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5 poemas de Jesús Hilario Tundidor

5 poemas de Jesús Hilario Tundidor

Ética y estética han convivido en la obra de este poeta y ensayista. Sus versos han sido reconocidos con importantes premios como el Adonis. A cotinuación reproduzco 5 poemas de Jesús Hilario Tundidor.

5 poemas de Jesús Hilario Tundidor

Poema inicial

Aquí, tranquilamente,
voy a decirte una palabra,
la última palabra
donde quedó tu corazón antiguo…

Aquí, tranquilamente:
Dios era carne entonces
y tú lo recreabas en tu espíritu.

Ay, arrodíllate,
no volverás dos veces a ser niño.

Epístola a Rafael Alberti

Desde una tierra donde
España yace como
en siglos arropada injustamente y dormida.
Bajo mi juventud
de potro y hombre
triste, Alberti, amigo, compañero en la orilla
de la esperanza, oh, bajo
mi corazón te nombro
este silencio y esta durísima ceniza
de la patria:
¿Quién puso
la palabra comercio, o sangre, o muerte, unida
a la niñez? ¿ Quién hizo
el miedo por las calles,
quién despojo la limpia
ternura de los niños? Porque recuerdo ahora
de qué color la vida
se ponía en la tarde,
cómo calzaba a nuestros sueños, cómo
los crecimientos iban
sin luz. Era terrible.
De repente y sin más, igual que un agua fría
nos cayó la tristeza,
para siempre, varones
acosados sin lágrimas, perdida
la fe, perdida
nuestra generación de larga espera.

Acuso hoy como un hombre que tiene
el pecho en alto y un viento verde atiza
sus espaldas. ¿Qué rasa
atardecida
nos abrirá los puentes del silencio, querrá darnos
la voz, la juventud, el aire
claro y la alegría
humilde? Alberti, Alberti,
si vieras las espigas
de la patria, su cielo
azul, el alcotán, el alma
mísera de Castilla, aún tan hermosa,
pero tan apagada y tan vencida…

Tomando la amistad por tu hombro izquierdo
si estuvieses aquí, te llevaría
una mañana al campo
para que vieras las palomas blancas
y grises y zuritas.
Y te hablaría como a un viejo padre
de las cosas sencillas,
a ver si con hablarte y con oírte
lleno de amor, de sueño y metal puro
en el alfar de España amanecía.

El circo

I

HOY,
acurrucado y triste,
único, solitario,
envilecido por la carne, amarga
la última residencia de mi corazón,
bajo la lona, bajo
el alto mundo de la estrella,
hundida el alma, rota
la hacedura de Dios, corvo, torcido
en el polvo estelar de la memoria,
hoy,
como un día cualquiera,
me he puesto a contemplar sin saber cómo
este río del circo de la vida.

II

Por de pronto la luz.
Hay que salvarla. Ved
que pueden descubrirnos
y entonces, nada, todo
sería preparado a nuestra altura
y ella, la elemental,
es una dádiva de amor y crea..
Por de pronto la luz:
Qué bien los tigres
vivirían sin ella oteando la sangre
en el acecho desde la alta rama a la costumbre
antigua del puro, manso ciervo en el arroyo.
Los tigres, los feli-
ces de Dios, los elegantes
conjurados, la raya
indómita, la tierra en pie de fiera.
Pero, ahí, ¿qué rugido
educado, cuáles sombras
sin miedo, selva férrea?
¿Escuchas? No es el combate,
el gamo presto, ¿nadie
te disputa la presa?
Tú podrías…
Alta la luna arrastra
selvas en celo, confiadas hembras.
¿Quién hijo, tigre, te ha lamido la sangre?

III

Siempre pensé que acaso
fuese la infancia lo primero, lo
elementariamente necesario.
Niños: nunca
os saquen las casillas.
Los circos sí, para los hombres tristes,
vosotros con mirar o con las tardes
de los domingos, todos
tenéis bastante, sobran
los papelillos de colores, rojo,
blanco, azul celeste, oro
falso, deshojado verde; y los platillos.
Celestial arco, amargo viento barre
la vida, soplan
aires contrarios. Nada
puede darnos consuelo.

IV

Oh júbilo, oh inocencia,
¿esto es el hombre? Enano
bullidor mientras se cambian
los tinglados del cerco. Vedle
consolando, perdiéndose,
eunuco vil de masas, tan crecido
ahora con su engaño,
centro mentido… Bullen
los colores del odio, siembra
su falso pan de la alegría.
Sí, la inocencia en ese pelotón de mil colores
como en aquella copla de los pueblos:

«Ahora, al fin de la jornada,
cuando la tumba me espera,
he aprendido que la dicha
sólo existe en la inocencia.»

Pero esto no es el fin ni es el principio.
Como la tumba, un acto más, un paso más
hacia ninguna dicha, aunque uno siempre
jamás esté seguro para nada.
Más alguien hay, miradlo:
diariamente afila
sus cuchillos. Y está aquí, con nosotros,
entre nuestra aventura, en ella misma
pero
¿podríamos hacerlo,
debíamos jugarnos nuestro pulso?

V

Sólo el alambre: Algo
puede ocurrir al hombre, algo que nunca
en peso de balanza esté preciso.
Aunque ese ronco zumbo
de pegadiza música, ¿qué quiere?
¿Otra vez miedo?
Ya es suficiente. Cumplen
las sombras, alma en vilo, dije
que no bastan figura y apariencia.
Siento
que me falla la voz, nadie asegura
nada, ¿apuesta alguien?
Sin embargo el hilo, aquel varal de acero,
es tan sencillo…
Un paso al aire, un corte, alguna breve
inclinación bastaba.
¿Es que será tan sólo musiquilla?
¿Es que no hay más? ¿Acaso
no merece la pena su peligro?
Por una vez estoy seguro: Todos
iríamos alegres a los cables,
desnudos, mansos, porque
a favor del silencio es el vacío.

VI

Hubo un tiempo… Naipes
y barajas, escamoteo, quién,
¿quién asegura? Un sí es
no es nos llena, nos engaña y burla.
Nosotros lo sabemos, somos
engañados, asistimos
al juicio final de nuestra muerte
que está asentada en esta carne, vive
con nuestras venas, oye
nuestra respiración, gusta su triunfo
anticipadamente conocido,
hasta que un tiempo, en una hora, un día
alza feliz su poderío y mata.
Luego un conejo, un gallo, bolas, bolas
que él, en nuestro engaño,
hace en la gracia de sus dedos ágiles.

VII

Ciega la luz, hiere la luz, avisa
que hay selva. Nuevamente
selva. Planta enorme,
si polvo y pastizal, amplios senderos
de manada, el coso
treme, oh elefante.
¿Quién más sujeto, quién
más seguro en tierra?
Nada si no el tan-tán hubiese
como un aviso hundido la penumbra:
lianas, árboles tropicales, plantas
carnívoras, insectos
múltiples, todo
el perenne forraje, el eterno
palpitar vegetal se alza, enorme,
como un peso que se desborda en sangre.

Un lejano temblor de angustia herida,
un hálito, una vaga penumbra
de pasto en plenilunio: Hay
Dios. Omnipotente, vengativo, solo:
el humano deseo, y sin embargo
tremendamente temeroso;
y ahí, ante el pesado bloque
casi acuñado, mineral, amorfo,
ante la bestia, ¿quién es el dios que ruge,
¡asombro!, en las tormentas?
Música de oropel llena los ámbitos.
Después, sin ruido, inerte
casi, la paz.

VIII

…Y la mentira. El circo
es clown, sonrisa pálida,
vieja nostalgia y clarinete amargo.
Como el amor: Mentira,
verdad que nadie sabe hasta qué punto
puede ser disfrazada.
He aquí el payaso: El hombre,
carátula triste, son
de viejo instrumento. Si desnudo
apareciera, cómo
poner su hombría a traza de nostalgia…
Nadie lo sabe. Todos
reímos, todos
de nuestra propia carne revestida,
de nuestro pobre cuerpo puesto a venta.
Somos así: tan nobles
para vender, comprar nuestra agonía.
De vez en cuando, a veces
una desolación pertinaz, honda,
baja, mansa y segura,
hacia el lugar del corazón de donde
tomó su vida y su experiencia amarga.
Es la alegría, en tránsito
siempre de pena oscura y largo cauce,
la gran cordialidad que nos aprieta.

IX

Quién es, decidme:
¿dónde se oculta aquél, el que dirige
esta música horrible de charanga?
Música sin concierto
ruidosa y simple, grave,
casi feliz de agilidad nerviosa.
Alguien
debe de acompasarla, alguien que nunca
se podría mostrar. Sería inútil.
A su pesar todo este largo río
transcurre en el amparo
de su horrible armonía.
Ella, la anunciadora, hace danzar y cuando
por un instante da cabida al silencio
una antigua tristeza, dolorosa y tenaz,
nos inunda tranquila los contornos del alma.

y X

Y así pasa la noche,
el tiempo, el agua de la muerte, el agua
de la vida, el circo amigo.
Y hay una dulce dejadez de amor
que nos empaña.
Afuera
las estrellas y el campo duermen, solos,
sin luz, sin Dios, sin claridad o ruido.

Todo
estaba conjurado.
Nadie
sabía que al entrar
se le daría un puesto, una ribera
donde el agua y el ser se marchitaran.

Y pasa así la troupe
como si ajenos, desentendidos, tristes
contempladores fuésemos nosotros.
Vienen sombras, carátulas,
figuras de oro falso y papel viejo,
barras, trapecios, trampolines, pistas,
la dulce musiquilla del rugido
del hombre… Todo
para un último fin que nadie sabe.

Alegres, sonoros
en la fraternidad,
cobrada la moneda,
divertidos
de tanto amor y engaño,
en masa, en bando, en emoción
única y sencilla, damos
humildemente
desconocidos,
cuando el gallo nos llama,
término al contemplar, y cesa el circo.

Vida

Como un andar. Tal vez
igual que un súbito y lejano
parpadeo o temblor de mies madura.
Como esta tierra puesta
al sol, al aire, a la mañana.
Es nuestra vida,
Mas, ¿quién llueve, quién es el que deshace
la esperanza de junio?

Como un andar. Como una
germinación que perderá su grano
desvanecida, inútilmente, en el tiempo.
Nunca igual que los túneles,
que el viajero aquél
que toma su billete a precio fijo.
Es nuestra vida.

Nunca como las aves,
como aquellos vencejos que dan giros
en el atardecer y llevan
para anidar, para incubar su puesta,
un respaldo de sol o piedra dura.

Es nuestra vida, como
ese ventico gris de la mañana.

Viento de octubre

María Teresa, ahora
vira el viento, viene el viento, zumba
en mi frente, trae
sólo sonora soledad rumba
sonora, mísera
materia del olvido, y bisbisea, abre la urna
del corazón, irrumpe
lento, ciego, como si fuese un silbo
solo o como una
sola
luz
gastada. Crece. Luz
recobrada fluye, choca, tumba
el presente, hace
pura
la vida, pasa
como una horrible tolvanera oscura
sobre antiguos legajos, viejas
historias tristes, trastos
que fueron, puyas
dolorosas,
desvaídas vaguadas, cerros, dunas
que remueve, y encuentra
allá en el fondo de mi vida ida
una pequeña paz:
la de tu nombre.

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