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El Combray de Ingmar Bergman

El Combray de Ingmar Bergman

Dufnäs es una localidad de la provincia de Darlana, una de las veintiuna en las que se divide Suecia. Pero para Ingmar Bergman fue como Combray para Marcel Proust. Porque allí, en la antigua casa del pastor Dahlberg, adquirida por sus padres como residencia veraniega de la familia, comenzó a tomar forma el universo cultural y afectivo del futuro cineasta. Así pues, convertido Dufnäs en ese territorio mítico que es el lugar donde transcurre la infancia de todo aquel que, ya en su ocaso, se dispone a la reconstrucción de su genealogía —y en Bergman dicha tarea fue un afán tan denodado que preside la última parte de su filmografía—, el autor localiza en Dufnäs Niños de domingo, segunda entrega de su trilogía familiar.

Recuperada ahora para los lectores españoles por Fulgencio Pimentel, que ya el año pasado hizo otro tanto con La buena voluntad, primera entrega del ciclo genealógico del cineasta, la traducción es de Marina Torres. El texto —que ya conoció una edición española en 1994, en la colección Andanzas de Tusquets— se presenta esta vez en una de esas ediciones exquisitas que caracterizan a los más destacados editores independientes.

"El cine, como no podía ser de otra manera, está tan presente como la gravedad luterana"

Dejando ya a un lado la forma, yendo al fondo, Pu —trasunto del propio Bergman— es un niño de ocho años que aún tiene problemas con la realidad, cuyos límites todavía se le hacen extraños y siempre vienen dictados por los adultos. Los veranos a la tierna edad de Pu son un largo domingo que dura tres meses, porque no son lectivos, como “el día del Señor” —hablando de alguien tan marcado por la gravedad luterana como quien nos ocupa, no chirría llamar así al domingo—.

Serán nueve los estíos de los años 20 pasados en la casa de Dufnäs, pero el pequeño “conflicto” que se nos refiere sucederá entre un sábado y un domingo. Todo es dicha: los campos de brezo, el río y los bosques rodean la casa… El cine, como no podía ser de otra manera, está tan presente como la gravedad luterana. Así, la belleza de la madre del futuro cineasta, se encuentra a mitad de camino entre la de la “Virgen María” y la de Lillian Gish, la más sublime y etérea de las musas de Griffith.

Pero el cambiante humor del padre, el pastor Erik Berman, trastoca la armonía de la Arcadia familiar como si fuera un ogro irrumpiendo en un cuento de hadas. Porque pocas cosas asustan tanto a un niño como ver discutir a sus padres. Y Pu —como el noventa por ciento de los pequeños—, quiere a su madre más que a Marianne, una amiga de la familia de la que está enamorado secretamente. Pu quiere a la autora de sus días por encima de todas las cosas. Al padre también, pero no es igual.

En uno de sus poemas más célebres —El niño que ya no soy, Gabriel Celaya escribe: “Logré el uso de razón. / Perdí el uso del misterio, / desde entonces, la evidencia, / siempre rara me da miedo”. A ese mismo ámbito es al que nos transporta Bergman en Niños de domingo.

"Si el ciclo genealógico de Bergman toca especialmente de cerca a un tramo de su filmografía, ése es el último"

Quizás por ser la que menos ha interesado a la crítica tradicional, de todas las facetas de la filmografía del cineasta, particularmente me quedo con esas cintas de terror psicológicoEl séptimo sello (1958), El rostro (1958), La hora del lobo (1968)—, al que, sin demasiada manga ancha, puede adscribirse hasta El manantial de la doncella (1960). Se trata de una tradición de la pantalla escandinava que tiene alguno de sus mejores ejemplos en el Victor Sjöström de La carretera fantasma (1929), reconocido maestro de Bergman, y en el danés Carl Theodor Dreyer de Páginas del libro de Satán (1920) y Vampyr (1932).

El pequeño Pu descubre esa inquietud que tanto magnetiza a los muchachos cuando saben por primera vez de alguien que se ahorcó en el lugar donde pasan el verano, o tienen noticia de cualquier otra alma en pena que pudiera estar vagando en lo que para ellos es un ámbito feliz. Aquí es Borläng, el relojero, y la joven que se ahogó en el río, en uno de los inviernos que precedieron a los nueve estíos idealizados, cuyo cadáver devolvieron las aguas con la canícula, para que Pu descubriera el vientre de la infeliz, lleno de angulas, mientras un pie aún estaba calzado y la putrefacción del otro ya había dejado al descubierto al hueso.

"Sea cual sea su tradición, siempre es un placer acompañar a un gran autor en la creación de su universo afectivo. Ya digo, es como volver a Combray con Marcel Proust"

Ahora bien, si el ciclo genealógico de Bergman toca especialmente de cerca a un tramo de su filmografía, ése es el último. O, por mejor decir, toca a su cinta postrera. Aunque Fanny y Alexander (1982), su canto del cisne —el resto fueron telefilmes—, es una de las películas más largas de la historia —no en vano se trata de una serie televisiva distribuida como un largometraje dividido en dos partes en su momento—, al cineasta no le dio tiempo a contar cuanto quería contar allí de su propia historia, de modo que el origen de este texto es el mismo que el de aquellas secuencias: la memoria de su autor.

Por lo demás, cuando a partir de la página 19 de esta edición de Fulgencio Pimentel cambia el tiempo del verbo y del pretérito en que venimos pasamos a un presente, la novela comienza a parecer un guión. De hecho, en 1992 —dos años antes de su primera edición española—, ya conoció una adaptación cinematográfica debida a Daniel Bergman, el hijo del realizador. Todo queda en familia.

Ahora bien, aunque se pertenezca a una tradición cultural tan alejada de la gravedad luterana de Bergman como lo está el escepticismo de origen católico español de nuestros días, las películas del sueco destacaban entre las más vistas en la cartelera autóctona de los años 70. Así, Gritos y susurros (1972) y Secretos de un matrimonio (1973) permanecieron varias temporadas en las salas de Madrid. Sea cual sea su tradición, siempre es un placer acompañar a un gran autor en la creación de su universo afectivo. Ya digo, es como volver a Combray con Marcel Proust. En Bergman, la magdalena fueron las fotografías de La buena voluntad. Niños de domingo es la entrega dedicada a Pu, pieza, por lo tanto, clave en todo el ciclo genealógico del sueco, ya se presente bajo el formato de novela o de filme.

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Autor: Ingmar Bergman. Traductora: Mariana Torres. Título: Niños de domingo. Editorial: Fulgencio Pimentel. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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