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15 de abril de 1936: Discusión entre Pepe Mañas y su padre

15 de abril de 1936: Discusión entre Pepe Mañas y su padre

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 15 de abril de 1936: Discusión entre Pepe Mañas y su padre

Padre, le ruego que cambiemos de tema. Ya sabe que no me gusta discutir con usted de política.

Pepe Mañas había salido a buscar a su padre, Luis Mañas. Se lo encontró arremangado en la parte trasera de la finca donde tenían la tienda de ultramarinos. Plantaba unas lechugas en la pequeña huerta junto a la que pastaban sus dos caballos, Habana y Moreno. La tierra estaba húmeda. No era una huerta grande, pero daba para la familia —tomates, lechugas, pimientos, alguna calabaza— y, sobre todo, le ocupaba las horas.

Padre hoy le dedicaba el día, dejando que su mujer y sus sobrinas se ocupasen de la tienda. Y después de lo que le habían contado la víspera en el bar, tras su cotidiano paseo a caballo por los lindes de Carabanchel, llevaba toda la tarde dándole vueltas en la cabeza.

—Es que no hay nada que discutir, Pepe. A este pobre hombre la gentuza de izquierdas lo asesinó por la espalda. Solo porque los mandó callar cuando abucheaban a la Guardia Civil después del petardazo. Los chistó. Como los hubiera chistado yo o cualquier persona de orden que se precie. Cualquier persona decente, a secas. En cuanto se da la vuelta, le descerrajan un tiro a traición. A un hombre que ni siquiera está de servicio. Era un militar, Pepe. ¡Como yo!

"A Pepe le hubiera gustado hacerle ver que esa visión romántica de los militares como salvadores de una patria a la que los políticos llevan al abismo tenía su parte de razón y su parte de absurdo"

En los últimos tiempos, a Luis Mañas le salía la vena reaccionaria. Cada vez le costaba más entender lo que pasaba. Ver a sus radicales de siempre fuera del Parlamento le había afectado mucho. Era como si su generación hubiera quedado sin sitio, sin voz, sin representación. Se sentía huérfano. Lo ocurrido desde las elecciones lo desilusionaba por completo de la política.

A Pepe le hubiera gustado hacerle ver que esa visión romántica de los militares como salvadores de una patria a la que los políticos llevan al abismo tenía su parte de razón y su parte de absurdo. Y es que entre los civiles contribuyentes y quienes cobraban por defenderlos había un pacto claro: se armaba a los militares para defender la patria, pero a cambio de que se mantuviesen al margen de la política, por razones obvias. Todo gobierno militar era una forma de tiranía. Y sin embargo, uno de los problemas de la institución era que el único cometido que le iba quedando era mantener el orden público.

—Padre, insisto en que en estos momentos…

—No sigas por ahí, Pepe. No me vas a convencer. La actuación del Gobierno del Frente Popular ha sido lamentable, aberrante. Han ordenado un entierro del asesinado en la intimidad familiar. La Dirección General de la Guardia Civil omite en la esquela el lugar y la hora del entierro. Ha omitido hasta que era alférez —¡como si hubiese que avergonzarse de ello!— y que ha sido asesinado por pistoleros. Aun así, sus compañeros le van a dar los honores que merece un militar asesinado en el cumplimiento del deber. Y estoy de acuerdo. Sé que asistirá mucha gente. A poco que se tercie, pienso presentarme allí con tu tío y con algún compañero militar…

—¡Luis! ¡Pepe! ¡Es hora de cenar!

—¡Ya vamos, Mariana, ya vamos! —murmuró Luis Mañas. Se puso en pie. Se limpió el sudor de la frente. Soltó la azada—. Pero ahora, con tu madre, ni una palabra de lo que te digo del entierro. No quiero que se preocupe, ¿de acuerdo?

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