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Cuaderno de Pascua, de Francisco Javier Expósito Lorenzo

Cuaderno de Pascua, de Francisco Javier Expósito Lorenzo

«Yo quería dejar de ser isla, por eso llegué a una, para comprender de lo que están hechas las islas que una vez fueron parte de continentes». Así comienza esta aventura de un buscador cualquiera; un buscador que viaja a Chile por trabajo y termina encontrándose a sí mismo en el lugar más alejado de tierra firme que existe: la Isla de Pascua.

A continuación reproducimos el arranque de Cuaderno de Pascua (Ediciones Lastarria y de Mora), de Francisco Javier Expósito Lorenzo.

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PRELUDIO AL VIAJE

De no ser por mediación de Vicente Huidobro, nunca hubiera llegado a la Isla de Pascua; digo más, de no ser por Huidobro, nunca hubiera pisado tierra chilena. No hará falta alargar mucho el entendimiento, a la hora de descifrar los designios, para explicar que acudiera a aquella cita grabada en mi ADN antes de nacer. Estoy seguro de que el poeta chileno movía los hilos de su influencia, más allá de este telón, con el fin de convertir en versos de aire mis huesos y convencer en sueños a mi jefe de que me sacara un billete en business a Santiago de Chile.

Presentábamos un libro del vate en su patria, y aunque yo fuera el responsable de su edición, el precio de los billetes y que mi jefe también viajara en representación de la empresa hacía difícil mi presencia; aun así, todo se dio para que acudiera, y por eso siento que mis guías —y la presencia de Huidobro— confabularon para contratar este destino en la agencia del cielo.

Fue necesario que aconteciera todo lo que aconteció para que este Cuaderno de Pascua haya sido escrito. Este fruto pedía de mí un compromiso de corazón con la semilla, un profundizar en las raíces, el tronco, las ramas y las hojas de ese roble que soy para desterrar el arbolito que había creído que era. Demandaba escuchar la voz de la conciencia, el Pepito Grillo de Pinocho, el Sancho de Don Quijote, el Principito que chista a Saint-Exupéry, ese niño y sabio que te habla cuando entre tus tripas suena el silencio.

"Los penetrantes ojos de Huidobro, toldados con pestañas de kilómetros, los vi por primera vez en la casa que atestiguó su nacimiento"

Los penetrantes ojos de Huidobro, toldados con pestañas de kilómetros, los vi por primera vez en la casa que atestiguó su nacimiento, y resultaron tan magnéticos como el muro megalítico que esconde la tierra del volcán Poike en Te Pito o Te Henua (ombligo del mundo¹ en lenguaje rapanuí), Isla de Pascua para los geógrafos y exploradores que creen todavía en que los viajes desvelan algo que no estuviera descubierto antes.

Pensamiento falto de esa humildad que, como sabemos, es una cualidad nada común en el género humano, y que sin duda tampoco acompañaba al holandés Jakob Roggeveen cuando llegó un 5 de abril de 1722 a esta isla —el mismísimo día de la Pascua de Resurrección— y creyó haber descubierto algo no avistado hasta entonces, aunque no estuvieran de acuerdo los habitantes de la isla ni el señor Edward Davis, cuya calavera castañetea aún bajo su lápida la ofensa de quedar en letra pequeña de la historia tras ver la isla por vez primera en 1686. Imaginemos al señor Davis todo pequeñito, saltando de alegría en proa, al bautizar como Tierra de Davis aquel triángulo de tierra en medio del desamparo azulado del horizonte. Fui yo, ¡lo vi!, ¡lo vi!, ¡lo vi!, quién no lo diría…

Es bien sabido que los humanos pugnamos siempre por ser los primeros; creemos que todo nos espera, y apuramos hoy, si cabe aún más, el elixir de llegar antes que otros a qué más da dónde sea; y tan cierto es esto como que la magia también habita a los descendientes de Adán, y en los lugares que pisan se abren puertas que conectan el alma del mundo con su propia alma, rendidos a volverse carne desfavorecida por los tirones de la gravedad y el peso de los osarios con el correr de los días.

"Qué manirrotos somos a veces con los talentos y trucos de magia que nos enseñan"

Qué manirrotos somos a veces con los talentos y trucos de magia que nos enseñan, cómo huimos en nuestra prestidigitación del “hacer sin hacer” de la vida, cómo los caminos se cierran levantando muros cuando el ego nos somete a la reverencia de la primacía; ese despuntar del sol que contempló aquella mañana de Pascua el holandés Roggeveen, creyéndose único, y que antes de él disfrutaron tantos que pretendían dejar huella sin plantearse nunca que, sobre el agua de que están hechos los océanos, no queda pisada que valga.

Seguro que mi valedor chileno en este viaje, Huidobro, causante de que llegara humildemente penúltimo a la Isla de Pascua, se planteó lo mismo en muchos de sus versos: dejar su impronta no en las olas, sino en el alma de otros a través de la caricia de sus poemas. Daros cuenta de esa mirada de explorador inconfeso que cualquiera de nosotros guarda dentro —a veces doblegada bajo toneladas de escombros— que obedece al impulso de la búsqueda, al empuje del deseo por formar parte esencial de algo, de fundirse para siempre con un hallazgo, adopte este la forma que adopte: una isla, un continente, una idea, un amor encarnado. Un algo primordial que nos haga únicos.

"Pareciera que toda isla, Pascua, Juan Fernández o las Marquesas, no fueran sino un trasunto de cada uno de nosotros"

Heracles o Nemrod redivivos nos proclamamos orgullosos, escindidos del espíritu, moáis trocados en cartón que, al primer golpe de mar —empapados y sometidos a la arruga— quedamos al borde del agrietamiento, vencidos al separarnos de lo sutil que nos es más propio. Y olvidamos la trascencia, héroes contagiados del delirio de grandeza que puede hacer de lo invisible una manifestación visible, ajenos a la vulnerabilidad que todo dios autoproclamado oculta como una sombra, dando al amor que todo lo sustenta solo nombre de pretexto, naufragados en el olvido de lo divino, creyéndonos islas fuera de toda ley sagrada, como ocurriese hace ya miles de años en una historia que muchos toman como leyenda.

Pareciera que toda isla, Pascua, Juan Fernández o las Marquesas, no fueran sino un trasunto de cada uno de nosotros y, en el fondo, la tecnología de la que estamos tan orgullosos no es sino un descarrío del origen, una separación de cada una de las jarcias que forman la red del alma a la que debemos tributo, dejándonos a merced del océano como si fuéramos granos de arena sacudidos por las olas. Y da igual que hablemos de conexiones virtuales, que materialicemos un pensamiento y llegue al lado opuesto del mundo en un segundo, que juguemos a dioses que construyen inteligencias paralelas con la excusa de facilitarnos la vida; si como islas separadas seguimos viéndonos, incapaces de convertir el Todo en parte y la parte en Todo, este conocimiento no será más que una forma de seguir dando rienda suelta al ego.

"Ahora comprendo que fue el gran poeta Huidobro quien sopló en este preludio sobre el polvo de mi camino"

Si no nos implicamos profundamente en nosotros, cómo caminaremos hacia el otro cuando no hemos recorrido todas las pisadas de nuestra isla hasta el último de sus cráteres; cómo arribaremos a un continente que será la suma de todas esas islas aparecidas como hallazgos. Es la sombra del futuro que no vemos. Dejar de ser isla, acudir al encuentro del otro es leer en los ojos del prójimo su mapa de dolores y fiestas, acercándose a la altura en que sus pupilas se abren como pétalos y el calor de su abrazo inunda el cuerpo como resol vuelto rocío.

Yo quería dejar de ser isla, por eso llegué a una, para comprender de lo que están hechas las islas que una vez fueron parte de continentes o emergieron de las luchas trabadas en los subsuelos del planeta como expresión de la violencia ejercida para ser lugares únicos en medio del océano.

Ahora comprendo que fue el gran poeta Huidobro quien sopló en este preludio sobre el polvo de mi camino, como los chamanes soplan sobre los enfermos para disipar sus miasmas:

«Ellos se pasean con las manos en los bolsillos / con la arrogancia en el hueco del sombrero / y un látigo en cada ojo / se pasean en sus zapatos luminosos como ataúdes / se pasean como ataúdes en sus ataúdes». Que no, que así no se hacen las cosas, nos venía a decir el gran bardo, que la mística de la acción es lo contrario: encontrarse como fundirse, fundirse en el encontrarse, sacar las manos de los bolsillos, quitarse el sombrero delante del milagro, marchitar la mirada del juicio, andar descalzos sobre la tierra, romper las ataduras que nos oscurecen por miedo a morir cuando en realidad nos quitamos la vida mientras dura.

Pareciera que el único objetivo de mi viaje era presentar un día antes de mi regreso a Madrid el libro de Vicente que habíamos editado; y, sin embargo, sentía bajo mis pies el fluir de esa corriente subterránea que me susurraba que lo que iba a buscar era nada más y nada menos que dejar de ser una ínsula. Como siempre pasa, las cosas realmente importantes no suelen verse a simple vista.

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Autor: Francisco Javier Expósito Lorenzo. Título: Cuaderno de Pascua. Editorial: Ediciones Lastarria y de Mora. Venta: Todostuslibros.  

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