El protagonista de esta novela pretende algo imposible: apartar de sí lo que se le interpone y le impide realizar sus deseos. No quiere mirar hacia atrás y juzgar lo que hizo; ahora tiene el poder suficiente para servirse de quienes le rodean y disfrutar de un estilo de vida en armonía con su clase social en la España de finales del siglo XX.
En Zenda ofrecemos el arranque de Infortunio (El sastre de Apollinaire), de Fernando Sánchez Pintado.
*****
I
Si quisiera describir lo que se siente ante un muro, una valla, una cerca, ante todo lo que limita e impide el paso y según su altura también la vista, lo primero sería advertir de qué lado se encuentra uno. No es igual para quien quiere ir más allá́ y se encuentra por sorpresa con un cercado que le impide continuar, se pregunta cuándo ha equivocado el camino, no se atreve a saltarlo y lamenta que deba dar marcha atrás. O para el que sí se ha atrevido a franquearlo y se encuentra en campo abierto y no vuelve la vista atrás, prosigue su camino, al poco rato olvida ese pequeño inconveniente y la duda que tuvo para decidirse y pasar por encima. Es algo que ocurre con frecuencia en paseos campestres, confiados en que el sendero que se había escogido no tendría pérdida, pero más adelante desaparece el sendero y cualquier otra señal que nos guíe a donde queríamos llegar. Supongo que la mayoría, frente al cercado que protege algo y prohíbe atravesarlo, renuncia a seguir y, si el muro es demasiado alto, a lo sumo se toma la molestia de encaramarse y lanzar una ojeada al terreno irregular y casi siempre desierto que hay tras él.
Retroceder, retirarse, esconderse, cuántas formas de no hacer frente a lo que sabemos, o tememos, que es superior a nosotros. Se aprende muy pronto, aunque hay quien no llega a comprender que sobrevivir es lo único que importa. Rendirse no es para sentirse orgulloso; si hay que hacerlo, es sensato ocultarlo y proseguir como si nada hubiera ocurrido y, cuando esto no es posible, sostener que en ningún caso estuvo en nuestra mano actuar de otra manera. Pasa el tiempo y sólo se puede hablar de lo que sucedió́ de manera genérica para no herir a nadie, y menos a uno mismo. Cómo podría haber dicho a mi padre que me apartaba de él cuando se acercaba, aunque nunca se dio cuenta porque en realidad yo no me movía de donde estuviera. De qué serviría hacer público tantos años después que las debilidades y el miedo de mis compañeros fueron valor en tiempos de la dictadura y no se enriquecieron por ello más adelante, sino por sus propios méritos; nadie me creería, sería peor, me tomarían a mí por el farsante. ¿Habría sido capaz de explicar a la que fue mi mujer que sus momentos amorosos eran demasiado continuos y teatrales, que me contenía para no pensar, y desde luego no decir, que se comportaba como una sirvienta? No siempre he sido tan riguroso para mantener los límites con quien me relacionaba, he tenido momentos de desfallecimiento y de joven un largo proceso de adaptación o, si se quiere, de formación del carácter.
Tengo que reconocer que he hecho como cualquiera, también yo me he detenido a menudo y he dado media vuelta. No puedo saber cuál fue el primer muro que se interpuso entre el mundo y yo, ha habido tantos que tengo la impresión de que es una muralla abrupta y continua. Sí, he retrocedido y me he rendido, pero si algún día tuviera que confesar en público cómo y cuándo tuve que abandonar el destino al que me dirigía, antes tendré́ que preguntar qué testigos imparciales quedan a estas alturas, si es que hubo alguno, y cuantos no han hecho lo mismo que yo. La mejor defensa, tal vez la única, es saber de qué lado del muro me he encontrado después de no enfrentarme a él: ha sido al otro lado. Al cabo del tiempo quedó detrás, sólo han permanecido algunos restos en la memoria. He proseguido por vericuetos ajenos al camino real, que de no ser por el desvió al que me sentí́ obligado ni siquiera habría conocido. Es cierto que no ha sido así́ siempre, solo en los momentos que podría calificar de decisivos; para los asuntos menores bastaba con decisiones laterales, como se mueve un alfil abriendo una fisura en la línea de peones que se presenta, ante ojos menos expertos, apretada e inexpugnable.
Dejé atrás los peones que me vieron retroceder y pedir perdón por mi atrevimiento, por querer entrar en su propiedad, por compartir sus amigos, sus ideas, sus mujeres, lo que creí́ que estaba a mi alcance y podía ser común. Fue un delirio, eran suyos y sólo suyos, como cualquier propiedad. Tanto como sus casas, y también su forma de hablar y de vestir. Aún no lo sabía, entonces me gustaba aparentar, mis reacciones eran directas y sin duda demasiado simples para que no se viera de lejos la diferencia. Cuando me encontraba ante ellos, los verdaderos propietarios —como también ante los constructores del vallado que los protegía, subordinados suyos que yo tomaba por grandes pensadores que no hacían, dependiendo de la ocasión, más que añadir alguna piedra o dar un brochazo para resaltar su color— estaba hipnotizado y dispuesto a reconocer de todas las formas posibles, que son innumerables, su valía, su estilo, su poder, todo lo que yo no era. Pocas veces podía apartar entonces la vista del muro que me impedía avanzar; no tenía el valor o la rabia suficientes para pasar al otro lado. Aun así́, les estaba agradecido.
Pensaba que protegían algo valioso a lo que algún día yo tendría acceso, cuando lo único valioso que protegían era impedir que yo pasara al otro lado. Venía de lo que se llamaba burguesía ilustrada para marcar la diferencia con la vulgar, la que no tenía más que negocios saneados y prósperos; quería llegar más lejos, donde ya habían llegado los que trataba de imitar y eran el muro mismo. ¿Qué temor o creencia me hacía retroceder en el último momento? Lo más bondadoso sería suponer que lo inoculan a partir de cierta edad, sería buscar una acción exterior que se puede combatir, un agente sin cuya intervención los hombres nacerían con su libertad y su valor enteros. Una ingenuidad, los hombres nacen sometidos antes de que los manden obedecer, buscan un poder real o imaginario ante el que inclinarse. Así́ es siempre, aunque a veces salgan ejemplares anómalos, menos obedientes y más ciegos. En mi juventud formé parte de una cuadrilla guiada por un lazarillo también ciego, íbamos por un camino de perfección a la vanguardia de una tempestad que, si hubiera estado en nuestra mano, arrasaría el mundo. ¿Se puede llamar sueños a la furia? Alguna vez me lo pregunté, pero era el signo de los tiempos y nosotros, los rebeldes dispuestos a realizarlos. Teníamos grandes o pequeñas creencias según fuera el resentimiento de cada cual, que se alimentaba a diario tomándolo por ideas, o por las ilusiones que se frustraron desde muy jóvenes. Durante demasiado tiempo compartí́ con ellos la ira, la furia, la venganza. Qué hermoso espectáculo habría sido asistir en el teatro, años después, a la representación de unas aventuras que no fueron más que palabras, grandes gestos, nueces vanas. No está permitido ponerlo en escena, hoy son ellos los que deciden que se represente de todas las formas posibles el heroísmo que nunca existió. Corrí riesgos innecesarios, pero por fortuna no tuve la fe suficiente para proseguir y me sentí́ con la culpabilidad entre aparente y bien medida para huir, quitarme a todos ellos de encima, lamentar de lejos su suerte y alegrarme de mi decisión. No fue la primera vez que no salté el muro que se interponía en mi camino, hubo otras muchas, pero ésta cambió para siempre mi vida, lo rodeé, tomé otro camino. Tuve que esconderme, pedir ayuda y salir de España, una bendita huida que me hizo ver con la distancia necesaria a quienes me impulsaban a acabar con lo que ellos llamaban unas veces capitalismo y otras, dictadura, sin caer en la cuenta de que era donde habían nacido y donde vivían todos entrelazados por el dinero y tantos otros vínculos no menos intensos. Me destinaron a un papel subordinado, una especie de recadero que iba y venía o permanecía quieto, según fuera lo que me mandaran; ese era el camino de los que querían ser reconocidos en cualquier capilla izquierdista. Para diferenciarse, la mía quería ser algo más que la oposición gesticulante, con el tiempo lo consiguió́ y yo tuve la suerte de no intervenir en ello. Concebían la realidad de manera irrefutable —nada era verdad fuera del partido— y se situaban a sí mismos en el vértice y si alguna vez hubieran existido las clases sociales —no muy distintas a las capas de una tarta de tres pisos, a la que se podía añadir tantas capas como conviniera— no les habría bastado ser la guinda del pastel, tendrían que ser la tarta entera. He asistido a cómo este sueño en lugar de realizarse se ha vuelto indigesto. Sería injusto burlarme de ellos, yo no era distinto, un aprendiz con el ansia de ser reconocido y ocupar una posición menos subalterna. Imaginar que lo hubiera conseguido me da escalofrío. Si las circunstancias hubieran sido otras, habríamos sido una generación dispuesta a pagar su cuota a la historia de víctimas y verdugos. Afortunadamente, esta vez no fue así́ y todos, o casi todos, volvimos al lugar natural de donde habíamos salido.
—————————
Autor: Fernando Sánchez Pintado. Título: Infortunio. Editorial: El Sastre de Apollinaire. Venta: Todostuslibros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: