[Imagen: Inés Valencia]
LOS TRECE ESCALONES, LXXI: TREINTA GOTAS
María Escalante nunca tuvo muchas luces, salvo si se trataba de incordiar a los demás. En San Julián estaban más que habituados a sus mañas, pero nadie logró definir mejor a tan incómoda vecina como Teresa, la boticaria.
—Es como la cortadera —sentenció una tarde, apostada tras el mostrador—. Viene de lejos, lo invade todo, estropea el paisaje y no sirve para nada.
La ocurrencia fue muy celebrada. Celia, la del Café, soltó uno de sus grititos, mitad risa, mitad relincho, poniéndose colorada al instante.
—Todo el mundo tiene algo bueno, aunque sea en el fondo… —intentó Don Víctor, sabiendo de antemano que la batalla estaba perdida.
—No, Padre, ojalá —rebatió Don Ramón, el maestro, sin despegar los ojos del periódico—. Hay gente que, sencillamente, tiene mala sangre.
—Más razón que un Santo —coincidió Celia—. Esa víbora es mala como un cuerno. ¿Se acuerda usted de cuando le dio el telele a Fidela Arranz, que estuvo a punto de estirar la pata, con perdón? Pues la Escalante le soltó al sobrino que así, al menos, heredaría. A Gracita la de Telva le espetó en pleno convite que parecía una vaca vestida de novia…
—Hace falta valor, con esa cara de paloma torcaz… —sentenció Rufino, el cartero, terminando de liar un cigarro y colocándoselo detrás de la oreja.
—… hora y media que se tiró la pobre chica llorando en el servicio —siguió Celia, incombustible—. Y eso no es nada, Padre. Cuando explotó el grisú en el Pozo Sarmiento la Escalante dijo que qué más nos daba, si todos los muertos eran polacos. ¡Y se reía!
—Asúmalo, Don Víctor, hay gente que es mala y disfruta con ello —aseveró Teresa, tendiéndole al sacerdote un frasco de fórmula magistral—. Y usted use el preparado al menos dos veces al día, o tres si le siguen picando los ojos. Eufrasia y manzanilla. Los vahos de eucalipto tampoco le irán mal, pero olvídese del rapé, que se pondrá peor.
—Ay, hija… —suspiró el paciente, palpándose los bolsillos en busca de su enésimo pañuelo limpio—. Para rapé estoy yo, con este dichoso constipado…
—Es fiebre del heno, Padre —corrigió Teresa, solícita.
—Fiebre de Satanás y de todos los demonios —espetó el anciano, arrancando otro balido a Celia y saliendo de la botica entre estornudos y repicar de campanillas.
—Pues dicen que las Escalante se tuvieron que volver de Argentina porque todo lo que ganó el abuelo allí se lo gastó el padre en fulanas —exclamó la del Café, contemplando las canitas de Juanolas con ojos golosos y ajena por completo a carraspeos y muecas—. La verdad, yo no me daría tantos humos…
—Tú no sabes ni quién fue tu padre, retardada —masculló una voz altanera, con un acento impreciso que poco tenía ya de porteño.
Celia se cuadró como si le hubieran clavado un alfiler. Roja como la grana, corrió hacia el mostrador tropezando con su propio paraguas, y a punto estuvo de volcar la balanza. Aturullada, agitó las Juanolas ante la cara de guasa y resignación de Teresa. Poco faltó para que la boticaria se animara a acompañarla con un villancico.
—Esto… dos cajas… ¡ay, madre, si no traigo un real! ¡Apúntamelo! Las dos… esta y esta… es que no… ¡el dinero!
—Ya me pagarás, Celia, tranquila —sonrió Teresa—. Que no nos vamos a pelear por una perrina, mujer…
Farfullando una disculpa, la del Café atravesó la droguería de dos zancadas, desapareciendo calle abajo como si la persiguiera una jauría.
—Qué niña más estúpida —masculló la Escalante, entrecerrando los ojos.
—¿Qué se te ofrece, María? —inquirió Teresa, gélida.
—No tengo prisa —dijo la recién llegada—. Atiende a estos señores.
Don Ramón y Rufino, acomodados en la mesa camilla del rincón, negaron.
—Los señores están atendidos —bromeó el cartero, dando un sorbo a la tisana.
—Fíjate, Teresa —comentó María, maliciosa—. Un par de mesas más y ya podrías hacerle la competencia a esa idiota de Celia. Hay que ver el empeño que tienen los hombres de este pueblo por venir a verte…
Tratándose de María Escalante, la insinuación resultaba incluso amable. Rufino y Teresa eran primos, y siempre se habían tenido un cariño sincero. Don Ramón, por su parte, no soportaba el barullo del Café, y sentía un genuino interés por la química y los avances de la farmacopea. Jamás había tenido con Teresa Ruiz otra cosa que amistad y respeto, y no imaginaba su vida con otra mujer que no fuera la suya.
—María, ¿querías algo? —repitió la boticaria, arqueando las cejas.
—Licor de Fowler —recitó la clienta, paladeando las palabras como si fueran pasteles.
—¿Otra vez? ¿Es que te ha salido de nuevo el eccema en las nalgas?
La Escalante apretó los labios, contrariada. Era flaca, pálida, con los ojos saltones y el pelo encrespado. Felipe, el de la tasca, decía que no había ni por dónde mirarla.
—“Ad Ephesios” —declamaba Don Ramón, pero sólo Teresa y el cura le entendían el chiste.
—No tengo ningún eccema, gracias —respondió María con dignidad—. Es anemia.
—¿Y la receta?
Un leve rubor coloreó las mejillas flácidas de la interpelada.
—No la tengo todavía.
—Pues vuelve cuando la tengas.
—No he tenido tiempo de ir hasta Suaño —replicó la enferma—. Don Anselmo me dará la receta cuando pueda ir a verle.
—Eso lo dirás tú. Don Anselmo tendrá que asegurarse primero de que tienes anemia —rebatió Teresa.
—¡Claro que tengo anemia! —porfió María—. La he tenido desde niña, ¿te crees que no reconozco los síntomas? Cansancio, falta de apetito, mareos, frío…
—Eso puede ser gripe, o incluso aburrimiento —declaró Don Ramón, buscando nombres conocidos en las necrológicas.
Rufino se atragantó de risa, pero la Escalante se hizo la sorda.
—Sabes muy bien que el Doctor siempre me receta ese tónico, Teresa —insistió, elevando la voz—. Son ya muchos años con este padecimiento. Don Anselmo me alaba el buen ojo que tengo para presentir cuándo me ha vuelto la anemia. Y hasta me agradece que me tome la solución por mi cuenta, porque así le ahorro las molestias.
—Virgen Santa, qué disparate… —masculló el maestro, esta vez mirando a la paciente sin disimulos—. ¿Un médico alabando a sus pacientes por jugar a adivinar sus males? Si fuera cierto, que no lo es, hablaríamos de un carnicero incompetente.
—Cosa que Don Anselmo no ha sido nunca —añadió Rufino.
—¿Me estáis llamando mentirosa? —berreó María, retadora.
—Ellos, no sé. Yo, sí —puntualizó Teresa—. ¿En qué botica, si puede saberse, han tenido el cuajo de despacharte arsenito de potasio sin receta, querida?
—¡Ahórrate ese tono conmigo, guapa! —bramó la Escalante, perdiendo la compostura—. ¿Vas a saber tú ahora más que un Doctor? Tú eres una… vendedora de jarabes. ¡Y, además, una ignorante! “¿Arsenito de potasio?” ¡Se dice “arsénico”, inculta!
—¡Ja! —exclamó Don Ramón, dando una palmada—. La madre que la parió…
—¡Y tú te callas, pelón arrogante! No pienso perder un minuto más con semejante gentuza. ¡Ya me atenderán en la droguería de Los Cantos!
—Suerte con eso… —le deseó Rufino, sonriendo con candor.
—No serán capaces —aseguró Teresa, tranquilizando el temor que leyó en la mirada del maestro.
—Eso espero —convino Don Ramón—. No todo el mundo sabe lo que es la ética.
—Os digo yo que a la burra esta al final se le irá la mano —vaticinó el cartero, casi esperanzado—. Le ha cogido vicio al potingue y, claro, entre el ansia y que se cree la más lista del pueblo…
—La ignorancia es atrevida —filosofó Don Ramón.
Teresa volvió a su interrumpida lista de tareas, meneando la cabeza. Alcanfor de Borneo, mentol, esencia de pino…
María Escalante nunca tuvo muchas luces, salvo si se trataba de incordiar a los demás. Para dicha tarea, empleaba todo su esfuerzo. Aquel invierno, sin embargo, no pudo emplearse a fondo en la inconfesable afición de atormentar. Empezó con náuseas, calambres, hormigueo en las manos y un sabor metálico en la boca. Siguió con vómitos y manchas en la piel. Teresa habría reconocido los síntomas de inmediato, pero la Escalante no volvió a poner los pies en la botica, ni en ninguna parte. Convencida de su infalible intuición, redobló la dosis de quince a treinta gotas, para combatir aquellos achaques inoportunos. Cuando en San Julián la echaron en falta, llevaba más de tres meses tiesa en la escalera de su casa.
—Como una momia —detalló Rufino, con más sorpresa que piedad—. Que Dios me lo perdone, pero nunca la vi más guapa.


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