Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 21 de septiembre de 1936: El Alcázar de Toledo
Los fascistas han tomado Maqueda.
El día se levantó en medio del estrépito de cañones. El eco se distribuyó por las callejuelas, haciéndolas temblar. Toledo entero parecía que se fuera a hundir. La cortada del Tajo devolvía el retumbar como una caja de resonancia. En las barricadas de la plaza de Zocodover se congregaba la reserva comunista que ahora debía dirigirse a primera línea, a los pies de la fortaleza.
—Venga. Nos esperan.
El regimiento corrió, en medio de las balas, hasta el hospital de Santa Cruz. Allí dentro esperaban dos millares de hombres, entre obreros de la Fábrica de Armas y milicianos anarquistas. Habían instalado un nuevo cañón de 155 milímetros. Desde la puerta se veía el Alcázar: todo el muro sur del hospital estaba bajo el fuego de los rebeldes. Los disparos provenían del vecino edificio del Gobierno Civil, derruido, en cuyo interior todavía había un par de ametralladoras y un grupo de cobertura. El resto de rebeldes se había retirado arriba, al altillo de la explanada norte, ante la entrada de la Academia. Ahora mismo la puerta del hospital estaba abierta de par en par, pero los disparos de los hombres de Moscardó les impedían salir.
—Dejadme. Yo os cubro, camaradas—dijo un suboficial artillero. Protegido por el escudo, arrastró hacia delante un cañón de setenta y cinco milímetros y disparó a través del arco que aún se mantenía en pie, a la semioscuridad desde donde partía el fuego fascista, en lo alto de la explanada.
—Con cada disparo —dijo otro oficial—, que salgan hombres de diez en diez. Que se agrupen al pie de la explanada, donde no llega el fuego fascista, ¿entendido? En cuanto seamos suficientes, treparemos directamente a la Academia.
—Déjame ir con los primeros —dijo Koltsov.
—Yo te acompaño —dijo Gorev.
El oficial los miró.
—Si hoy no cae el Alcázar, no caerá nunca. ¡A por ellos, camaradas! ¡Viva Rusia! ¡Viva el Frente Popular! ¡Viva la República!
—¡Viva! —contestaron todos, puño en alto.


Decían “¡Viva Rusia!” por no decir “¡Viva España!”. Y luego acusaron al franquismo de apropiarse de la bandera y el patriotismo. Y si señalas esto, ¡zas!, eres franquista. Están como una regadera.
¿Patriotas los franquistas? ¿Los que pedían a la Legion Condor y a la Aviazione Legionaria que bombardearan las poblaciones republicanas y masacraran inocentes?
Lo más espantoso del Alcázar fue el sufrimiento de los civiles, familiares de los sublevados, que se encerraron junto a ellos porque no veían alternativa. Los asesinatos de rehenes y familiares fueron habituales desde el principio en ambos lados. Sucede en todas las guerras civiles y también en guerras entre estados: no somos de una pasta diferente, lo cual no lo hace menos horrible.
Cuando circula esa identificación de España con el fracaso, no se compara con el entorno. Fue una suerte o un éxito, como se quiera ver, pero no un fracaso quedar al margen de las dos guerras mundiales y de las guerras civiles que hubo dentro de la segunda. No suele hablarse de la guerra civil francesa o italiana, porque quedaron englobadas por la guerra mundial y reinterpretadas por la propaganda de los vencedores, que presentaron a sus naciones como un bloque en torno a la Resistencia. Pero no fue así, realmente. Toda Europa, excepto Suiza y poco más, conoció algo parecido a una guerra civil. No se libró ni Gran Bretaña, por el levantamiento irlandés de 1916.
Suelen ignorarse datos importantes, como que en el Reino Unido hubo cartilla de racionamiento después de la II Guerra Mundial, hasta entrados los años cincuenta. No es un consuelo, pero no caigamos en ese error tan español de creer que sólo en nuestra casa se cuecen habas.
Una precisión sin mayor importancia: Maqueda está a más de 70 km. de Madrid.