En la encrucijada entre tradición y modernidad, Takamura Kōtarō definió un nuevo paradigma estético para el Japón de comienzos del siglo XX. Escultor, poeta y pensador, Kōtarō fue testigo de una época de transformación radical y uno de sus artífices más lúcidos.
En Zenda ofrecemos cinco poemas de El alma poética sin límites (Satori), de Takamura Kōtarō.
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País del netsuke
prominentes pómulos, gruesos labios, ojos triangulares, cara
de netsuke esculpido por el maestro Sangorō
con la mirada perdida como si le hubieran quitado su alma
inconsciente, ansioso
insensible a la Muerte
vanidoso
seguro de sí siendo tan pequeño,
parecido a un simio, un zorro, una ardilla voladora, un
pececillo de arroz, una teja con cara de demonio,
parecido a un fragmento de un cuenco de té
así es el japonés
***
El rostro de mi padre
doy forma al rostro de mi padre con arcilla
debajo de una ventana en el crepúsculo
es triste y solitario
la imagen muestra algo de parecido con la mía
temible resultado de la genética
me da miedo
el futuro de mi vejez, tal y como sería
aparece y me sorprende inesperadamente
curiosidad de asomarse al terror
veo sus ojos, sus arrugas en la frente
el rostro creado en arcilla de mi padre
guarda un silencio absoluto como un pez
pero relata los días dolorosos del pasado
es el oscuro grito de acero
¿será la voz del fantasma de Hamlet que vi en un país del occidente?
aunque sin rencor, el tono que corta la piel
entra por las uñas y duele como si fuera un absceso
doy forma al rostro de mi padre con arcilla
debajo de una ventana en el crepúsculo
una voz tenue de extraña genética susurra…
***
Enfermo en el camino
Así pensó Bashō en cama.
Haikai se puso de pie correctamente entre el cielo y la tierra.
No se equivocará nadie en este camino.
El precepto de la Naturaleza no desviará el corazón humano.
Solo una duda que aclarar,
no se sabe qué ni cuándo,
hay algo que no se despierta todavía
en el corazón de la Naturaleza.
En algún punto vital completamente inesperado,
se esconde una profundidad que empuja a A, B y C a fluir.
¿Quién me llama desde el tiempo incalculable?
Enfermo en el camino,
mi sueño vuela y corre
por el campo seco.
Daré un paso más.
***
Cada día te veo más bella
Cuando una mujer se va desprendiendo de accesorios
¡qué belleza empieza a aparecer!
Tu cuerpo pulido por los años que pasan
se convierte en un metal celestial que vuela sin límites.
Ni vanidad ni apariencia pueden cambiarte un ápice
un ser vivo hecho solo de contenido fresco y puro
se mueve y decide todo sin demora.
Que una mujer logre encontrar su identidad femenina
¿se debe a estos ejercicios a través del tiempo?
Cuando estás de pie muda
veo lo que Dios ha creado.
De vez en cuando, salta la chispa de la sorpresa en mi interior
cada día te veo más bella.
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Elegía del limón
¡cómo esperabas el limón!
en el triste y blanco lecho de la Muerte
mordieron tus limpios dientes
un limón que tomaste de mi mano
olor de color topacio
las divinas gotas de su jugo
devolvieron tu conciencia de un golpe
tus ojos de azul transparente sonreían tímidamente
¡qué sanas tus manos que aprietan las mías!
a pesar de la tormenta en la garganta
en ese instante de vida y Muerte
Chieko volvió a ser la Chieko de antes
y transmitió todo su amor de vida en ese instante
luego, el tiempo
respiró hondo como solía hacer en la cima de la montaña
y sus órganos dejaron de funcionar
debajo de las flores de cerezo que adornan tu foto
hoy también colocaré un limón fresco y luminoso
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Autor: Takamura Kotaro. Título: El alma poética sin limites. Editorial: Satori. Venta: Todos tus libros.
BIO
TAMAKURA KŌTARŌ (1883-1956) fue un destacado escultor, poeta y ensayista cuyo periplo vital atravesó las eras Meiji, Taishō y Shōwa. Era el hijo mayor del célebre escultor Takamura Kōun.
Se graduó en la Escuela de Bellas Artes de Tokio en 1902, donde estudió escultura y pintura al óleo. En 1906 viajó a Estados Unidos y, al año siguiente, a Londres, donde entabló relación con el ceramista y profesor de arte Bernard Leach y el escultor Ogiwara Morie, al cual le uniría una profunda amistad hasta el momento de la repentina muerte de este en 1910. En 1907 se trasladó a París, ciudad que le proporcionó una experiencia liberadora y a la que más tarde describiría como el lugar «donde me hice adulto». Regresó a Japón en 1908 y escribió su célebre e influyente ensayo Midori iro no taiyō (Un sol verde).
En 1914 se casó con la pintora Naganuma Chieko, a la cual dedicaría una importante parte de su producción poética, y continuó desarrollando una intensa actividad en la pintura, la escultura, la poesía, la traducción y la crítica de arte. Murió de tuberculosis en 1956.


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