Inicio > Actualidad > Entrevistas > Alma Delia Murillo: «Vivo en un país atravesado por muchas violencias»

Alma Delia Murillo: «Vivo en un país atravesado por muchas violencias»

Alma Delia Murillo: «Vivo en un país atravesado por muchas violencias»

Alma Delia Murillo se obcecó hace tiempo en transformar el duelo en palabras. Fruto de este deseo nació Raíz que no desaparece, una novela que escribe la historia reciente y brutal que viven miles de mexicanos, una novela que ficciona el drama de las desapariciones sin respuesta.

En este título publicado por Alfaguara, Murillo nos narra la historia de Ada, madre buscadora, y de la protagonista, una novelista que se empeña en mostrar el día a día de las familias de los más de 100.000 desaparecidos que, con estas prolongadas y forzosas ausencias, están haciendo huérfano a su país.

La novelista que protagoniza la obra acompaña a estas madres en su búsqueda perenne, se hace eco de las fallas de un sistema político más empeñado en borrar estas miles de tragedias que en averiguar qué pasó con los desaparecidos y buscar sus restos: en definitiva, un sistema empeñado en prolongar los duelos.

Es Raíz que no desaparece la historia de Ada y su hijo Marcos, un joven al que le gustaba cantar; es también la historia de miles de personas a las que arrebataron a un ser querido. Es también una novela llena de esperanza y de amor, pues desde esa esperanza las madres buscadoras, las familias incompletas, encuentran las fuerzas para seguir investigando estos vacíos.

Alma Delia Murillo se encuentra con Zenda en la sede de su editorial, y hablamos con ella de literatura, de sueños que marcan caminos. Descubrimos con la escritora la universalidad de su novela, un texto que encierra varias decenas de miles de ausencias, Murillo nos desvela por qué escribió una novela llena de dolor, por qué dio este salto hacia un abismo que, muchas veces, se oculta enraizado bajo la tierra.

 *****

—¿Sueña con las historias que luego escribe?

—Sí. Es muy interesante. Eso es muy bonito. De lo más bonito del proceso de escritura es que empiezas a estar habitada por la propia historia y a veces sueño con los personajes, sueño con párrafos, sueño cómo resolver algo que no sabía resolver. En esta novela en particular tuve algunos sueños que están en el libro.

—¿Cómo decidió que quería escribir esta novela?

"Vivo en un país con una emergencia, con 134.000 personas , atravesado por muchas violencias, y me cansa la narrativa oficial, la estadística"

—Fue un proceso acumulativo. Vivo en un país con una emergencia, con 134.000 personas , atravesado por muchas violencias, y me cansa la narrativa oficial, la estadística, la exclusiva lectura del narcotráfico. Había que poner una mirada en la parte humana, en las familias que están desde hace diez o doce años en un duelo suspendido, sin saber dónde están sus hijos, sus hijas. Por eso me importaba mucho abrir otro ángulo de la historia.

¿Ha conseguido reunir en esta novela, en la historia de Marcos, las miles de historias de desaparecidos de su país? ¿Era ese su objetivo?

—Era una que desencarnara, que se sintiera humana. Marcos es un joven que tiene la edad promedio de las personas desaparecidas (son muy jóvenes y tuvieron la mala suerte de vivir en “zonas calientes”, zonas donde hay mucha agresión, mucha violencia, mucho tráfico del crimen organizado) y tenía la desgracia de saber cantar, y cantar bonito, como dice su mamá en la novela.

—¿Cómo consigue una escritora caminar sobre esa frontera entre lo verosímil y lo verídico?

—Con muchas dudas, preguntándome todo el tiempo si voy por el camino correcto y también tratando de pensar que lo ético era realmente acompañar a las madres buscadoras, como lo hice, para poder alimentar de una especie de crónica periodística una novela. Mezclar el acompañamiento, los datos reales, la experiencia con una ficción y empujarla hasta llegar al final.

—Le hago la pregunta que se hace la escritora protagonista de su novela: ¿por qué se metió aquí? ¿Con qué legitimidad escribió esta obra?

"Me metí por terca, porque no vi venir las muchas y muy profundas incomodidades que esto iba a generar"

—Me metí por terca, porque no vi venir las muchas y muy profundas incomodidades que esto iba a generar. Pero cuando entrevisté a una madre que tuvo a su hija desaparecida cinco años (esta mujer se llama Jacqueline Palmero) y le hablé de mis miedos y de sentirme ilegítima, ella me dijo: “Mi hija también es tu hija, tienes todo el derecho legítimo de hablar de esto”. Hay un derecho transversal que nos hace humanos, y es necesitar este ritual sagrado de saber dónde está el cuerpo de los que amas y dónde ir a presentarles tu amor, tu respeto. Cuando ella me dijo “mi hija también es tu hija”, me dije: “Creo que puedo seguir adelante”.

¿Cree que con una obra como esta quienes somos más ajenos a estas historias de desaparecidos de México podemos entender esta tragedia colectiva?

—Un poquito más creo que sí. Sobre todo entender la dimensión que a mí me importa, que es la dimensión del amor de sangre. Cualquiera creo que puede entender que en una familia como la suya, si falta alguien de esta manera, en la incertidumbre, cómo esa familia se dolería, se desmembraría, se desesperaría y al mismo tiempo no cejaría nunca en la búsqueda.

—Estudió literatura dramática y teatro. ¿Cree que ese background le ha ayudado a dejarse permear por las historias que narra, a hacerlas suyas?

—Sí. Lo que más me dejó huella cuando era chiquilla, tenía 19 años, fue el teatro de Lorca, ese teatro tan sanguíneo y pasional, esos personajes… creo que nunca me han abandonado. En mi escritura trato de que mis personajes hablen de verdad, o lo más cercano posible.

Comenta en los agradecimientos que ha conversado con familiares de desaparecidos para escribir la obra. ¿Cómo ha sido ese acercamiento a los familiares?

"También aprendí con ellas que este tema sí es oscuro y doloroso pero se redime en una frase que ellas mismas me han enseñado: nuestra búsqueda no la sostiene el dolor sino el amor"

—Una de las experiencias más transformadoras de mi vida. Creo que hablé con más de veinte familias buscadoras, particularmente madres buscadoras, y me descubrieron, por ejemplo, todo este aspecto de la novela donde hay sueños premonitorios. Las madres sueñan con las pistas de dónde están sus hijos. Eso me lo contaron ellas. También aprendí con ellas que este tema sí es oscuro y doloroso pero se redime en una frase que ellas mismas me han enseñado: “Nuestra búsqueda no la sostiene el dolor sino el amor”.

Muestra una simbiosis entre la naturaleza y el ser humano. Es la naturaleza la que clama y se rebela contra la maldad del ser humano. ¿Alguna vez ha pensado que está tratando de colocar todo en su sitio?

—Creo que sí. Es un impulso natural. Como decía Pessoa: “No creo en Dios, pero si Dios son los árboles, las estrellas, entonces creo en Dios”. Hay una sensación de totalidad o universalidad, de derecho a lo más sagrado, de derecho a la belleza, incluso en el dolor más atroz. Y la dimensión de los árboles en la novela, que van dando pistas, es porque las madres buscadoras han aprendido a leer las zonas verdes. Parece pensamiento mágico, pero no del todo lo es. Sí es verdad que les empiezan a ayudar dando señales. Por ejemplo: crecen flores amarillas donde hay fosas clandestinas por el potasio de los cuerpos. Y eso, que es terrible, a la vez es bellísimo. Ahora las familias lo saben leer. Esa dimensión de universalidad intenta poner todo en su sitio de alguna forma.

—¿Cree que en el fondo la literatura hace lo mismo: poner las cosas en su sitio?

—Creo que lo intenta, tiene una compulsión muy potente de explicarnos el mundo. No sé si lo logra, pero nace de una pregunta, de un vacío, de un desorden que intentamos acomodar, explicar en un relato.

—Cuéntenos el proceso de escritura de la obra.

"Fui caminando y viviendo la ciudad de México y encontrándome por todos lados rostros de personas desaparecidas, fichas de búsqueda, pintadas en el piso"

—Con esta novela en particular tenía esta conciencia ética de poner el cuerpo y acompañar a las madres para que no fuera solo un texto de escritora. Hice trabajo de campo durante año y medio entrevistando a estas madres, acompañando la jornada de búsqueda. Luego la escritura fue increíblemente rápida. La escribí en unos ocho meses. También porque es muy intenso el tema. Es difícil sostener a lo largo del tiempo tanta intensidad. Fui caminando y viviendo la ciudad de México y encontrándome por todos lados rostros de personas desaparecidas, fichas de búsqueda, pintadas en el piso, los monumentos y los árboles. Eso me seguía alimentando para escribir.

—¿Por qué tiene esta estructura la obra? Es una mezcla entre novela, cartas de madre, en algunos momentos parece un tratado de botánica…

—Quería que una parte de la novela la contara la inteligencia vegetal, y ahí es donde aparecen estos tratados de botánica. Es muy liminal entre la ciencia y lo mágico y, sin embargo, allí está. Por otro lado, no podía asumir una voz en primera persona de una madre buscadora. Ahí no me sentía legítima. Ni tampoco la de una persona desaparecida. Pero sí podía ser una testigo que acompañara. Por eso la narradora es una especie de alter ego mío. De la madre buscadora, de Ada, me interesaban mucho las cartas que escribe a su hijo. Las madres escriben cartas a sus hijos desaparecidos. Hay algo muy bello en que no son cartas para filosofar sobre la vida. ¡Son de lo más cotidiano! Es una manera de decir que no se ha roto lo más profundo del vínculo. Contar cosas cotidianas es una manera de decirles: “Sigues presente en esta casa todos los días”. Por eso las cartas de Ada aparecen en la novela.

¿Ha recibido alguna presión —como la escritora de la novela— para aparcar este tema y no sacarlo a la luz?

"Me mandaron fotos mías con el arma con el que me iban a disparar. Hasta me hablaron por teléfono"

—Sí. En la novela relato que la escritora recibe amenazas. Lo alimenté de mi propia experiencia. Escribía una columna en un periódico nacional de México, el Reforma, y señalé muchísimo a gobernadores corruptos, incluso con carpetas de violación abiertas a mujeres. Me amenazaron en redes sociales (“te vamos a matar”). Me mandaron fotos mías con el arma con el que me iban a disparar. Hasta me hablaron por teléfono. La amenaza fue: “Te vamos a violar”. Hay algo ahí muy perverso y muy simbólico de lo que nos pasa a las mujeres: por habitar un cuerpo femenino la amenaza es esa, es sexual. Denuncié, tengo una denuncia abierta en la Fiscalía contra los delitos de libertad de expresión, que está allí… Esto es muy común en mi país, le pasa a periodistas, columnistas, activistas…

—Hay más de 100.000 casos de desapariciones sin resolver y más de 50.000 restos óseos sin identificar. Esta tragedia no sería posible o, al menos, no sería tan grande, sin la ayuda del poder político. ¿Cree que títulos como este pueden poner el foco en esta grave crisis y hacer que todo cambie?

—Creo que se suman al foco que ya han puesto los colectivos buscadores, los periodistas que han trabajado muy duro en esto. Hay asociaciones civiles que se han abocado a llevar la verdadera base de datos de personas desaparecidas para que el gobierno no desaparezca a los desaparecidos, porque cada tanto le da un borrón al número.

—Cuéntenos, si puede, próximos proyectos literarios.

—Estoy necesitando narrar algo que me conecte con la alegría y con temas un poco más gustosos. Ahora quiero escribir un ensayo (inspirado en Juana Inés de la Cruz, pasando por muchas mujeres mexicanas) sobre el pelo. Mi título provisional es “Vestida de cabellos”. Qué nos pasa a las mujeres en la relación histórica y corporal con el pelo. Más adelante quisiera escribir una novela sobre la ciudad de México.

—¿Por qué escribe Alma Delia?

—Si no escribo, no sé qué haría. Es la vela de mi barco.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios