Ocurrió en Sevilla, un 15 de agosto de 1936, cuando la ciudad se disponía a celebrar a su patrona. Dos militares golpistas decidieron cambiar la bandera republicana por la bicolor, que a partir de ese momento se convirtió en la oficial de la España sublevada. Queipo de Llano no tragaba a Franco, y el futuro caudillo odiaba a su compañero de armas con el mismo entusiasmo. Dos enemigos en el mismo lado del tablero, y de esa lucha entre ambos pendía la vida de otro hombre, el general Campins, el militar que decidió ser fiel a la República y no sumarse a los rebeldes, un Chaves Nogales con espada, al que repudiaron los hunos y ejecutaron los hotros. De este hombre encomiable, uno de los grandes héroes de la historia militar española, escribe Lorenzo Silva en su última novela, Con nadie (Destino); y lo hace con el trazo firme y el pulso ecuánime. Pocos libros nos muestran la guerra con tanta claridad; no son muchos los autores que han conseguido retratarnos de forma tan nítida.
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—A Miguel Campins no le reivindicó ningún bando. Eso dice mucho de él.
—Efectivamente, los vencedores lo fusilaron por rebelde —¡chúpate esa!— y la República lo expulsó del ejército por sedicioso —¡chúpate esa también!—. Lo primero que hizo cuando lo llamó el golpista fue avisar por teléfono a su jefe en el ministerio; le tenían pinchado el teléfono, y naturalmente eso quedó registrado.
—¿Cómo se interesó por la historia de este militar?
—La historia me buscó a mí. No quiero parecer esotérico, pero tengo la sensación de que, a medida que va avanzando la vida de un novelista —al principio tú buscas mucho y no encuentras—, las historias te buscan y te encuentran. Una novela lleva mucho tiempo y muchísima energía. Campins llegó a mí hace casi diez años, a la salida de una mesa redonda sobre la Guerra Civil, en la que hablé de mi novela Recordarán tu nombre, cuando se me acercó un lector. Este hombre me comentó que era el nieto del general Campins y me preguntó si sabía quién era. Le dije que estaba mencionado en la novela como uno de los jefes del desembarco de Alhucemas. También conocía su pasado como segundo de Franco en la academia general, que al comienzo de la guerra estaba en Granada y que lo fusilaron. A continuación me propuso ahondar en la vida de su abuelo para una novela. No le dije que no, pero en ese momento tenía tres libros en la cabeza. Nos dejamos los teléfonos y los correos electrónicos, y le advertí de que no sabía cuánto tiempo tardaría en meterme con ese proyecto. En cuanto rasqué un poco, me di cuenta de que ahí había una novela, pero uno no puede escribir todas las historias interesantes que hay en el mundo. Pero hay historias que interpelan, y esas son las novelas que tienes que escribir. A mí de Campins me atrajo su condición de viajero durante ese primer tercio del siglo XX. Mario Vargas Llosa se preguntó cuándo se jodió el Perú; cuándo se jodió España está claro: en Marruecos. Campins vivió todo eso con mucha intensidad, llevando además una vida paralela a la de Franco. Este hombre combatió en primera línea, como infante, artillero, jinete, aviador… No conozco a nadie así.
—Campins fue el supersoldado español.
—Pero es que además sigue siendo a día de hoy la inspiración en la formación de los oficiales españoles. Suyo es el ideario que siguen aprendiendo los cadetes en 2026. En unas semanas voy a ir a un acto en la Academia y me encontraré con un montón de chavales que se habrán aprendido el decálogo del cadete que escribió Campins. Este personaje tuvo un dilema vital tremendo en julio de 1936 y luego un destino tan trágico. Alguien me ha preguntado qué me he inventado de su vida en la novela, y no me he inventado nada. La de Campins es una historia mezcla de Kipling, drama personal y thriller político y judicial. Este hombre aterriza en un lugar lleno de traidores y empieza a jugar su suerte sin saber que está condenado. El consejo de guerra que le hicieron daría para una película. Su vida daría para una película. La escena de Senderos de gloria cuando Kirk Douglas recorre la trinchera donde están sus hombres y él es el primero en lanzarse al ataque la repitió Campins media docena de veces.
—Aranguren —protagonista de su novela Recordarán tu nombre (Destino, 2017), que ha mencionado antes— y Campins actúan de forma similar. Los dos se enfrentan al mismo dilema, casi shakespeariano: ser fieles a la República o unirse a los sublevados. Franco tuvo una actitud diferente con sus dos amigos.
—Ese dilema que se plantearon estos hombres no lo tuvieron los vencedores en general. En el caso de Aranguren y Campins el dilema es el mismo: la palabra dada. Los dos habían dado palabra de lealtad al gobierno republicano, a la República y la legalidad. Y esa palabra dada para ellos tenía un peso moral. Hay que pensar también que ambos eran hombres creyentes, que pensaban que ese compromiso moral no sólo tenía una dimensión terrenal, sino también trascendente: un hombre que faltaba a su palabra estaba exponiendo su alma en el más allá. A esa palabra dada no se podía faltar alegremente. En un momento determinado, en un estado de necesidad, puedes infringir un deber moral. Todos sabemos que no hay que matar a nadie, pero si en un momento dado hay una persona que está amenazando tu vida, o la de una persona a la que quieres, y la única solución es matarlo, lo harás por necesidad. Uno se puede ver en la necesidad de faltar a su palabra si se va a preservar un bien mayor. Aranguren y Campins llegaron a la conclusión de que no había ese bien mayor. La legalidad republicana no se había descompuesto hasta el extremo de no dejarles otra salida que faltar a su palabra. No era un gobierno ideal, ninguno lo es, pero ese no era un gobierno de insensatos, ni de radicales; no había un marxista en él. Aquel era un gobierno de izquierda republicana, similar al de cualquier familia del PP actual. Había desórdenes y atentados, pero se investigaban. Había peticiones de repartir armas por las milicias, pero no se hizo. Sin embargo, Queipo de Llano, Mola y Franco estaban conspirando desde hacía meses. Todos ellos tenían la ambición de ser más de lo que eran: no se contentaban con el lugar que una sociedad avanzada del siglo XX tenía para los militares. No estamos hablando de la Roma imperial y de la Grecia ateniense, donde la política y la milicia se confundían, sino de la Europa occidental del siglo XX; y en ese tiempo el lugar del militar no es gobernar la sociedad. Campins era plenamente consciente de ello, pero Mola, Franco y Queipo de Llano no. Ahí está la diferencia. Cuando analizas las biografías de Aranguren y Campins —el uno en la Guardia Civil y el otro en el ejército—, compruebas que no tuvieron ninguna ambición fuera del servicio, mientras que los otros siempre quisieron ser mucho más de lo que eran.
—Hay un detalle sobre Franco recogido en su obra que es muy esclarecedor de su personalidad: él no devuelve el saludo a sus subordinados.
—Esta historia se la debo a mi abuelo. En Recordarán tu nombre sí que hay un poco de autoficción; en esta novela no. No me gusta volver a arar el surco que ya he arado. Creo que uno tiene que intentar hacer cosas nuevas. Entonces aquí quise hacer una novela en la que yo no estuviera en absoluto, y la única vez que aparezco directamente es cuando menciono a ese sargento Lorenzo Silva Molina, que combatió con Franco en el desembarco de Alcázar Seguer, un ensayo del de Alhucemas. Por lo visto, el tercio no tenía suficientes ametralladoras y le tocó acompañarlo a una sección de un regimiento normal, en la cual estaba mi abuelo en ese momento después de pasar por un batallón de cazadores. Mi abuelo nos contó ese detalle de Franco; y, como decía Stendhal, en los detalles está la verdad. Mi abuelo no era un hombre que hablara de más; costaba mucho que lo hiciera de la guerra, había que arrancarle las palabras con un sacacorchos. Esto sí que nos lo contó. Esa operación fue pequeña y él se cruzó con Franco. También tuvo proximidad con Goded y Castro Girona, generales muy importantes, que siempre devolvían el saludo. Los que hemos hecho la mili empezamos a distinguir muy pronto entre los oficiales que te devolvían el saludo y los que no. Era una regla infalible para distinguir entre los mandos en los que podías confiar y los chungos.
—Franco buscó el indulto para Campins. Sin embargo, con Batet ocurrió al revés: el que intercedió fue Queipo de Llano y Franco no concedió el indulto. Vemos en un segundo plano de la novela ese duelo de egos entre estos dos generales.
—Sí. Hay un duelo entre ambos por muchas razones. La más importante es que Franco estaba más centrado y Queipo estaba un poco tronado. (Risas) Eso es algo que Queipo ratificó en sus propias memorias. De este militar no se fiaba nadie, porque había conspirado a favor y en contra de la junta de defensa militares, repitió la jugada con Miguel Primo de Rivera, y con la República hizo lo mismo. Demostró varias veces que podía conspirar a favor y en contra de la misma cosa. Lo suyo fue un récord mundial de la conspiración. Queipo de Llano fue un personaje… (Piensa) Un personaje jupiterino. Su desempeño militar se había quedado en los escalones más bajos. Él tenía alguna página militar más o menos meritoria como capitán y teniente. A partir de ahí, no tiene nada. No tuvo mandos de relieve porque no se fiaban de él. No puede comparar su hoja de servicios con la de un Campins o con la de Franco. El pulso entre Queipo y Franco es una confrontación entre dos personas muy diferentes que se odian. Queipo estaba convencido de que le habían quitado el mando de Ceuta porque Franco se había chivado de sus intentos de conspiración. Ese es el subtexto. ¿Queipo de Llano fusiló a Campins por su odio a Franco? Yo pienso que no; lo fusiló porque le había tocado la moral varias veces. Primero, se negó a obedecer la orden; Campins le hizo ver que él era un comandante militar legítimo, nombrado por el gobierno; Queipo había tomado Sevilla por las armas y se lo hizo ver. Luego, cuando Campins declaró el estado de guerra, tampoco se sometió a su poder. Al final, los aviadores que tiene Campins en Granada, que son muy golpistas, se agarraron un par de aviones, se fueron a Sevilla y le contaron a Queipo de Llano que le estaba engañando. En la declaración de este general en el consejo de guerra hubo mucha inquina. Queipo se quiso cargar a Campins; no hizo lo mismo con el general que estaba al mando en Sevilla. Y Franco se quiso cargar a Batet exactamente igual, al margen de que le viniera bien jorobar a Queipo, que tenía cierta amistad con Batet. En la guerra de África, Batet hizo un informe muy negativo sobre Franco, sobre su valor militar, sobre su competencia… Luego, durante la Revolución de 1934, volvieron a chocar. Franco dirigió la respuesta contra la Revolución en Asturias. Allí hizo lo que quiso, pero en Cataluña se encontró con que el general de la división era Batet, y éste le dijo que se tomara una tila y que ya lo arreglaría él. Batet lo arregló a su manera, y esa se la tenía guardada Franco.
—Rencoroso era un rato.
—Es que son rencores personales. La verdad es que muchas veces intentamos entender las guerras por movimientos tectónicos y las explicaciones son más sencillas. De repente, alguien tiene a la persona odiada a su merced y le dice: “Ahora te vas a enterar”.
—Al acabar el conflicto bélico, ese concepto de revancha se extiende por todo el país; comienzan las represalias y no sólo por motivos relacionados con la Guerra Civil.
—Si no recuerdo mal, creo que fue Francisco Ayala el que lo dijo: “La guerra civil española fue un conflicto en el que mucha gente murió porque le caía mal a su vecino”. A través de mi familia, he conocido unos cuantos casos de fusilamientos, y también las graves consecuencias que tenía caerle mal a tu vecino y que, de repente, éste se convirtiera en jefe de la Falange local o de la milicia de las FAI.
—No podemos entender la Guerra Civil sin todo lo que ocurrió en África.
—Es algo que he intentado mostrar en esta novela, sin convertir el libro en una enciclopedia, a través de detalles que son muy elocuentes. No sólo es el papel absolutamente dominante de militares africanistas en la dirección y ejecución de la sublevación militar, sino cómo esos militares en la Guerra Civil recurren a las mismas herramientas con las que habían ganado la guerra en África. Ese triunfo no se consiguió con la fuerza militar del ejército español. La guerra de África, así abstractamente considerada, se ganó fundamentalmente con tropas de choque compuestas por soldados voluntarios enrolados por la paga y por una especie de ideal caballeresco, los de la Legión, y con combatientes, regulares e irregulares, marroquíes, que son la gran masa de maniobra entre 1925 y 1927. La campaña final se hizo con marroquíes —los soldados de la jarca (o harka), contratados y licenciados cuando acaba la operación—, legionarios y poco más. Y utilizan técnicas de tierra quemada y de aterrorizar al adversario, porque esa es la única manera de rendir a las tribus recalcitrantes que no se quieren someter al protectorado español. Esos mismos protagonistas hacen la Guerra Civil de la forma que saben: con esas tropas de choque y con combatientes marroquíes, que son realmente los que le dan la ventaja en el campo de batalla. Pero ¿por qué hay una guerra? Porque no todos esos africanistas se sublevan. Hay otros muchos, con la misma escuela, que han sacado de la guerra otras conclusiones y que han pensado “qué hemos hecho aquí”. Esto es algo que veo muy claro en Aranguren y Campins. Ellos sabían que esa guerra que habían hecho ahí abajo no la podían repetir. Y esos militares defienden a la República. Si no hubiera habido militares profesionales fieles a la República, la guerra habría durado tres minutos. La mano de obra de los sublevados es la que hemos comentado: fuerzas de choque y combatientes marroquíes. ¿Y cuál fue la mano de obra de la República? La gente piensa en el pueblo en armas. Pero ¿quiénes son los milicianos republicanos que funcionan de verdad en el campo de batalla? Durruti lo tenía claro: “El estado burgués ha formado el ejército del pueblo en las campañas de Marruecos. Lo único que necesitamos son las armas”. Cuando Durruti consigue armas, se las reparte a un montón de anarquistas que son veteranos de la guerra de África y que se han formado allí como combatientes. La verdadera fuerza militar que funciona en los primeros días para la República está formada por la Guardia Civil, la Guardia de Asalto, la Guardia de Seguridad y los Carabineros. Todos esos cuerpos estaban formados por veteranos de Marruecos. La Guerra Civil es la segunda parte de la Guerra de África. Esa es la descripción militar, pero es que esa Guerra de África agrava, ahonda y ensancha la fractura social que ya tenía España en el siglo XIX. Esa guerra hizo ingobernable el país, porque era una injusticia lacerante: es una guerra en la que se envía a los pobres a morir por intereses que no son los suyos, y eso termina de reventar socialmente a la sociedad española.
—Terminamos con el amor. En Con nadie hay guerra, pero también aparece el romance de Campins con su mujer, Lolita.
—Lolita es un personaje muy importante. A Campins no lo entiendes si no te fijas en la persona. Debajo de su uniforme de general había un niño que perdió a su madre con 5 años, y que desde entonces comenzó a vivir en internados. Desde ese momento hasta que se casó a los 36 años, vivió en una soledad absoluta. A partir de ese momento se enamoró de una joven de 23 años y formó una familia con ella; tienen cinco hijos, pero pierden a dos de ellos. Esa fue su vida y ese su lugar en el mundo. Al final de su vida, ese hombre sintió que le había fallado a su familia por mantener su deber como militar. Él fue leal a un ejército cuyos compañeros le engañaron, le traicionaron, se insubordinaron… Y después de eso fue juzgado, condenado injustamente y fusilado. Lolita fue el contrapunto a todo eso. Es la persona que lo acompañó y creyó en él, y que después de muerto lo sigue acompañando, que vive en la soledad que le corresponde, porque ella es la mujer de un hombre que no reivindica nadie.






La fidelidad a la palabra dada, incluso primándola respecto a la propia familia, es un error -o una heroicidad- muy común en las personas con una ética sobresaliente.
Al final siempre reciben palos de los de un lado y los de otro, y pagan por las inquinas entre los adversarios aunque éstos comulguen en el mismo bando.
Muy frecuente en la historia de España, donde el equilibio, la lealtad y la neutralidad parecen sobrar en una ideosincrasia fraticida y de odios navajeros. Así nos va y seguimos sin aprender las lecciones correctas de nuestro pasado.