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20 de septiembre de 1936: En el cementerio de San Isidro

20 de septiembre de 1936: En el cementerio de San Isidro

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 20 de septiembre de 1936: En el cementerio de San Isidro

El cementerio de San Isidro fue durante todo el siglo XIX el preferido por la nobleza. Todavía tenía en sus patios grandes panteones donde estaban sepultados, entre otros, Antonio Maura y Canalejas, antes de que los trasladasen al Panteón de Hombres Ilustres, cerca de la basílica de Atocha.

En el 36 aún había tumbas ilustres. El propio Larra estaba enterrado en el paredaño cementerio de San Justo. Pero desde el comienzo de la guerra el cementerio de San Isidro, en las afueras de Madrid, se había convertido en el lugar idóneo para abandonar los cadáveres de los «paseados». Los tiraban desde coches o camiones junto a la tapia.

—No llore, madre, por favor —dijo Pepe Mañas.

"Según se acercaban tres milicianos a cargar con la caja, Pepe dirigió una última mirada al muerto. Lo habían adecentado como podían"

La guerra acaba con muchos protocolos. Azuzados por la necesidad, a la mayoría de los muertos se les velaban en el mismo depósito de cadáveres. Hoy se congregaba allí un puñado de familias. Fuera lucía un día espléndido, sin nubes. Dentro, todo era negrura. Rosa e Inés, enlutadas, parecían niñas asustadas. Mariana se cubría con la toquilla. No soltaba el brazo de Pepe. Los cuatro habían pasado allí la noche como las otras familias, cada cual con su muerto.

—Ni siquiera lo hemos podido velar en casa —murmuró Mariana.

Pepe Mañas, que llevaba dos días sin dormir, se puso de pie y la abrazó. Era el único que no iba de negro. Se había puesto uno de sus trajes, de un gris oscuro. Se le veía agotado. Ángel Navarrete, con mono de miliciano, no soltaba el fusil. El ahora secretario de abastos de la CNT se reprochaba no haberlos podido proteger. Por eso había dos de sus anarquistas armados cerca.

—No podéis saber cuánto lo lamento, Mariana —dijo.

—No es culpa tuya, Ángel. Tú has hecho lo que has podido… Bastante es.

En la puerta del depósito apareció el enterrador. El hombre tenía en el propio cementerio varias cajas rústicas para familias que podían pagarlas. A los demás los enterraba en la fosa común.

—¿A quién le toca?

Ángel Navarrete hizo un movimiento de cabeza para indicar al ataúd de los Mañas. Según se acercaban tres milicianos a cargar con la caja, Pepe dirigió una última mirada al muerto. Lo habían adecentado como podían. Sus primas y madre lo lavaron la víspera, con el agua de un caño en el mismo depósito. Le amortajaron en una sábana blanca del ajuar de novia de Mariana. Tenía un rosario de cuentas negras entre las manos y lo habían metido en aquel ataúd mal acabado, corto para su estatura, apoyado sobre dos caballetes. La cabeza la ladearon para que no se viera la parte del cráneo reventado por las balas al salir: el flequillo cubría los agujeros negros en la sien. La expresión no parecía tan agarrotada como cuando lo encontraron en la tapia del cementerio.

—¡Luis, mi Luis! —gimió Mariana, agarrándose a su cuerpo, ya frío, por última vez.

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