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‘Hamnet’: Shakespeare afligido

‘Hamnet’: Shakespeare afligido

En 1998, Joseph Fiennes encarnó en Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love) a una versión del famoso dramaturgo inglés que durante su época en Londres se enamoraba de una mujer, hecho que le inspiraba para escribir Romeo y Julieta. Fue una película amada por el público y mayormente desdeñada por la crítica, que para más inri ganó siete Oscars, entre ellos mejor película y guion. Hamnet vuelve a usar el motivo de un acontecimiento importante en la vida del Bardo de Stratford y su influencia en una famosísima otra teatral, en este caso, obviamente, Hamlet. La diferencia es que la comedia romántica de la primera película se transforma aquí en desgracia familiar, y además la Viola de Lesseps de Shakespeare enamorado no existió como tal, pero Hamnet sí: era el hijo del autor y murió a los 11 años de edad.

[Aviso de destripes con pluma y tintero en todo el texto]

La película está basada en la obra del mismo título de la novelista norirlandesa Maggie O’Farrell, que fue un best seller internacional, y que escribió inspirada por la idea de dar más importancia a la muerte de Hamnet y su efecto no solo sobre el autor literario más famoso de la historia sino sobre su madre, Ann (o Agnes) Hathaway. O’Farrell, además, tuvo encefalitis cuando tenía ocho años y su hija contrajo meningitis a los cuatro años, con lo cual conoce de primera mano la angustia que pueden provocar las enfermedades infantiles. Por si fuera poco, ¿cuándo se publicó el libro? En marzo de 2020. Lleva dos millones de ejemplares vendidos, ha sido traducido a cuarenta idiomas y ha ganado una catarata de premios.

Esta novela incluye los principales hechos conocidos sobre la familia, escasos en muchos aspectos, pero es ficción en lo demás. Presenta a Agnes (se decidió llamarla así, pronunciada “Añes”, para evitar confusiones con la actriz Ann Hathaway) como una mujer de espíritu libre que, como es herbalista, es tratada con desconfianza por sus vecinos, e incluso se rumorea que puede ser una bruja, como se decía de su madre. Entre estos vecinos están los Shakespeare, cuyo cabeza de familia es un fabricante de guantes y objetos relacionados que debería tener un mejor estatus social, pero que se ve acosado por las deudas. Tanto, que su hijo, que le ha salido aficionado a los libros, para disgusto suyo, trabaja, sin buenos resultados, como profesor de lenguas clásicas. Cuando Will y Agnes se conocen el romance es fulgurante, y cuando ella queda embarazada los dos pasan por encima de todo y de todos para salir adelante. La pasión entre ambos, simbolizada por el halcón de ella y el guante de cetrería de él, y los roces cuando los hay, es una de las mejores cosas de la película, con los irlandeses Paul Mescal y Jessie Buckley estupendos en sus actuaciones. William, como hizo Alejandro Amenábar en El cautivo, y mucho antes Sherezade, por ejemplo, cautiva a Agnes contándole una historia, en este caso el mito ya existente de Orfeo y Eurídice. Ella reacciona impresionada, llamándolo una “gran historia”, aunque estaría bien saber por qué se lo parece. ¿Es porque contiene una azarosa tragedia, que casaría con la imagen de bruja de ella y de su madre? ¿O es quizá la personalidad de Orfeo, mostrando su extrema preocupación por su amada hasta el punto de que prefiere violar su pacto de no volver la cabeza para mirarla, quien la atrae con tal gesto?

Buckley es graduada de la prestigiosa RADA (Royal Academy of Dramatic Art) de Londres, y ya hizo de Miranda en La tempestad, la última obra de Shakespeare, y también de Julieta. Es una de las participantes, además, en el documental de la BBC Rise of a Genius, y también ha sido ya María Bolkonskaya en Guerra y paz, la novia de Frankenstein y una de las sufridoras de la tragedia de Chernobyl. Es la actriz de prestigio, calidad e intensidad del momento. Dirigida por Chloé Zhao, ganadora ya del Oscar a mejor directora por Nomadland, Buckley interpreta a una Agnes en una comunión muy especial con la naturaleza, yendo a parir sola entre las raíces de un árbol, ante la alarma de su hermano y de William. En su segundo parto, de gemelos, se la retiene en casa contra su voluntad para hacerle dar a luz de forma convencional, bajo techo y con una partera, y las cosas no salen como debieran. Humanizando un poco lo antipáticos que nos pueden parecer los padres de William, se nos recuerda que ya pasaron ellos mismo por perder criaturas antes de tiempo, y la madre exhorta a nunca olvidarlo, incluso cuando ya parezca que han logrado sobrevivir a la difícil infancia del siglo XVI. La convicción de Agnes en la importancia de la autenticidad en la manera de ser de cada uno la lleva a defender ante su hermano a William y sus ausencias, porque el talento que él tiene queda encorsetado por el provinciano pueblo de Stratford, que está a tres días de viaje de Londres, lo cual no es mucho para volver cuando algo sea importante, pero sí para hacerlo continuadamente. Esta defensa, sin embargo, se tornará reproche amargo cuando Hamnet muera y Agnes pregunte a William que dónde estaba en lugar de con su familia. Y la mejor manera que él encuentra de redimirse es convertir a Hamnet en Hamlet (la película empieza diciendo que los dos nombres se usaban indistintamente en la época) y colocarse él mismo en la representación del estreno como el fantasma del padre, que al principio acosa a su familia con su peso desde la tumba y luego desaparece, señalando la inevitable superación de la desgracia. Agnes, que hasta entonces nunca había ido a Londres a presenciar exactamente el efecto de lo que hacía su marido, asiste así de manera privilegiada a una representación para la historia que se lo hace comprender sin ningún lugar a dudas, aunque al principio está muy ofendida, pasando de un “¿para estas tonterías usas a nuestro hijo?” a un “ahora por fin lo entiendo todo”. Y es que claro, si eres William Shakespeare la humanidad entera te puede perdonar que pasaras tanto tiempo fuera de casa, y que incluso utilizaras tus cuitas familiares para atizar el fogón de tu inspiración, pero a los demás probablemente no nos cuele tan fácilmente el pasar demasiado tiempo en la oficina.

(Inciso relacionado en parte: Brian May, el guitarrista de Queen, ha contado cómo su padre, que le hizo a mano su primera guitarra, consideraba después que su hijo estaba desperdiciando su vida con cancioncitas de rock entre melenas y trajes raros por el mundo alante, mientras dejaba su prometedora carrera universitaria a un lado. May solo fue capaz de hacerle ver exactamente cómo se sentía invitándolo a un concierto en Estados Unidos, donde la comunión del entregado público con el grupo lo convenció por completo: “Ahora lo veo, ahora por fin lo entiendo”. Toda una gran estrella del rock se emociona todavía contándolo décadas más tarde)

Mescal, conocido sobre todo por Gladiator II, también ha trabajado mucho en teatro, habiendo hecho ya papeles de la importancia de Jay Gatsby en El Gran ídem, Demetrio en Sueño de una noche de verano, Stephen Dedalus en Retrato del artista adolescente, de Joyce, y Stanley Kowalski en Un tranvía llamado deseo. Su rol aquí en principio es el de ser secundario ante su hijo y su esposa, cuando en otras ocasiones es él quien se lleva la fama, pero logra transmitir lo que es un artista convencido, consciente de que todo llega tras duro trabajo y horas ante las velas y exigiendo a los actores, pero sin por ello tampoco convertirlo en un basilisco repelente. Para él, desde luego, todo el mundo es un escenario, y todas las personas pueden ser personajes.

Hamnet, por su parte, tiene el tiempo justo de aparecer en pantalla lo suficiente para dejar su impresión. Rubio y de ojos azules, está interpretado por Jacobi Jupe, hijo y hermano de actores, con padre director y nombre probablemente puesto en homenaje a Derek Jacobi, uno de los grandes del teatro británico de todos los tiempos. Junto a su gemela, Judith, producto de aquel dificultoso parto casi contra natura antes mencionado, juega a cambiarse las ropas de chico y chica, y aunque no engañan a nadie, la familia se divierte haciendo parecer que sí lo consiguen, y recordemos que en el teatro inglés de la época eran actores masculinos quienes hacían los papeles femeninos. Los dos, unidos a su hermana mayor, Susanna, interpretan a las tres brujas de Macbeth (elección nada casual) haciendo las delicias de sus padres. Hamnet, como único varón, tiene una relación más apegada a su padre, que ya es famoso y exitoso, y a pesar de lo mal que lo pasa con sus ausencias, se lo ve deseoso de algún día ir a Londres a ser un player de los que dan espadazos sobre el escenario, como hace en los juegos con su padre. ¿Y cómo acaba Hamlet, recordemos? Precisamente con una famosísima y extensa escena de duelo a espadas.

La forma en que se cuenta la muerte de Hamnet enlaza varios motivos que han ido apareciendo hasta entonces en la película: el halcón de Agnes murió y fue enterrado en una ceremonia privada durante la que piden un deseo al espíritu del ave. En Londres, William ve un espectáculo de marionetas en el que la peste lleva a la gente a la muerte, y al mismo tiempo Judith enferma de lo mismo. Hamnet recuerda al halcón, intentando dar ánimos a su gemela, llegando a desear caer enfermo él y tomar el lugar de ella, cosa que acaba ocurriendo. A las puertas de la muerte, el halcón reaparece y Hamnet tiene una visión en la que llama a su madre desde el escenario. Esto, y la predicción de Agnes de que Hamnet triunfará sobre las tablas, se hace realidad, sí, pero de una manera indirecta y trágica, como en las clásicas obras griegas: será William, haciendo del fantasma, quien contacte con ella espiritualmente, y después, físicamente, el actor que interpreta a Hamlet, como había hecho ella con William cuando se conocieron, y a través de ella todo el público. Así, bajo el nombre de Hamlet, será verdad que la fama de su hijo vivirá en triunfo para siempre. Cerrando el círculo, el hueco de la puerta en el escenario por donde entran los personajes se acaba pareciendo al de la cueva en el bosque donde Agnes había ido a dar a luz y a enterrar al halcón, y que William había mirado alguna vez, quizá sin comprender del todo lo que significaba. Agnes sonríe y luego ríe, hallando por fin algún tipo de alivio, o incluso gozo, dentro, o mejor después, de la desgracia. Para eso, entre otras cosas, puede servir el arte.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

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Gonzalo Casanova
Gonzalo Casanova
11 ddís hace

HAMNET/HAMLET
Hemos tenido (disfrutado) en nuestras salas de cine, casi seguidas, El Cautivo y Hamnet, sobre D. Miguel y D. Guillermo. La coincidencia me incita a realizar con la segunda el mismo tipo de faena (no taurina, sino reseñadora) que con la primera: redactar un texto con muy pocas lecturas de artículos y de documentación en general. Una vez más, se pretende la imparcialidad del espectador, en este caso escribidor, para alejarse (por el momento) de todas las polémicas (aquí la de Amenábar ante todo).
Si aseveraba en mi texto anterior que el alcalaíno es ante todo y sobre todo el Narrador, El Bardo del Avon es el Dramaturgo; no, no son géneros literarios parejos, lo cual permite que cada uno reine sin igual en su feudo.
Nuestro novelista es descrito (dejemos a un lado lo de la homosexualidad) en El Cautivo como un fenomenal constructor de historias, para entretener a los otros prisioneros, ¡y para salvar el pellejo! Por contra, las circunstancias no son tan extremas con Shakespeare, puesto que compone piezas teatrales para ganarse la vida; ésta no peligra como la del Otro, en Berbería.
De acuerdo, en la cinta se sobreentiende que ello le gusta, que existe cierta vocación, aparte de ser quien gana el pan en su familia. Pero sí, en principio se trataría esencialmente sólo de una profesión. Ciertamente no una situación desesperada, existencial, de vida o muerte, como en Argel. Así pues tenemos que preguntarnos de dónde surge tanta tragedia: Romeo y Julieta, Macbeth, Otelo, El Rey Lear, ¡y Hamlet claro!
Aquí intervienen Chloè y Maggie, explicando que Will sí sufrió una enorme pérdida: la muerte de su único hijo varón Hamnet. Ello sería fuente de directa de inspiración/conmoción para su mayor logro; incluso se podría colegir que esa fatalidad le sensibilizó para escribir tan hondas, inmortales, piezas.
El planteamiento que ofrece nuestro producto tiene gancho, y desde luego no deja indiferente a los de la sala de cine. No es un largometraje de gran calidad técnica, y en ello El Cautivo lo supera, con esa cámara de hábil desplazamiento, y esos estéticos encuadres. Puede parecer inverosímil que una producción celtíbera tenga mejor acabado/calidad en las imágenes que otra de Hollywood (Spielberg es coproductor), pero es tal cual. Incluso el guión del español es más elaborado, complejo, con más giros y vueltas, imprevistos. ¡Ah!, pero en el territorio del stratfordiano el objetivo es el pálpito dramático.
Hamnet tiene una trama relativamente sencilla, unidireccional; pero consigue emocionarnos (al menos a muchos de nosotros). Mescal está correcto, adecuado, pero Jessie está monumental; ella es gran parte del largometraje, lo cual empequeñece más a su compañero. Por cierto, ambos son irlandeses, no ingleses, ¡John Ford estaría satisfecho! Los secundarios están muy aceptables; hay que destacar la elección del niño que interpreta a Hamnet, que exuda pura bondad y trazos angelicales. Su muerte es por ello más sobrecogedora; y la reacción ante ella de nuestra actriz es de muchos quilates: te acongoja con su interpretación, ¡que no parece tal! Uno de las (dos) grandes secuencias que hay, de hecho la cámara magmática para el volcán de frenesí: como en una tragedia griega.
El gran amor entre los mellizos, Judith y Hamnet, que arrastra a éste a sacrificarse por ella está muy bien manifestado, con frases ¡y planos! Lo de engañar a la muerte, por el parecido físico, podría recordar un serial radiofónico, ¡pero no!; por la habilidad de Zhao y O’Farrell con los diálogos, y la primera en la dirección de los actores. En fin, unas escenas potentes emocionalmente, intentando seguir la estela de otras, las de El cisne del Avon.
Se supone que ese trauma es lo que da energía y visión al inglés para escribir su gran obra. Es una idea que funciona muy bien, con Agnes (¿Anne?) entregada del todo ante el talento (que no conocía bien) de su cónyuge, al igual que todos los espectadores de El Globo. Ése es el otro gran momento (volcán de arrebatos) de la película, muy bien gestionado por la directora, con ese público apabullado, roto y conmovido ante el desgarro del príncipe danés; esto en paralelo con el de nuestra protagonista. En fin, todo muy bien trabado.
Se me ha quedado bien prendido en la mente desde que lo leí que El Vate se reservaba el papel del espectro del padre de Hamlet. Pues bien, de nuevo diana; ello es lo que patentiza ante su esposa (y todos nosotros) que él sí sufrió muchísimo, que hay incluso remordimiento por no haber estado allí. Para mí esta su elección de personaje en la tragedia es el núcleo del asunto (casi tesis), que tira del hilo de la historia y del tormento del escritor: Ser o no ser; casi angustia existencial, danesa (Kierkegaard).
En fin, es lástima que tanta habilidad escrituraria no se complementa con otra pictórica & estricta técnica cinematográfica. He descubierto que Hamnet se representa en los teatros, y estoy seguro de que funciona estupendamente. Algún crítico negativo afirmaría que es sólo eso, una pieza filmada; pero no, es bastante más. Para empezar recordar que en los escenarios no hay primer plano, y aquí no sólo tenemos bustos parlantes. A pesar de todo no puedo darle nota de excelente ya que opino que el cine es: Un medio visual, con uso expresivo del sonido, donde los diálogos ocupan un lugar secundario o terciario (Denis Villeneuve). Efectivamente, yo mismo soy seguidor de la perspectiva Gregg Toland respecto al séptimo arte.
Aquí quiero emplear un poco de agua fría, ante tanta sensación fuerte, por parte de la madre doliente, y de todos nosotros, en la audiencia. Por mi lado juzgo Hamnet mucho más próxima a una obra de Shakespeare que a un culebrón (aunque sensibilidades y gustos varían de unos a otros sin duda); en esto respecto no sólo la apruebo, sino que aquí sí le doy muy buena calificación.
Si miramos los escenarios/localizaciones/épocas de las piezas del británico, encontramos una lista enorme: Dinamarca, Verona, Venecia, Sicilia, Florencia, las antiguas Alejandría, Tebas, Tarso, Antioquía, Éfeso, Atenas, Roma; Escocia & Francia medievales, muchos lugares en Inglaterra, Bohemia (¡con costa!), Navarra, Viena…
En fin, ¡vaya imaginación la de D. Guillermo!; ¡y creatividad!, porque es el mayor literato de la Historia (con permiso de El Príncipe de los Ingenios). Eso es que lo que poseía este autor, que no necesitó viajar a todos esos lugares, ni poseer conocimientos enciclopédicos de psicología e Historia para “recrear” todas esas ciudades & personajes. En gran medida son resultado de su facultad de inventar, i. e. de su talento para fabular.
No es preciso haber tenido una vida plena de viajes y aventuras para ser un gran escritor, y ejemplos hay; la cantidad de experiencias, peripecias, riesgos, tensiones, aflicciones, desgarros psicológicos o disfrutes mayestáticos… no es proporcional a la capacidad para redactar, ¡ni siquiera la garantiza!
Un novelista, poeta o autor de teatro debe poseer ante todo intuición, inventiva, ¡magín!, aunque su existencia cotidiana sea anodina. Y primordialmente debe dominar la lengua, tener esa chispa especial para conseguir las mejores combinaciones de sustantivos, adjetivos, pronombres, verbos, adverbios, preposiciones…, que consigan elevar los espíritus de quienes los leen.
¿Necesitó Will sufrir la tremenda desgracia de la pérdida de Hamnet para transmutarse en el Vate del Avon? Mi apuesta es que no, porque la causa de su éxito fue su pericia, sin paralelo, con el lenguaje.
Después de tanto H2O gélido…, ese buen “oficio” con las palabras puede generar a veces sólo frialdad expositiva, algo como indiferencia. En esos impecables (lingüísticamente) recitados de nuestro trágico (que tanto nos gusta declamar) hay también mucha pasión; no encontramos sólo malabarismo con los términos ingleses.
Ella es sólo Agnes (nunca se la denomina Anne Hathaway), y el nombre de él sólo se pronuncia al casi al final: Buscamos a William Shakespeare. Somos su familia de Stratford. ¡Por fin lo han dicho!; estuve esperando toda la proyección a que lo hicieran. De no ser porque al principio recita el texto de Romeo ante el balcón de Julieta, hasta uno podría dudar de que se trata de Él; bueno, y su dedicación al teatro desde luego lo descubre. Otro acierto en la redacción, y lo de: ¿Cómo el hombre con la casa más grande de Stratford vive en esta buhardilla! Igualmente lo es (y de la directora) el público de El Globo, situado muy cerca del escenario, vibrando, consolando a Hamlet (el actor, no Hamnet), y derrumbándose psíquicamente ante su muerte.
Yo diría que la película (guión) pretende ser fiel al espíritu, a las tragedias, de El Bardo. Pero sigo en mis trece de que lo que hizo a Éste no fueron las congojas & calamidades, sino las aptitudes en el manejo del habla de la Antigua Albión. Al comienzo se describe a nuestro hombre como preceptor de latín, ¿hay datos observacionales que lo confirmen?; no importa, es muy buen idea/caracterización. Ello revela al Escritor.
“Buscamos a William Shakespeare”; ¡Ecce Homo! Helo aquí, para todo El Globo (teatro), para todo el orbe: el gran teatro del mundo, el magnífico arte de escribir. Maese William, Maese Miguel…