No tuvo su residencia habitual Carmen Martín Gaite en El Boalo, pero es donde se conservan los objetos y los recuerdos que pueden dar cuenta hoy de su paso por el mundo. Todo cuanto constituyó el universo de su infancia en los predios salmantinos viajó con la familia en cuanto los progenitores decidieron construir en este pequeño pueblo de la sierra madrileña un lugar que fuera a la vez nido y refugio —sus trazas pretenden evocar las de los hórreos gallegos, en un homenaje explícito a aquel caserío extrañado de San Lourenzo de Piñor—, y cuando la escritora falleció también encontraron aquí acomodo el escritorio y los muebles y los libros que habían conformado el territorio mítico de aquel ático en Doctor Esquerdo 43, el bloque de viviendas ante cuyo portal me he detenido yo más de dos y de tres veces a leer la placa que recuerda a su vecina más ilustre.
En este primer domingo de febrero los caminos de El Boalo aparecen solitarios y atenazados por un frío propio de estas fechas invernales. El cielo luce una nubosidad consistente y grisácea de la que se va desprendiendo una lluvia fina que bien podría convertirse en nieve a las primeras de cambio y no se ve un alma en todo el pueblo. Aparcamos el coche al pie de la tapia que rodea la finca y nos acercamos a la portezuela que da al jardín, desde la que nace un sendero que llega hasta las puertas mismas de la mansión. Un correo electrónico nos aseguraba que habría una persona aguardándonos, pero faltan unos minutos para la hora convenida y aún no hay nadie. Sólo cuando dan las doce en punto se deja ver Patricia Caprile, que viene hacia nosotros con la sonrisa que mantendrá prendida a sus labios durante las dos horas que durará nuestra visita. No es España un país excesivamente magnánimo con la memoria de sus escritores, y por eso esta casa se parece por momentos a un oasis. Todo en ella está dispuesto con delicadeza, cuidado con exquisitez, sostenido con mimo. El mérito principal lo tiene Anita Martín Gaite, que hasta el final de sus días veló porque siguiesen refulgiendo en este lugar las luces de su estirpe. La historia que se conserva en El Boalo es el legado de una genealogía. Arranca con el traslado de don José, que consiguió una plaza de notario en Madrid tras fungir en Salamanca durante décadas, y concluye cuando tras el fallecimiento de Carmiña se erigió Anita en custodia de su memoria y levantó el torreón que hoy despunta para cobijar en sus dos plantas la biblioteca y los enseres de su hermana. La visita aúna esos léxicos familiares con las semánticas colectivas del siglo pasado, y la cicerone tan pronto se demora en el retrato de Unamuno que reposa sobre una mesita como señala el crucifijo desmesurado que preside lo que fue el lecho conyugal —un adorno inverosímil en aquellos padres, tan ateos y tan liberales que educaron a sus hijas con clases particulares para no meterlas en un colegio de monjas— o hace que nos conmovamos al contemplar el sillón en el que se sentaba el patriarca con sus dos hijas, cuando aún habitaban el piso de la Plaza de los Bandos, para contarles cuentos y distraerlas del horror que promovían los paseos y los fusilamientos con los que se cobraban los franquistas la revancha al otro lado de los visillos.
Anita cegó la planta superior después de que su sobrina Marta abandonara este mundo antes de tiempo y Carmen manifestase su intención de no volver jamás a esta casa en la que tanto había disfrutado aquella joven cuyo porvenir quedó abolido por el signo oscuro de su época. Pero al cabo de cinco años Carmiña dio por medio superado el luto, se replanteó el regreso y solicitó que en aquel piso de arriba se le dispusiera un apartamento en el que pudiera llevar una vida independiente de su hermana, a la que quería mucho pero con la que no debía de ser fácil compartir los días sin que surgiera alguna clase de disputa. Están en esa atalaya mínima —se construyó para acceder a ella una escalera que se inauguró con las informalidades más solemnes— la cama donde dormía, la cocina en la que hacía sus guisos y la vista de Toledo que le regaló su amigo Juan Benet, y estuvieron también los pósteres de Greta Garbo y James Dean, equilibrio y caos, que se exhiben ahora en lo más alto de la torre, frente al escritorio donde acaso se consignó lo raro que es vivir.
Salimos de la casa con la sensación de haber echado la mañana charlando con una amiga muy querida de la que llevábamos unos cuantos años sin saber gran cosa, y parece que hasta han ganado color las grisuras invernales del día. Patricia nos cuenta que tiene el sueño modesto de organizar allí, en el vestíbulo del apartamento, una pequeña librería por si los visitantes que se dejan caer por El Boalo quisieran llevarse como recuerdo alguna de las obras de Carmen, y que anda detrás de las editoriales o de las distribuidoras por ver si le dejan los ejemplares en depósito para que no se le desmanden los costes. Piensa uno que el cariño y la pasión con que se ocupa de mantener en pie este pequeño prodigio bien valen el detalle. A mí, desde luego, me da cosa irme de vacío, así que cuando salgo de la casa familiar de los Martín Gaite llevo bajo el brazo una edición de bolsillo de la novela que ganó el Nadal en 1957 y uno de esos cuadernitos pequeños de tapa dura que parece que no dan para nada, pero en los que a la hora de la verdad, y con un poco de suerte, cabe todo.


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