Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Viernes, 19 de junio de 1936: Más sobre Marruecos
Padre ha salido un momento. Mientras llega me gustaría que me siguiera contando cosas de Marruecos, tío.
—Hablábamos de aquel otro capellán que estuvo con usted en Ceuta. Su amigo enfermo, el de Colmenar. Al que fue a visitar el otro día con padre. Hablaba usted, tío, de la campaña de Marruecos. De cómo el ejército, después de Annual, tuvo que suspender las operaciones de retaguardia y permitir que el comisario superior pactara con Al Raisuni, jefe de la rebelión. Justo cuando estaba a punto de entregarse.
—Ah, entonces te trasladé el punto de vista del Ejército. Ahora te va a hablar el sacerdote que estuvo allí y que de la grandeza militar no vio nada. Ya sabes que en Ceuta el único entretenimiento de los reclutas, más allá de salir por la tarde a piropear a las criadas, son los burdeles. No hay mejor síntoma de la corrupción generalizada. Y eso que los recién llegados solo paran allí unos días, antes de ser enviados al frente. Todos carne de cañón. Daba pena, cada vez que atracaba el barco ver nuevos reclutas, en su mayoría campesinos y jornaleros. Mucho andaluz agitanado con chaquetilla, mucho castellano, mucho vasco, mucho gallego, mucho asturiano, mucho aragonés, mucho catalán, mucho levantino con alpargatas de cinta trenzada. Pero al César lo que es del César: algunos llegaban muertos de hambre y se encontraban con que en el Ejército, otra cosa no, pero comer se come. El día que no hay cocido es porque te daban un arroz con conejo, y nadie te quita la carne con patatas los fines de semana. Te aseguro que más de uno que llega con miedo enseguida aprecia la cantina.
—Algo bueno tenía que tener.
—Pero luego les dan uniformes y en cuestión de nada se comportan todos igual, Pepe. Porque lo peor no es la falta de preparación o de equipamiento. Lo peor es que, en pocas semanas, todos esos campesinos mandados por oficiales nada preparados que son el grueso del ejército, ya se han convertido en animales. Se dejan la paga en los cafés y la salud en burdeles donde las danzarinas se desnudan a la luz de un reflector que les persigue el sexo. Hay timbas en cada esquina con jugadores profesionales que a su vez controlan a la mayoría de las prostitutas miserables que luego se concentran en las puertas de los cafés, en busca de algún borracho que las invite. Así resulta imposible predicar. Lo más que puedes es aliviar el dolor cuando los acompañas al frente y cae uno herido, a las puertas de la muerte. Entonces se interesan por su alma. Algunos se confiesan. Otros, ni eso. Pero todos aprecian que les cojas la mano mientras mueren. Eso es la gloriosa guerra de África. Ojalá nunca tengas que vivirla, Pepe.
—¿Y por qué nos metimos en esa guerra?
—Porque el Gobierno quiso borrar las derrotas de Cuba y Filipinas. Había que dar una manera de vivir a los generales. Y porque Inglaterra no quería a Francia al otro lado del Estrecho. Nuestros mejores aliados, ya lo ves. Inglaterra, que no permite fortificar Ceuta, donde todavía están las viejas baterías Ordóñez de 1869. Y Francia, que suministra fusiles y municiones a los moros.


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