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6 de julio de 1936: Reunión en el bar La Alhambra

6 de julio de 1936: Reunión en el bar La Alhambra

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Lunes, 6 de julio de 1936: Reunión en el bar La Alhambra

Hombre, ya el que faltaba, Castillo. ¿Qué quieres tomar?

La cafetería La Alhambra, en la calle Sevilla, era el centro de reunión de un grupo de militantes socialistas. Los más conocidos eran el capitán Condés, de la Guardia Civil, el teniente Castillo, de Asalto, y Luis Cuenca, de la Motorizada, un tipo bajito y con cuello de toro que en Cuba, según se decía, fue mamporrero del dictador Machado. El único que faltaba, desde hacía un mes, era el capitán de Ingenieros Carlos Faraudo, asesinado a primeros de mayo por los falangistas. Casares Quiroga les había hecho llegar una lista negra donde aparecían todos sus nombres, con el del teniente Castillo bien destacado. Hacía semanas que se sabía en el punto de mira de los fascistas.

—Yo lo que no entiendo es por qué la tienen tan tomada con Castillo —dijo un joven guardia de Asalto nuevo en la tertulia.

"La tienen tomada, porque consideran que fue quien mató a Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio, durante el entierro del alférez De los Reyes"

—La tienen tomada, porque consideran que fue quien mató a Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio, durante el entierro del alférez De los Reyes —le explicó Condés, con cierta condescendencia.

Castillo lo corroboró con una ligera sonrisa. En el entierro había reconocido a uno de los militares de uniforme en el cortejo fúnebre. Como no era de callarse, le reprochó sus gritos contra el Gobierno y la República. En plena discusión, los de Falange lo rodearon e insultaron. Alguien le golpeó en la cara. Se le cayeron los lentes. Mientras los recogía, explicó, uno de los guardias a sus órdenes acudió en su auxilio, hubo un tiroteo y cayó muerto ese chico, Andrés Sáenz de Heredia.

—Ese hijo de puta fascista. No te cortes, Castillo. Estás entre compañeros.

—Yo entendí que había que disolver aquello, aunque fuera a tiros. Ellos de Cibeles se querían ir al Congreso y rezarle un responso al alférez en la escalinata de los leones, delante de los diputados. Ese era su plan, en vez de seguir hacia el cementerio.

—Tú ándate con cuidado, que yo sé de algún tradicionalista que vive en Chueca, cerca de tu casa, y se jacta de haberte seguido —dijo Condés, muy serio. Condés era tan reconcentrado como Castillo, con rasgos más finos y un ingenio punzante.

—Por eso no me separo de la pistola. Si alguien me busca, me encuentra.

—¿Y por qué no te vas de Madrid una temporadita? —preguntó Cuenca, siempre risueño. Y clavó en Castillo la vista, como si quisiera descifrar una razón escondida.

"Quedó convenido entre los de Asalto y la Motorizada que se devolvería el golpe. No de cualquier manera, sino fijándose preferentemente en quienes movían, desde el Congreso, la marejada fascista"

—Eso dijo el director general de Seguridad. Me quiso enviar a Barcelona, pero yo soy militar. Soy consciente del riesgo que corro y, mal que le pese a mi mujer, aquí me quedo. Cuando entré en Asalto, sabía lo que hacía, y no serán cuatro señoritos los que me achanten. Yo no deserto de mis obligaciones con la República.

—Todo esto se jodió después de lo de Faraudo, ¿os acordáis?

Castillo asintió, sombrío. Era de sus mejores amigos. Él fue de los que portaron a hombros el féretro. En el entierro intervinieron Indalecio Prieto y Santiago Carrillo, unidos para la ocasión. A raíz de ello, quedó convenido entre los de Asalto y la Motorizada que se devolvería el golpe. No de cualquier manera, sino fijándose preferentemente en quienes movían, desde el Congreso, la marejada fascista. Entonces habían elaborado una lista de objetivos contra los cuales atentar si volvían a asesinar a otro de los suyos.

El primer nombre de la lista era, desde luego, el de José Calvo Sotelo.

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