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5 poemas de Antología personal (para Oreste Macrí), de Ángel Crespo

5 poemas de Antología personal (para Oreste Macrí), de Ángel Crespo

Foto de portada: Oreste Macrí, Laura Dolfi y Ángel Crespo, por Anna Dolfi.

Más allá de los cuarenta poemas de Antología personal, este libro contiene la prueba de que la poesía y el afecto van siempre de la mano. La generosidad de Ángel Crespo al responder a Oreste Macrí en 1983 revela un profundo respeto por el crítico.

En Zenda ofrecemos cinco poemas de Antología personal (para Oreste Macrí), de Ángel Crespo (Olifante).

***

LAS COSAS

Por los caminos encontramos bueyes.
Vamos contando testas de animales cornudos.
En los caminos encontramos árboles.
Vamos contando ramas de vegetales altos.
Vamos por los caminos contando hierbas.
Pero también los bueyes cuentan presencias de hombres.
Y los árboles cuentan nervudos brazos de hombre.
Y las hierbas nos cuentan las pestañas.
Todas las cosas tienen
ojos para mirarnos,
lengua para decirnos,
dientes para mordernos.
Vamos andando igual que si nadie nos viese,
pero las cosas nos están mirando.

***

TODOS LOS HOMBRES VAMOS

Todos los hombres vamos,
en un animal vamos subidos,
de especie diferente y diferente andar,
pero animal que mata si se tercia.
Todos los animales
se comen todos su salario:
nuestra ración de vida verde
que como pago ya es bastante.
Todos vamos guiándonos,
según costumbre, por las uñas
y por los cuernos, si los lleva,
o las cerdas inusitadas
del animal que nos somete.
Luchamos a caballo
de animales intransigentes
que se devoran entre sí,
guiados solo por los signos
que descifrar no nos atañe.
Entre garras y dientes
y horrorosos aullidos de placer,
entre enseñanzas inútiles
y descompasadas caricias,
entre lujurias y frases hechas,
una estampida sin desenlace
nos lleva en vilo, nos derriba,
nos pone en pie. Nuestro animal exige
su pedazo de pan entre las patas,
su vaso y cubo de agua, sus pasteles,
para seguir huyendo.

***

EL AIRE

El aire ha pasado lamiéndonos
como aquel perro, el de la casa,
el que de noche se perdía y, luego,
en los ojos traía un terrible retrato.
Como aquel perro, el aire viene
y nos pasa la lengua por las manos,
dejándonos olores
de matorrales y conejos,
de estampidos de pólvora, de sangre,
de tierra humedecida;
exactamente, igual, como aquel perro.
El animal, la hoja,
la sorpresa, el disgusto,
nos llegan por el aire:
nos llegan de repente como esta
brisa que mueve un poco las cortinas,
levanta los papeles de su sitio
y nos hace inclinarnos, como el can
aquel solicitando nuestras manos,
que eran entonces menos duras.
Como el terrible can que se perdía,
como digo, de noche,
se hacía entonces negro, olía a azufre
quemado, se ponía, en verdad, llameante
y se perdía monte arriba,
para luego volver por la mañana,
inmaculado, alegre,
lamiéndonos los pies, dando a los otros
felices bienvenidas con el rabo,
exactamente igual llega este aire.
(Exactamente igual para los otros,
porque debo contar que al perro aquel
solo yo descubría por la noche,
y de mañana me añadía miedos
cuando apretaba el lomo a mis rodillas).

***

EL HEREDERO

Precedido de un opaco
y caudaloso rugido,
sale, a veces, un león
del armario familiar.
(Es preferible a esas sombras
que acortan, a veces, nuestro
paso a través de la casa
o que esos súbitos, blancos,
resplandores que se advierten,
helados, en las alcobas).
Surge un león, no la híbrida
figura que, aunque inconcreta,
guarda con él semejanza,
sino el animal salvaje
con su dorada melena,
con su bravo olor, poniendo
su calor en el ambiente,
haciendo crujir las tablas
que soportan su tristeza.
No es fiero bruto que ataca,
sino conciencia segura
de hallarnos ante un león
que nada bueno despierta,
el no poder confundirlo
con las figuras del sueño,
con la excrecencia que a veces
de la fiebre se genera,
el admitir sin demora
–y sin extrañeza entonces–
la presencia de la fiera
y el miedo que la acompaña.
(No miedo para el león,
que fuego no hay encendido,
sino para aquel que ve
cómo un león sale un día
del armario familiar).
Tampoco se sabe cómo
pudo estar allí, sin que
al tomar la antigua carta
para leerla de nuevo
o el recuerdo acariciar
que en los pañuelos anida,
nos sintiésemos un vago
hormigueo de peligro.
Sale y no surge. Surgir
es diferente, ya que
es nacer, al menos para
tal instante. Sale: estaba
de siempre allí. Un paso da,
otro después. Un temor
de pecados cometidos
no por nosotros –o sí
por nosotros, que sabemos
ser prolongación, pasado–
nos atenaza. La casa
está vacía (no importa
que alguien ponga en este instante
flores en el comedor),
la calle está sin un alma
(aunque en la equina haya dos
que se besan), la ciudad,
el mundo, se hallan vacíos,
y él viene a pedirnos algo
–no pan, porque no lo come;
no carne (no necesita
devorarla este león),
no tranquilidad (quisiera
no despojarnos, dejárnosla)–,
algo que tal vez pudiéramos
darle y que, desconociendo,
sabemos lo doloroso
que sería conceder.
Y no se esfuma. Se vuelve
cara al armario, azotándose
pausadamente los flancos,
seguro de que otra vez
nos lo pedirá más fuerte.

***

EL LOBO

Como una piedra de repente oída,
se alza, penetra
con su mirada los oscuros lienzos
de la noche
y aúlla.
Aúlla, clava su voz
en la viciosa médula del junco,
estampa con su aullido
el nocturno percal, se desvanece
su grito, solitario,
un poco más allá se sienta. Enhiestas
las orejas, la espalda
ya casi vertical,
las patas ásperas en tensión, y la piel
lustrosa y maloliente, ¡cuántas noches
me ha impedido dormir!
Cuántas noches en Dios he querido creer
como en alguien que va por el monte y espanta
al aullador y, en los corrales,
se detiene a lamer a las ovejas.
Yo, entonces, no creía
creer en Dios: pensaba
–o ni pensaba– en una
mano capaz de hacerle enmudecer,
como al hermano pequeño va el mayor,
tapa la boca con la mano
y la retira húmeda.
Así quería yo que ese dios o persona,
sobre la faz del lobo, el torvo hocico
apretase, su mano le obligara
a un silencio de roncos gañidos, y dormir.
Porque yo no sentía lástima de la oveja
que un día había de comer. La noche
era hermosa; para alguien
era y yo bien sabía
que no era para mí, que era del lobo
aquel que yo quería suplantar. No podía
saltar por la ventana
y, descalzo, subir entre chaparros,
jaras, ahulagas, piedras,
y gritar desde el sitio del lobo,
ser dueño de la noche,
del campo, que no era mío ni de los míos,
aunque su leña ardiese en el hogar.
Yo, entonces, me sabía las oraciones
pero jamás pensaba en Dios,
y me sentía solo, evadido y sin dueño,
y mi reino era aquella posesión de la noche,
aquel aullido y miedo deseados
que me robaba el lobo.

—————————————

Autor: Ángel Crespo. Título: Antología personal (para Oreste Macrí). Editorial: Olifante. Venta: Todos tus libros.

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