras habérsele concedido contraer matrimonio con su amante Luisa Aguado Cuadrillero. Un final casi feliz, por contraste con el de López de Ochoa, general republicano y masón a quien un grupo de milicianos capturó en pijama y zapatillas y lo sacó entre empellones del hospital militar de Carabanchel, donde lo había hecho ingresar su amigo el general Pozas, ministro de la Guerra, para protegerlo de quienes lo responsabilizaban de la represión de Asturias.
Varios miembros de la CNT habían acudido al pabellón de presos del hospital. Todos sabían que a López de Ochoa lo habían intentado sacar de allí días antes, vendado completamente, sus amigos. Por desgracia para él fue descubierto, y la noticia provocó la indignación popular. Fuera del hospital una turba vociferante aguardaba. El alboroto atraía a muchos curiosos a las puertas del hospital, entre ellos a Rosa e Inés, las primas de Pepe Mañas, que los vieron pasar por delante de la tienda.
—¿Qué van a hacer con este hombre? ¿Dónde lo llevan?
Ambas siguieron a quienes empujaban a aquel tipo enfermo, en pijama. López de Ochoa mantuvo la cabeza alta en medio de los insultos. La noche era clara. Lo llevaron al alto del cerro de Almodóvar, a cincuenta metros del hospital. En el descampado, cuatro milicianos en mangas de camisa se colocaron ante él, cargaron sus fusiles Máuser y los apoyaron contra el pecho.
—¿No podíais haberme dejado al menos vestirme, miserables?
El general lanzó una ojeada despectiva y cansada al público. “¡Matadlo de una vez!”, gritó alguien. Entre el gentío, el cabecilla se sintió obligado a justificar su acción.
—Hoy mueres por ser uno de los carniceros de Asturias.
—¡Eso! ¡Muerte a los carniceros de Asturias! ¡Muerte a los verdugos!
La descarga del pelotón arrancó alaridos de alegría. A la jauría le excitó la sangre que, al caer el cuerpo hacia adelante, empapó el suelo. El cabecilla se acercó con una pistola para rematarlo, pero viendo que no hacía falta se ahorró la bala. Rosa e Inés se ponían de puntillas para ver mejor lo que pasaba.
—Hay un carnicero de verdad. ¡Le van a cortar la cabeza!
En medio de la excitación morbosa, un enfermero del hospital pasó un gran cuchillo a un miliciano que se arrodilló para rebanarle el cuello al muerto con movimientos sabios, manejando el cuerpo de manera que no le salpicara sangre. Con dos o tres golpes secos, y tras forcejear con la columna vertebral, la parte más dura, dio un último tirón. Manteniendo el pie en el pecho del muerto, alzó la cabeza cogida por el cabello.
—¡Así acaban los carniceros de Asturias! ¡Que alguien busque una pica! ¡Vamos a pasearlo por Madrid!
La cabeza, sanguinolenta y separada del cuerpo, los miraba a todos con ojos abiertos.


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