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Lorenzo Luengo: “Artaud y Nabokov me producen una especie de caricia medular continuada”

Lorenzo Luengo: “Artaud y Nabokov me producen una especie de caricia medular continuada”

El don tenebroso (Renacimiento) trata de las visiones fabulosas que artistas y poetas trajeron del Oriente geográfico, pero también de las visiones tenebrosas que encontraron en un Oriente mental; de Byron y Shelley; de los fantasmas de Diodati y los que persiguieron por la Europa posnapoleónica a los poetas románticos; de Nerval, de Breton, de Artaud, de simbolistas y de vanguardistas, de Escuelas de Satán y Ligas del Incesto; de lugares embrujados y retratos hechizados; de hoteles y de álbumes de viaje; de esa extraña Carcosa en la que nacen nuestros sueños y de todos aquellos genios de otro mundo (Goethe, Klopstock, Fuseli, Balthus…) que nos trajeron de allí sus pesadillas. Y trata, naturalmente, de su autor, un oscuro profesor francés de literatura inglesa que, en busca de un amor desaparecido, recorre cartas, diarios íntimos, paisajes serenos y tempestuosos, fotografías y retratos de época perdidos en un siglo de encantamientos, tratando de dar con esa puerta que comunica la muerte con la vida, la vida con el arte, la ficción con el (quizá mal llamado) mundo real.

A continuación, Lorenzo Luengo responde al cuestionario de Zenda.

*****

—¿Qué libro, película, serie, disco y obra de arte salvaría en un diluvio o un incendio?

—Si nos atenemos a la historia conocida, de un diluvio poco podríamos salvar. De un incendio, si es para salvar una obra maestra y estoy en un museo, la que encuentre más cerca de la salida.

—Puestos a salvar, elija una actriz, un actor, un personaje histórico y un político actual.

—Está la cosa como para salvar políticos…

—¿Qué aventura real o literaria le gustaría haber vivido?

—Toda la aventura de Perceval le Gallois. Pero más me gustaría ser Gauvain y enamorar a la Doncella de las Mangas Pequeñas. Es un nombre encantador, Doncella de las Mangas Pequeñas. Cualquier doncellita con ese nombre merece que uno muera por su amor.

—¿Y qué recuerdo personal le gustaría que jamás se perdiera en el tiempo, como lágrimas en la lluvia?

—Ningún recuerdo se pierde. Pero si digo dónde van me tomarían por loco.

—¿Cuál es su primer recuerdo lector?

—Yo leyendo al revés el periódico de mi padre.

—¿Cuál es el último libro que ha leído?

—Más bien releído. La amante invisible, de Elémire Zolla.

—¿Puede recomendar un libro clásico?

—Las Memorias de Ultratumba, de Chateaubriand.

—¿Y uno actual?

—Pues también las Memorias de Ultratumba. Pocas cosas tan actuales como ese libro.

—¿Qué libro no ha podido acabar?

—Algunos, pero el que siempre me dolerá no haber podido acabar es uno que desde niño y hasta que cumplí más o menos treinta años leía por capítulos, en un sueño recurrente.

—¿Puede recitar de memoria un poema?

—Sí, claro.

—¿Cuál es la canción más hermosa del mundo?

—El grito de los tiranos al morir.

—¿Puede decirnos una heroína y un héroe —literarios o cinematográficos— imprescindibles?

—Dafnis y Cloe, rescatados de los bosques de Lesbos por un antepasado mío.

—¿Y un personaje malvado que le fascine?

—¡Javert!

—¿Tiene una editorial y una librería preferidas?

—Adelphi, como todo el mundo.

—¿Cuántos libros hay en su biblioteca? ¿Qué porcentaje, aproximadamente, ha leído?

—No tengo ni idea, miles, pero a saber. Quizá haya leído la mitad. Al final todos esperan su momento.

—¿Con qué libro se ha emocionado más? ¿Ha llorado tras la lectura de alguno?

—Vistas desde fuera mis reacciones pueden parecer bastante anodinas cuando leo un libro: abrir un poco la boca y buscar el cielo. Hablo de reacciones estéticas, que son las únicas que conozco. Pero cuando eso ocurre hay algo dentro de mí que se parece a un amanecer.

—¿Se ha excitado alguna vez leyendo? Si es así, ¿con qué libro?

—Sí, pero me remito a la respuesta anterior. Artaud y Nabokov, por poner dos ejemplos, me producen una especie de caricia medular continuada. En cambio, a Trakl y a Rilke, por poner otros dos ejemplos, les gusta pillarme por sorpresa. Hace poco me pasó algo parecido con un poema de la juventud de Lorca. Me quedé pasmado al encontrarme ante la palabra “emocionante” donde menos la esperaba.

—¿Cuál es el rasgo principal de su carácter?

—Nunca me he parado a pensarlo.

—¿Y su principal defecto?

—Igual eso: ignorarlo todo sobre mi carácter.

—¿Qué aprecia más de sus amigos?

—Supongo que les aprecio por cosas que no tienen nada que ver con el hecho de que sean mis amigos.

—¿Cuál es su ocupación preferida?

—La que pida el momento.

—¿Y su sueño de felicidad?

—Con soñar me basta.

—¿Cuál es el estado actual de su espíritu?

—Volviendo a las cosas por las que a uno lo tomarían por loco, mi espíritu no es mío. La pregunta complicada de responder sería más bien esta: cuál es el estado actual de mi conciencia respecto a ese espíritu.

—¿Qué detesta más?

—Cualquiera de las cosas que sólo se pueden solucionar con lo que lleva a la respuesta 11.

—¿Qué faltas le inspiran la mayor indulgencia?

—Las faltas de ortografía.

—Ojalá que no tenga que ir nunca a una isla desierta, pero si así fuera, ¿qué libro se llevaría?

—¿Por qué “ojalá”?

—¿Y a qué persona?

—Pero entonces eso ya sería un vecindario…

—Si todas sus respuestas han sido sinceras, diga ahora una mentira.

—Un cuestionario como este sería infinitamente más interesante si se transcribiesen las respuestas y sólo cuestionador y cuestionado conociesen las preguntas. Lo digo de verdad, no es ninguna mentira. Pero ahora nadie me creerá.

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Autor: Lorenzo Luengo. Título: El don tenebroso. Editorial: Renacimiento. Venta: Todostuslibros.   

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