Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 20 de agosto de 1936: Con La Pasionaria en el frente
El frente está fijado en los tres pasos importantes de Guadarrama: Somosierra, Navacerrada y el Alto del León. En los tres hemos logrado detener el avance fascista —dijo Dolores Ibárruri.
Cercedilla y Guadarrama eran las últimas localidades antes del frente y tenían en ruinas multitud de edificios. De algunas casas no quedaba en pie sino la puerta. En alguna pendía un letrero: ASEGURADA DE INCENDIOS. Por los suelos había postes telegráficos, cables, cascos de obuses.
—Aquí se sigue librando la lucha, camarada Koltsov. Los fascistas de Mola hacen lo imposible por traspasar la barrera de la sierra, pero no lo logran. En cambio, el teniente coronel Mangada, con su batallón, ha llegado con sus hombres hasta prácticamente las murallas de Ávila —dijo La Pasionaria. Un cañonazo retumbó por los desfiladeros—. No se asuste, es el pan nuestro de cada día. Cada jornada, hasta muy entrada la noche, grupos de milicianos leales al Gobierno trepan por los riscos procurando envolver al enemigo y cortarle de sus posiciones. Los fascistas hacen lo mismo… Y por la noche, contamos todos las bajas.
—Veo que es usted muy popular —dijo Koltsov, cuando un grupo de soldados gubernamentales se levantó a ofrecerles pan y vino de sus cantimploras.
—Muchas gracias, camaradas, venimos comidos. Guardad vuestras raciones.
Ellos procuraban retenerla («Mira mis cicatrices, Dolores», «Toma, una carta para mi madre», «Prueba mi ametralladora»), pero la Pasionaria tenía prisa e intercambió unas palabras con un oficial, antes de volverse a Koltsov.
—Hoy nuestras fuerzas quieren aprovechar el éxito de Mangada, pero sospechan que los fascistas están preparados para el envite.
De nuevo, cañonazos y ametralladoras. Los soldados les gritaron que se tiraran cuerpo a tierra. La Pasionaria y Koltsov se limitaron a agachar la cabeza, como los demás. Dolores dijo que la próxima vez vendría con un paraguas. Eso arrancó las risas de los milicianos. Los dos comunistas entraron en una casita destrozada. Un grupo de soldados custodiaba a unos prisioneros fascistas. Uno se acercó a quejarse por la comida.
—¿Cómo? ¿Qué lleváis dos días sin verdura? Eso lo resuelvo ya mismo. Mañana tendréis aquí sandías y tomates, buen hombre. Es intolerable —murmuró la Pasionaria, según salían de nuevo—. En esa casa ahí delante está el Estado Mayor. Ahora conocerá al coronel Asensio y al expresidente del Gobierno, Casares Quiroga, que nos ofrecerá un café.
—¿Qué hace aquí un expresidente?
—Era jefe del Gobierno cuando comenzó la sublevación. No hizo ningún caso a las advertencias. Se ofuscó tanto, cuando ocurrió, que presentó la dimisión… Desde entonces, intenta lavar sus culpas en el frente.


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