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21 de junio de 1936: El mejor guardameta de todos los tiempos

21 de junio de 1936: El mejor guardameta de todos los tiempos

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 21 de junio de 1936: El mejor guardameta de todos los tiempos

¿Estás bien, Ricardo?

—Sí, tú tranquilo. Ya falta menos.

Ricardo Zamora, alias el Divino para los forofos, era el mejor guardameta que había dado España. Hacía diez años que era capitán de la Selección y cuatro que el Madrid Fútbol Club lo había fichado por la suma fabulosa de cien mil pesetas. Tras un arranque aciago con los merengues —durante su partido de presentación se lesionó y se perdió la primera vuelta—, el Divino hizo honor a su fama, garantizando dos Ligas al equipo. Hoy seguía siendo su mayor estrella. «Uno a cero y Zamora de portero» era un dicho que repetían todos los chicos que perseguían alguna vez una pelota.

"Más allá de su envergadura y sus manazas, o de su técnica refinada y propia, y de sus incuestionables reflejos, Zamora tenía un conocimiento táctico inmejorable del fútbol"

—El día de mi despedida no me lo chafan —murmuró Zamora.

El balón seguía en campo contrario.

Era su último partido como profesional. Estaban en Mestalla, campo del Valencia. Jugaban la final de Copa contra el Barcelona y Zamora salió dispuesto a disfrutar de cada uno de los segundos, de cada uno de los movimientos. Fue el último en salir, como de costumbre. Y, como de costumbre, se dedicó a dirigir a los suyos, ordenando la defensa, controlando los movimientos de la zaga y, casi, los de todo el equipo.

Y es que, más allá de su envergadura y sus manazas, o de su técnica refinada y propia —como ese despeje de codos, su famosa «zamorana», que tenía entre otras virtudes la de desanimar a los delanteros que pretendían cargar contra él—; más allá de eso y de sus incuestionables reflejos, Zamora tenía un conocimiento táctico inmejorable del fútbol. Entendía el juego posicional como nadie y la mitad de sus paradas las debía a ese saber colocarse. Eso no hacía sino mejorar con la edad.

—Cierra un poco a la izquierda. No me fío de Escolà.

Con el primer tiempo transcurrido y mediada la segunda parte, Zamora seguía totalmente concentrado. El partido no pudo arrancar mejor. El Madrid metió dos goles en doce minutos. Pero después se había ido envenenando el encuentro. En un mal despeje de Quincoces —nombre adecuado según sus detractores—, la pelota quedó suelta. No llegó a rematar Balmanya, aunque sí Escolà: un disparo no muy potente pero bien colocado que batió a Zamora, quien, como explicó más tarde malhumorado, estaba tapado. Desde entonces, volvía a haber partido. El Barcelona, que se veía físicamente mejor, acosaba el arco contrario. Y más ahora que el Madrid quedaba con diez por la lesión inesperada de Souto.

No faltaba mucho para que el árbitro pitase el final del encuentro y Zamora sintió que le podía la excitación. Necesitaba realmente ganar. Sabía que la decepción, si no lo hacía en este su último encuentro, sería monstruosa. Y sentía que al rival, su antiguo equipo, le quedaban cosas por decir…

Y efectivamente, en el siguiente ataque, el jugador más peligroso, un Escolà crecido, se sacó un disparo ajustado al poste. Los espectadores que abarrotaban el estadio lo vieron dentro. Por suerte, Zamora anticipó el golpeo y su estirada bastó para desviar con la punta de los dedos la trayectoria del balón. Los culés, que ya cantaban el gol, no se lo podían creer. Sus jugadores se miraron desmoralizados.

—¡Zamora! ¡Zamora!

Unos minutos después, el Madrid conquistaba la copa y Zamora fue sacado a hombros, como un héroe, del estadio. En la foto, que quedó para la historia, alza un dedo. Indica, no se sabe si, que él es el número uno o que esta es la primera copa del club capitalino.

Habrían de seguir muchas más.

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