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5 poemas de Virgilio Dávila

5 poemas de Virgilio Dávila

Es uno de los poetas más queridos y recordados de su país, Puerto Rico. Considerado uno de los más grandes representantes del modernismo en Latinoamérica. A continuación reproduzco 5 poemas de Virgilio Dávila.

Lo que dice la tierruca

Mediaba ya la noche, y en la imponente calma
la voz de la tierruca metióse por mi alma.
¡Oid lo que decía!
¡Porque ella es vuestra madre, lo mismo que es la mía!

“El mar cantó sus ansias, y en un abrazo ardiente
ciñó a la hermosa tierra del Nuevo Continente;
y gloria del Eterno, del mundo maravillos,
de aquel abrazo ardiente surgieron las Antillas.”

“Yo soy una de ellas. Borinquen es mi nombre,
y tengo, cual ninguna, la admiración del hombre.”

“Un príncipe que irradia más brillo que el rubí,
que todo cuanto mira lo llena de arrebol,
al contemplar mis galas, se enamoró de mí.
Yo le amo, y soy la esposa de ese príncipe: ¡el Sol!”

“Porque soy de mi padre la más grata delicia,
él me tiene en sus brazos, me arrulla y me acaricia.
Porque soy de mi esposo el más grato embeleso,
me manda en cada beso
los vívidos matices que extiende en su paleta,
bordando de primores mi túnica gentil.
(En mi campo y mi cielo pinta el rojo, el violeta,
el gualda, azul y flavo, el verde y el añil).”

“Mi padre da el tesoro divino de sus aguas.
Mi esposo, con el fuego potente de sus fraguas,
les quita la amargura;
las baña de dulzura,
y las transforma en mieles
en el laboratorio del tallo de mis cañas;
les lleva a que fecunden mis plácidos verjeles,
y hagan cuajar el grano, señor de mis montañas,
y amante las dirige al seno de mis rocas
para que surja el hilo que, después arroyuelo,
deleite con su linfa las sitibundas bocas,
y perle de mis faldas el vaporoso vuelo.”

“¡Ya ves! Padre y esposo me dan en holocausto
lo que mi vida llena de incomparable fausto,
y todo lo que tengo, y todo lo que soy,
a ti, que en mí naciste, ufana te lo doy,
no más con que en mi suelo, por toda pleitesía,
realices del Trabajo la santa hegemonía.”

“Yo te daré la copa de lícitos placeres;
la no igualada esencia que flota en mi campiña,
el bello panorama de mis amaneceres,
el corazón sin dolo de la impoluta niña
que tiene por guedejas hilachas de la noche,
por tez, el róseo nácar de fino caracol,
para el festín del beso, un perfumado broche,
y bajo sus pestañas, el fuego de mi sol.”

“Regalaré tu oído con la divina orquesta
de las canoras aves que en mi gentil floresta
nos dicen su cantar,
y arrullarán tu sueño la voz de mi cascada,
la charla peregrina de mi sutil quebrada,
la risa de mis silfos, y el trueno de mi mar.”

“Para obtener los hilos de perlas orientales,
y cuarzos, y esmeraldas, y primorosos chales
que de tu amada eleven el mágico esplendor,
darán oro, el cafeto que vive en mis montañas,
el jugo de mis cañas,
y de mis naranjales el globo ignicolor.”

“En cambio -ya lo dije- de los brillantes dones
con que sembrar anhelo de dichas tu vivir,
conságrale el trabajo fecundas oblaciones
que brinden a tu patria soberbio porvenir.”

“Si el campo te enamora, oficia de labriego,
y ofrece a mis entrañas de tu sudor el riego.
Si de la muchedumbre ser redentor prefieres,
tu corazón aleja del sórdido egoísmo;
predica al ignorante que cumpla sus deberes,
y dale, con tu ejemplo, lecciones de civismo.”

“Canta, si eres poeta,
mis regios esplendores;
si émulo de Murillo, surja de tu paleta
la copia de mis llanos, mis cumbres y mis flores,
y haz, si, mentor, diriges la cándida niñez,
que de la patria sea gloria, y orgullo, y prez.”

“Jamás por necia moda reniegues del pasado,
ni a cuanto da el presente le brindes tus loores.
¡Fulgores y negruras España nos ha dado!
¡De América nos vienen negruras y fulgores!
Haz que conserven puras sus almas mis doncellas,
para que siempre brillen con resplandor de estrellas;
que el fuego en los hogares no extingan mis matronas,
para que brillen siempre sus fúlgidas coronas.”

“Mantén esplendoroso tu idioma peregrino
y el culto hacia lo bello que te legó el latino,
y del sajón emula, como altas cualidades,
su orgullo por la patria y sus actividades.
Sé Washington en eso de odiar la tiranía;
pero sé don Quijote en punto a cortesía.
¡El gesto del gran Roosevelt admira con tesón,
sin olvidar el gesto de Alfonso de Borbón,
y ten, de ibero y yankee, la hermosa valentía.
Así será el criollo, en no lejano día,
más grande que el latino, más grande que el sajón!”

“No vendas al extraño ni un jeme de mi suelo,
porque vender mi suelo será venderme a mí;
y cuando el alma tuya remonte a Dios el vuelo,
la fosa que te guarde cobíjela mi cielo,
para que me devuelvas lo mismo que te di.”

Tal dijo la tierruca. Con pálidos fulgores
iluminó la aurora la bella lejanía.
Las aves despertaron, abriéronse las flores,
y el atiempo que en la tierra, en mi alma amanecía.

El jíbaro

En la montaña, junto al río,
y bajo el techo de un bohío
que el buen labriego de mi padre tejió con yaguas del palmar,
llegué a la vida en esa hora
en que la tierra se colora,
porque recibe apasionada el primer ósculo solar.

Tuve el trabajo por escuela;
tostó mi cuerpo la candela
del astro rubio que a Borinquen le pone trajes de arrebol;
bebí del campo la alegría,
y soy alegre como el día,
como la abeja laborioso, y tan ardiente como el sol.

Surge la aurora,, y de la cama,
oigo el pitirre que me llama
con sus canciones monorrítmicas desde lo alto de un cupey;
el lecho dejo con premura;
llevo mi daga a la cintura,
y con orgullo de cacique poso mi planta en el batey.

Si el caminante se extravía,
se abre una puerta, que es la mía;
para las mozas que conozco, siempre en mi labio hay una flor;
para el que ofende a mi terruño
tengo el perrillo y tengo el puño,
y mi desprecio más solemne para el servil, para el traidor.

Es mi delirio mi caballo;
en las contiendas de mi gallo,
es la victoria, y no el dinero, lo que cautiva mi interés;
no hay, como yo, quien salve un risco,
ni quien domine un potro arisco,
ni quien soporte la fatiga en seguimiento de una res.

Yo bailo el seis y la cadena
con en la tierra macarena
puede bailar un zapateado el más donoso bailarín;
tengo ribetes de coplero,
y al son del tiple vocinglero,
décimas bellas da ni numen, como da flores el jardín.

Yo sé del libro de un Cervantes
que, con sus prosas elegantes,
en un hidalgo -Don Quijote- a todo un pueblo retrató;
sé del hidalgo alguna hazaña;
y si ese hidalgo era de España,
poner en duda no es posible que de españoles vengo yo.

Desde la hora placentera
en que se anima la pradera,
hasta que el sol, como un borracho, va en los abismos a caer,
en los rastreron batatales,
en los hojosos platanales,
doy a la tierra donde aliento las energías de mi ser.

Si entre las hojas de esmeralda
de la riquísima guirnalda
en que el cafeto enreda al monte desde su base hasta su fin
lucen cual pálidas estrellas
las olorosas flores bellas
que son más tarde granos verdes y luego granos de carmín.

Si por diciembre cubre al llano
el aterciopelado soberano
con que a Borinquen da prestigio el ondulante tabacal;
si espigas dan los arrozales,
y dan mazorcas los maizales,
y brinda glóbulos de fuego el rumoroso naranjal.

Si de la caña los flautines
llevan a todos los confines
el nombre augusto de la patria como el de un nuevo Potosí,
esta magnífica riqueza,
esta aureola de grandeza
con que se nimba mi terruño, ¿a quién la debe, sino a mí?

¡Ved la campiña de mi tierra!
¡Cuanto ella vale, cuanto encierra,
es el producto generoso de mi fructífera labor!
Ved la campiña… ¡y ved si miente
el que me tacha de indolente,
y con el jugo de mi vida pasa la vida a su sabor!

La jibarita

Por la vereda angosta que baja de la sierra
y con el calabazo terciado en el cuadril,
poblando viene el aire de rústicas canciones
la jibarita anémica, la jibarita triste,
como una flor escuálida de malogrado abril.

¡Y es bella! Son sus ojos humedecidas murtas
prendidas en jirones de cielo tropical,
su talle y pie menudos; sus labios fueron hechos
de la rosada pulpa que brinda la guayaba,
y son sus blancos dientes botones de azahar.

Allá en la verde cumbre levántase el bohío
de yaguas superpuestas a débil armazón;
en él jamás penetra la luz de la alegría;
lo bañan a su antojo las lluvias torrenciales,
y mécelo a su antojo del ábrego el furor.

Y allí ¡la pobre! habita… Su traje es un harapo
que cubre a duras penas su cuerpo virginal;
algún jergón le sirve de lecho miserable,
y raros son, muy raros, los venturosos días
en que sus manos tocan el codiciado pan.

Por eso en sus canciones se nota el dejo amargo
del que la ausencia llora de un suspirado bien;
por eso cuando ríe parece que solloza
la bella adolescente de talle y pie menudos
que alberga en sus montañas la pobre Borinquen.

Simbólica figura de esta región tendida
entre apacibles mares y cielo de zafir,
allá va con su carga por la vereda angosta
la jibarita anémica, la jibarita triste,
como una flor escuálida de malogrado abril.

Nostalgia

Tras un futuro mejor
el lar nativo dejé,
y mi tienda levanté
en medio de Nueva York.

Lo que miro en derredor
es un triste panorama,
y mi espíritu reclama
por honda nostalgia herido
el retorno al patrio nido.
¡Mamá! ¡Borinquén me llama!

¿En dónde aquí encontré
como en mi suelo criollo
el plato de arroz con pollo,
la taza de buen café?

¿En dónde, en dónde veré,
radiantes en su atavío,
las mozas, ricas en brío,
cuyas miradas deslumbran?
¡Aquí los ojos no alumbran!
¡Este país no es el mío!

Si escucho aquí una canción
de las que aprendí en mis lares,
o una danza de Tavárez,
Campos, o Dueño Colón,
mi sensible corazón
de amor patrio más se inflama
y heraldo que fiel proclama
este sentimiento santo,
viene a mis ojos el llanto…
¡Borinquén es pura flama!

En mi tierra, ¡Qué primor!
En el invierno más crudo
ni un árbol se ve desnudo,
ni una vega sin verdor.

Priva en el jardín la flor,
camina parlero el río,
el ave en el bosque umbrío
canta su canto arbitrario,
y aquí… ¡La nieve es sudario!
¡Aquí me muero de frío!

Visión del porvernir

¡Ay! ¡Qué soberbia cúpula tu cielo!
¡Qué emporio de colores tu llanada,
y qué ricos estuches tus colinas,
y qué beso inefable el de tus auras,
y qué mar apacible el que, amoroso,
en holocausto a tu beldad, te canta!

¡Qué mísero! ¡qué triste!
¡qué lleno de infortunio
quien no ha visto jamás tu sol espléndido
abrir en el oriente su capullo,
no vio la luz de tus estrellas pálidas,
ni gozó de tus dulces plenilunios!

¡Oh, la música grata de tus mares,
y el alegre bullir de tus cascadas,
y las risas del silfo cuando juega
en los airones de tus rubias cañas,
y el trino de tus pájaros canoros,
y el madrigalizar de tus fontanas,
y la queja de amor que da a los aires,
al son de la guitarra,
el rimador de sueños,
lamentando el desdén de la que ama!

¡Eres una canción, eres un himno
que brota de mil arpas,
y que, por darle adoración cumplida,
el Universo a su Creador levanta!

¡Qué grato olor despide el limonero
de sus albas corolas!
¡Qué grato olor el arrayán del bosque!
¡Cómo huelen tus rosas,
y qué perfume dan tus madreselvas,
tus claveles, tus lirios y tus violas!

¡Eres un pebetero
donde la tierra pone sus aromas
para que jueguen con la brisa, y vayan
hasta Dios mismo, en calidad de orobias!

¡Cálida tierra mía!
¡Con qué orgullo te veo,
dueña de tus destinos,
libre como las aves en el viento,
celebrando tus bodas
-enamorada hurí- con el Progreso!
¡Patria de mis mayores!
¡Hogar de mis ensueños!
¡Qué placer inefable
este placer que siento,
al ver salir el humo de tus fábricas,
multiplicarse del saber tus templos,
y atravesar los mares
en navíos soberbios,
con noble afán de conquistar el orbe,
los ricos frutos del vergel riqueño!
¡Cuál mi delicia al percibir el vaho
de tu humífero suelo,
cuando el corte recibes
de la reja de acero,
para que el sol fecunde tus entrañas,
y te abone la lluvia con sus besos,
y la gramínea en sus flautines de oro
cante la gloria de tu valle espléndido,
y nos deslumbre el tabacal undoso
con sus verdes y raros terciopelos,
y luzcan esmeraldas y rubíes
en sus ligeras copas los campos
y su altivez de emperatriz la piña,
y el naranjal sus glóbulos de fuego!

¡Ay! ¡Qué matronas las que a ti te ilustran,
y que varones los que en ti batallan,
y qué doncellas las que en ti suspiran,
y qué poetas los que a ti te cantan!

Yo en ti he nacido, y en tu valle hermoso
quiero dormirme de la muerte al beso,
para volver a tu bendita entraña…
¡porque todo lo mío te lo debo!
¡Yo te debo el sentir de mis cantares,
la lumbre que destella en mi cerebro,
las fibras de mis músculos,
el arpa de mis nervios,
la sangre de mis venas,
y la cal de mis huesos!

¡Qué placidez la de la muerte mía
si, al hundirme en la fosa,
me acompañara la visión radiante
de que, al surgir en épocas remotas
los elementos que mi ser integran
de ese crisol que todo lo transforma,
han de ofrecer en tu conjunto egregio
alarde rico de belleza y gloria,
siendo pluma, en el ala
de alguna de tus aves más canoras;
una perla en el fondo de tus mares;
un hilo de tus linfas nemorosas;
un granito de oro en tu montaña;
en tu vergel, un pétalo de rosa;
un átomo de fósforo, en el cráneo
de tu hijo más patriota;
una chispa de numen en la mente
del bardo que pregone tus victorias,
y una gota de sangre
del corazón de una mujer criolla!

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