Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 29 de junio de 1936: Sobre el fracaso de la República
El veintinueve de junio se celebró el acto de clausura del congreso nacional del Partido de Unión Republicana y su presidente, Diego Martínez Barrio, pronunció un discurso en el teatro Español, hablando de la destitución del presidente Alcalá-Zamora y reflexionando sobre la extremada atomización de la representación política en la Segunda República.
Hemos mencionado el parlamentarismo, la crisis económica, los totalitarismos en Europa y el baile incesante de carteras ministeriales. Y desde luego no podemos obviar la extremada atomización de los partidos políticos. Había dos bandos, pero cualquier cosa menos homogéneos.
En la primavera de 1936 existían al menos ciento treinta idearios políticos. Había socialistas de Besteiro, de Prieto y de Largo Caballero, cada cual con sus propias características, y que poco tenían que ver con el socialismo unificado que preconizaba Carrillo, ni con el socialismo bolchevique comunista o el trotskismo del POUM. Ni con el comunismo libertario de la CNT, donde los reformistas de Pestaña y la FAI, en uno y otro extremo, tampoco tenían nada en común. Eso sin mencionar las subcorrientes esperantistas, espiritistas, vegetarianas o naturistas anarquistas. O el estrafalario comunismo católico de Bergamín. Tampoco la Unión Republicana de Martínez Barrio, que ya vivía separada del Partido Radical, cada vez más escorado hacia la izquierda, tenía demasiado que ver con el republicanismo romántico y decimonónico de Lerroux.
Y en las derechas ocurría lo mismo: no se podían equiparar el monarquismo de Fal Conde con el de Renovación Española de los alfonsinos, de la misma forma que los falangistas de José Antonio y los jonsistas de Ramiro Ledesma eran antagónicos en tantísimas cuestiones. Ni tampoco podían amalgamarse las juventudes católicas de la JAP, cachorros de la CEDA, con los seguidores de José Antonio o los del PNV, que querían su Euskadi independiente en relación directa con el Vaticano. Eso sin entrar en los partidos catalanistas y el resto del regionalismo.
La proliferación de ideologías no facilitaba las cosas ni siquiera para la conspiración.
A falta de muy poco para el alzamiento, los rebeldes no estaban de acuerdo sobre si debía ser un movimiento dictatorial republicano, como quería Mola, o monárquico. Hasta la cuestión de la bandera seguía poco clara. Muchos militares no se sentían cómodos con la bicolor.
Es cierto que al menos los conspiradores tenían ya acordado que habría un jefe, Sanjurjo, en Estoril, y un director ejecutivo, Mola. Pero fuera de eso, a finales de junio, el problema en el seno de la conspiración era equiparable al del Frente Popular o la oposición institucional y leal a la República: vertebrar una sociedad extremadamente fragmentada.


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