Sábado, 6 de junio de 1936: En la Quinta del Pardo
¿Cómo van las huelgas, Casares?
—Menos mal. Anda el país como para estar sin tascas. Ven, pasemos a mi despacho. Ponte cómodo…
Como fuera chispeaba, Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga se metieron en el interior del palacete afrancesado del Pardo. El edificio tenía una sola planta y sus paredes las decoraban aún los primeros papeles pintados que se habían visto en la capital: chinerías caprichosas de quioscos y palanquines parecidos a los de Lhardy, puentecillos y lagos, sicomoros y sauces bajo la luna, mandarines y princesas, campos de arroz, cielos de laca. Los suelos alfombrados silenciaron sus pasos. Viendo que Casares se fijaba en las estanterías con sus libros, el presidente Azaña observó:
—Ya lo estás viendo. Me pensaba de paso y al final nos quedaremos hasta el verano. Me dicen que, si no se alarga la huelga, para julio estará todo preparado.
Se había previsto acabar las obras del arreglo de palacio a mediados de mes, pero como la huelga de la construcción todavía podía durar tres o cuatro semanas más, no se haría la mudanza hasta julio. Para entonces, Azaña esperaba haber resuelto la cuestión del veraneo. No quería ir a la Granja. Prefería el palacio de la Magdalena. Pero allí tenían la universidad de verano. Y no obstante, al saber de su interés, el Ayuntamiento de Santander le quería ofrecer una residencia alternativa y estaba dispuesto a gastar dos millones para renovarla.
—Me lo estoy pensando. El palacio que me ofrecen me parece horroroso, mal amueblado. A mí lo que me gustaría es pasar dos meses en la Magdalena. Esa sí que es una residencia independiente, fresca y cómoda. Y mientras tanto no me pesa quedarme. El Pardo está precioso, con todo lo que ha llovido. Nunca había visto en el jardín una alfombra de hierba tan espesa y cubierta de flores —Azaña tenía por costumbre dar dos largos paseos a primera hora de la mañana y al atardecer: hoy los echaba en falta. Casares Quiroga asintió. Según ocupaba una silla a este lado del escritorio, se oyeron gritos infantiles por el pasillo—. Nos visitan mis cuñados. Eso son mis sobrinos. El que grita es José Manuel, está hecho un pillastre. Y quien lo persigue será la abuela. Pero a lo nuestro, Santiago —dijo, tuteándole como hacía en privado—, ¿cómo avanzan las conspiraciones?
—Las tengo bajo seguimiento, presidente. Tengo un infiltrado en las milicias del comunista Líster. Por el momento no me preocupan. Son cuatro monos. Lo más complicado y lo que sigo de cerca desde el Ministerio de la Guerra es lo de Navarra. El general Mola es perseverante. Le está costando entenderse con los tradicionalistas. Pero no ceja en su empeño.
—Te dije que no sería tan fácil. Mola es un republicano. De la especie conservadora, pero tiene poco que ver con los carlistas. No le sienta bien la boina roja.
—Pero no cesan de hablar, presidente. Y se ha visto otra vez con Queipo.
—Pues deja que se desfoguen. Que despotriquen contra nosotros. Yo no los veo juntándose. ¿Y los cachorros de José Antonio y su hermano?
—¿Los Primo de Rivera? Los falangistas dan la lata con sus cartas exaltadas, pero nadie les hace caso. Aun así, estimo que convendría alejarlos. La Modelo se ha convertido en un centro de peregrinación falangista. Y cuanta menos gente revoltosa tengamos en Moncloa, tal como está al capital ahora mismo, mejor. Por el momento, si no le parece mal, está ya previsto su traslado a la cárcel de Alicante para esta misma noche —indicó Casares—. Es uno de los asuntos, desde luego, para los cuales necesito tu visto bueno, presidente.
—Puedes contar con él, Santiago. Puedes contar con él.


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