Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 19 de julio de 1936: Asalto al cuartel de La Montaña
Con el alba empezó el movimiento a espaldas del cuartel. Las laderas del parque del Oeste se despeñaban hacia el río. En la otra orilla, en la Casa de Campo, por encima de las encinas, en el pelado cerro Garabitas, aparecieron soldados y milicianos reconociendo el lugar. Más allá, el horizonte rosa se posó sobre la suave pendiente de la dehesa del campamento de Carabanchel.
Cuando bajó al patio, Basilio, que apenas había dormido, pensó que los periódicos estarían saliendo. De la vecina estación del Norte partían trenes hacia lugares de veraneo. Desde primera hora lo habían vestido de uniforme. Con la guerrera caqui nueva, parecía un recluta. Pero sus movimientos no engañaban a nadie.
A última hora comieron todos sardinas fritas en la cantina. Había mucha mosca. En las manos de alguno circulaba el telegrama que Franco enviaba al Ejército de África:
«Gloria al heroico Ejército de África. España sobre todo. Recibid el saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros de la península… ¡Fe ciega en el triunfo! ¡Viva España con honor!».
Los cadetes lo comentaron excitados.
Por la tarde llegó el general Fanjul, y los sublevados se precipitaron al patio. Quien pasó entre aclamaciones era un hombre trajeado de civil, barba cana recortada, cejas negras y aspecto preocupado. No parecía ningún mesías. Pero cuando volvió a aparecer uniformado, tras salir de su despacho, la sensación fue otra. Se notó que tomaba las riendas, y se multiplicaron las órdenes.
También se supo, por noticias de fuera, que durante la noche el teniente coronel Mangada había repartido los primeros fusiles, con un camión, a las milicias obreras en la Casa de Campo. Ahora mismo, los militares de la UMRA hacían un nuevo reparto en el Parque de Artillería. El Gobierno cedía a la presión de las manifestaciones de socialistas y comunistas. Pero a la mayoría de los fusiles les faltaban cerrojos.
—Los tenemos almacenados en este cuartel, no hay de qué preocuparse. Por eso hay que resistir.
A última hora dejó de llegar gente: los detenían en la plaza de España. También se supo que se había colocado un cañón Schneider del 15,5 en la calle Bailén. Se oyeron pasos de caballos, y apareció por el paseo de Rosales un escuadrón de la Guardia Civil. Para recibirlos, salió el general Fanjul, rodeado de oficiales, al jardincillo que daba sobre el paseo. El capitán mandó hacer alto a su tropa.
—Capitán, ¿con quién están ustedes y dónde van?
—La Guardia Civil siempre con el Ejército, mi general. Vamos a palacio. Me tiene a sus órdenes. ¿Y ustedes?
—Tenemos cincuenta mil cerrojos de fusiles que defender. Esperamos la llegada de tropas de Burgos y Valladolid.
—Pues a lo mejor nos vemos pronto. Buena suerte.
Y se alejaron los guardias Bailén arriba. Pasó un tranvía a toda máquina, totalmente vacío, tocando la campanilla. Era el último. Con el crepúsculo las fuerzas de la guardia de Asalto, en orden de combate, con gran distancia entre hombre y hombre, avanzaron por Ferraz. No torcieron hacia Rosales, evitando acercarse al cuartel. Dentro se dio aviso de que no se abriera fuego. Al poco, alguien anunció que se había cortado el teléfono.
—Dentro de nada empieza lo bueno.
En medio de la crispación de los bisoños, la noche se abatió sobre el cuartel. Un avión lo sobrevoló. Sonaron las cornetas. El avión desapareció. El cielo se llenó de estrellas.
—¡Allí! —gritó un centinela.
Asomado a la ventana ante la que se apilaban sacos terreros Basilio vio cómo, a gatas, casi arrastrándose, seis u ocho hombres avanzaban entre casas de enfrente, en Ferraz. Llevaban barras, picos de mango corto y paquetes cuadrados cubiertos por papel plateado.
—Esos quieren entrar por las alcantarillas y hacer una voladura.
Entonces disparó la batería emplazada en los jardines, frente al cuartel. Los cimientos del edificio temblaron. En el paseo de Rosales, los primeros proyectiles impactaron en la fachada.
—¡Fuego!
Arrancó un fuego cruzado. Basilio, escondido tras su fusil, temblaba. Cayeron los primeros hombres. Poco a poco se iban concentrando milicianos frente al cuartel. Pronto ocuparon las azoteas de edificios y calles aledañas. Permanecían lo suficientemente alejados para que no los alcanzaran. Llegaron camionetas, coches erizados de fusiles. Unos minutos después se adelantó un emisario del Gobierno, al que dejaron pasar. Tras parlamentar un rato con los oficiales, volvió a salir.
—Nos han pedido que nos rindamos, pero Fanjul lo rechaza —explicó un sargento—. El asalto empezará mañana. Dormid bien, porque nos despertarán a cañonazos.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: