Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 28 de junio de 1936: Entrevista con Alfonso XIII (4)
Ya sabrá, majestad, que hoy mismo se ha aprobado en plebiscito, con el beneplácito de Casares Quiroga, el estatuto gallego. Otro paso más en la desarticulación de la soberanía nacional por el gobierno del Frente Popular. Me gustaría volver, si no le resulta muy doloroso, al inicio de todo. A aquel aciago 14 de abril. ¿Me podría explicar por qué y cómo abandonó el país?
—Eso está claro, majestad. Pero también dijo usted que no renunciaba a ninguno de sus derechos, porque más que suyos eran depósito acumulado por la historia, de cuya custodia habían de pedirle un día cuenta rigurosa, y que esperaba a conocer la auténtica y adecuada expresión de la conciencia colectiva.
—Son casi mis palabras exactas. Tienes una excelente memoria, Ruano.
—Están grabadas a fuego en la conciencia de todo buen monárquico, majestad.
—Pues no sabes lo que me costó escribirlas. Ese día, la plaza de Oriente estaba vacía. Había fuerzas de seguridad conteniendo a la gente que taponaba las confluencias con Bailén, Pavía, Felipe V, Carlos III, Lepanto. Una multitud vociferante exhibía banderas rojas y tricolores. El palacio era un hervidero de personas asustadas. Creo que ya entonces ondeaba la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones. El Consejo de ministros fue muy triste. Únicamente Juan Ventosa y De la Cierva se oponían a que yo partiera. En realidad, el Gobierno ya discutía los detalles de mi salida. Me despedí del príncipe de Asturias, que estaba enfermo. De mi tía Isabel, la Chata, de la reina y de las infantas, que temían, más que por su vida, por la mía; de mis hijos Jaime y Gonzalo. A Juan no pude abrazarle, porque estaba ausente…
—Cursaba sus estudios de Marina en Cádiz, en la Escuela Naval de San Fernando.
—Luego, por la puerta secreta, la que da a los jardines de palacio, hube de abrirme paso entre una congregación llorosa, abrumada. Algunas damas se arrodillaban. Me besaron la mano. Un oficial de los alabarderos lanzó un “¡Viva el Rey!” que todos corearon con fuerza, golpeando el suelo con sus alabardas. Como fuera seguían los insultos, me dominé y grité: «¡Viva siempre España!», antes de subirme al automóvil.
—¿No salieron por la puerta grande, la que da a la plaza de Oriente?
—No, la muchedumbre se apiñaba por ahí. Tampoco se podía por la plaza de la Armería. Y nadie cayó en la cuenta de advertir a los guardias del Campo del Moro que la verja que daba a la cuesta de la Vega debía abrirse. Hubo que buscar al guardia. Mientras tanto se oía a lo lejos un griterío pidiendo mi cabeza. Yo iba en mi Duesenberg convertible, con mi primo el infante Alfonso de Orleáns y mi ayudante. Nos seguían en otro vehículo el entonces ministro de Marina, el almirante Rivera, y el duque de Miranda. Y detrás, en un Hispano-Suiza, normalmente destinado a mi hijo, otros tres ayudantes militares. Había un último coche con los equipajes. Así bajamos hasta el puente de Toledo y pusimos rumbo a Ocaña. Pocos kilómetros después se unieron dos vehículos con guardias civiles. Tenían órdenes de Sanjurjo de escoltarnos durante los muchos kilómetros que todavía nos separaban del puerto de Cartagena. Fue el día más triste de mi vida. Jamás lo olvidaré.
—Ni usted ni ningún monárquico, majestad.


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