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25 de agosto de 1936: Padre e hijo confinados

25 de agosto de 1936: Padre e hijo confinados

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Martes, 25 de agosto de 1936: Padre e hijo confinados

Sesenta y cinco, veinte en copas y diez de monte, noventa y cinco. Últimamente le estoy dando unas buenas palizas, padre. Va a tener que volver a concentrarse, o le perderé el respeto.

—Es que no puedo concentrarme en nada, Pepe. Yo no puedo seguir así. No puedo vivir esta vida. Necesito dar mi paseo matutino con la yegua. Necesito tomarme unos finos en el bar, hablar con la gente, de lo que sea, y no estar aquí metido como si fuera… Mi primo José, que Dios sabe dónde está, era medio cartujo. Yo necesito frotarme con la vida. Hasta ir a misa con tu madre me sentaba bien.

—Piense que las mujeres tienen una capilla en casa. El resto lo hemos discutido, padre. Ángel Navarrete dice que debe usted procurar que no se le vea. La gente lo tiene localizado como militar, y más de uno se acuerda de que estuvo usted en el entierro del alférez De los Reyes.

—Como para no ir…

"Las milicias le tienen cogida la matrícula. Si no fuera por Ángel, me temo que usted sería uno de los que se llevan luego en camión a la Casa de Campo"

—Poco importa ya, padre. El caso es que las milicias le tienen cogida la matrícula. Si no fuera por Ángel, me temo que usted sería uno de los que se llevan luego en camión a la Casa de Campo…

—¡Los miserables!

—Bastante es que sigan viniendo a comprar y que tenemos abastecimiento suficiente para abrir.

—Faltaría más.

—No sea exigente, padre. En estos tiempos, todo es complicado. Creo que debemos dar gracias por tener un vecino con mucha mano en el Ateneo Libertario. Solo por no enemistarse con Ángel Navarrete, nos respetan. Esto es Carabanchel, padre.

—Pero es que, Pepe, a mí me duele el orgullo. Cada noche que pasa, cuando oigo esos camiones por General Ricardos, y luego el silencio en la calle, que nadie se atreve a salir y a decirles nada a esos salvajes…

—Ni se le ocurra a usted asomar las narices por la puerta, padre.

—…me siento poco hombre, Pepe. Porque esto me ha pillado ya mayor, que si no…

—Usted piense en madre, nada más.

—Claro que pienso en ella, Pepe. Pero, por mucho que lo piense hay algo aquí en el pecho que me pide otra cosa. Esta gentuza de los camiones se comporta como si fueran militares, cuando no lo son. Un cúmulo de rocas alineadas a ojo no forman un muro, falta la argamasa. La disciplina es lo que hace que el soldado raso siga al sargento, y este al teniente, y este al capitán. Y el capitán al comandante, y este al coronel. Sin disciplina nadie es nada. Esos alocados piensan que los fusiles los convierten en soldados. Ya verán cuando tengan enfrente a un ejército de verdad. Por muchos enanos que se junten, no se consigue un gigante, como decía el pobre José Antonio Primo de Rivera…

—Padre, no sigamos con estos asuntos. Sabe que nos vamos a disgustar.

—Esto de la revolución es un disparate, Pepe. En todas las casas siempre hay un viejo sillón, como este mío donde estoy sentado, que era de mi padre, que en paz descanse. Cuando se le rompieron las patas, las cambié. También cambié los muelles y la tapicería. Ahora queda poco del original. Pero gracias a esos cambios sigue siendo el sillón de siempre. Y la sociedad es igual. Hay que renovar, por Dios, pero es absurdo destrozar las cosas para rehacerlas desde cero. Además, ya se vio en Asturias dónde acaba todo esto. No aprendemos, Pepe. Te digo que los españoles nunca aprendemos.

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