Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 30 de mayo de 1936: Alejandro Lerroux confía en Franco
Mire usted, Suñer. El día quince tuve un accidente en Torrelodones. Por suerte, tanto yo como mi mujer salimos ilesos, con heridas de poca importancia. Desde entonces permanecemos en este hermoso pueblo de San Rafael donde cada poco recibimos visitas, entre ellas de militares de alta graduación, y todos me vienen hablando de que el día menos pensado va a ocurrir algo. Por eso, y aprovechando que Franco está en Madrid, se me ha ocurrido que podía hablar con él usted, que es amigo suyo. En fin, pase…
El primer verano alquilaron un chalé en San Rafael, al otro un piso que un amigo construía al borde de la carretera de La Coruña, cerca de las chozas de los obreros en la desembocadura del túnel de la vía férrea. Allí, un prado que costó a su dueño mil quinientas pesetas empezó a parcelarse a dos pesetas el pie. Media decena de particulares, y entre ellos el periodista republicano Alberto Aguilera, concejal de Madrid, construían casas nuevas. El sitio estaba rodeado de un pinar, a medio camino entre el alto del León y el propio San Rafael, y la estación de tren quedaba cerca. Cuando Alberto Aguilera puso a la venta su finca, los Lerroux se la compraron. También compraron alguna más y se quedaron con el resto de las parcelas del prado.
A don Alejandro le acometió el mal de piedra.
Se puso a construir, a distribuir aguas, a plantar árboles y flores en el jardín, espléndido con lo que llovía. Se hizo una huerta donde cultivaba sus propias hortalizas. En el pinar, al otro lado de la carretera, había un manantial y obtuvo licencia para llevar agua a su propiedad. Tenía de todo: vacas, cerdos, gallinas, pavos, faisanes y en los estanques truchas traídas del monasterio de Piedra. La leche de las vacas tenía fama en el pueblo («la leche de Lerroux») y las palomas campaban a sus anchas. Algunas lo acompañaban en sus paseos por un jardín lleno de bancos artísticos y fuentes italianas. Dos leoncillos a la entrada de coches de la finca, uno a cada lado, dormían un sueño de mármol sobre pedestal de granito.
—Pero pasemos al interior, Suñer, y hablemos de lo que ocurre en Madrid.
El chalé inmediato lo ocupaban su sobrino Aurelio y su esposa —residían allí desde el escándalo—, que estaban reformándolo, y una tercera casita la alquilaban a parientes. Don Alejandro pretendía reunir allí a sus hermanas y a sus familias durante los veranos. Su propio chalé, por dentro, tenía amplios ventanales y un torreón en el último piso, con los cuatro mil volúmenes de su biblioteca.
—Lo que no entiendo es tanta inquietud como hay. Todo el mundo habla de conspiraciones, de revolución, ¡qué sé yo! ¿Usted está al corriente de algo? ¿Ha hablado con Franco? ¿Cree usted que se da cuenta de la difícil situación en que se encuentra el país?
—Desde luego que sí, don Alejandro. Pero en estos momentos Franco dice que con él no se puede contar para conspirar, ni para tomar parte en un movimiento de rebelión militar.
—Pero es que puede llegar un día en que, no ya la República, sino la patria lo reclamen…
—Se lo dice mucha gente. Yo también, y me ha contestado que si él viese el poder en medio de la calle y la patria en peligro de entregarse a la anarquía, sin necesidad de conspiración ninguna ni compromiso previo, pondría su espada al servicio del orden, quienquiera que lo represente… Franco no se unirá al plan de Mola, amigo Lerroux. Por lo menos de momento. Puede usted sentirse tranquilo, a ese respecto.
La conversación no cesaba y poco a poco fue quedando al descubierto la cantidad de conspiradores que estaban poniendo manos a la obra. El Viejo León sacó la conclusión de que se preparaba algo bastante más gordo de lo que se había imaginado.


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