En este libro, Emilio Lara sigue la huella del olivo desde las primeras almazaras prehistóricas hasta las luces de Silicon Valley, pasando por Grecia, Roma, Al-Ándalus y nuestra civilización. Un viaje por la epopeya del oro líquido: cómo el olivo dio forma a civilizaciones, paisajes y costumbres durante milenios.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas del Prólogo de Un mar de oro verde (Ariel), de Emilio Lara.
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PRÓLOGO
El día amaneció lluvioso. Típica primavera londinense. En una abadía de Westminster engalanada para la coronación resuena la música sagrada mientras, en el exterior, las unidades militares desfilan al son de las marchas que interpretan las bandas ante un numeroso público. En el templo, en el primer tramo de la ceremonia, unos guardias reales uniformados de rojo y destocados de sus gorros de piel de oso colocan unos paneles para ocultar al rey de las miradas de los asistentes y, también, de las cámaras de televisión que retransmiten en directo para todo el mundo. Se trata del momento más íntimo del ritual: ungir al nuevo monarca con aceite de oliva, tal y como se hace desde hace seis siglos en Inglaterra.
Para elaborar dicho aceite fueron cosechadas dos parcelas diferentes del Monte de los Olivos de Jerusalén; las aceitunas se molturaron en una almazara de Belén, y el aceite resultante fue aromatizado con esencias tales como ajonjolí, rosa, jazmín, canela, ámbar y azahar. Por último, tan perfumado líquido fue consagrado en la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén por el patriarca de la Iglesia ortodoxa en los Santos Lugares y por el arzobispo anglicano de aquella ciudad.
Aquel breve ceremonial de la unción con aceite de Carlos III también fue ocultado a los ojos de la gente y de los periodistas en la coronación de la joven Isabel II en 1953, y anteriormente, en 1937 en la de su padre, Jorge VI, el valiente rey tartamudo que se negó a abandonar Londres durante los bombardeos alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Y es que este rito se enraíza en el antiguo reino de Israel, cuando David y su hijo Salomón, en el I milenio a. C., fueron proclamados reyes tras ser ungidos con aceite por sacerdotes y profetas, aquellos hombres que hablaban con Yahvé y transmitían al pueblo elegido sus palabras en estado de éxtasis.
El aceite, por tanto, tiene un carácter simbólico que puede remontarse hasta la Antigüedad, hasta las primeras civilizaciones. Pero el zumo de la aceituna, el llamado oro líquido, es mucho más que un poderoso símbolo.
Jaén, festividad de la Candelaria. El día de febrero amaneció frío y seco. No hay nubarrones que amenacen lluvia. La cuadrilla aceitunera está contenta, menudean las risas. Los hombres y mujeres que la componen se disponen a celebrar la Fiesta del Remate, el ritual ancestral que marca el fin de la recogida de aceituna. Reunidos en mitad del olivar donde, desde hace meses, acudieron cada mañana para deslomarse recogiendo aceituna, encienden un fuego, disponen los alimentos en las ollas y comienzan a guisar mientras, entretanto, comen embutidos, queso y aceitunas aliñadas, y beben cerveza y vino, dejando los cubatas para el final, después de haber dado cuenta de la caldereta de cordero, del cochifrito o de cualquier otro plato contundente. El dueño de la finca comparte comida y bebida con la cuadrilla, costumbre que siguen a rajatabla el resto de los dueños de olivares, si bien muchos de ellos, por comodidad, prefieren invitar a los aceituneros en algún bar de la localidad, en su casa o en su cortijo. En todo caso, el convite significa una muestra de agradecimiento hacia los trabajadores que, a lo largo de varios meses, han cosechado la aceituna de su olivar.
En la actualidad, la Fiesta del Remate supone una cordial despedida entre gentes de diferente color de piel y distintas nacionalidades que se han ganado honradamente el jornal, un festín multiétnico donde conviven personas de varios países africanos y europeos, en contraste con la que se cele en el sur de España durante los dos siglos anteriores, cuando los jornaleros solían ser de la localidad o comarca de la finca olivarera: las mujeres se cubrían la cabeza con una pañoleta y los hombres con boinas o gorras de paño; ellas vestían faldas largas y anchas y ellos chaquetas viejas y calzones de pana, y el propietario del olivar les regalaba una tinaja con vino para que bebiesen a placer durante la comilona y, ajumados, olvidasen por un día las penalidades. Y también, aquellas celebraciones en medio de los olivos eran la triste despedida de los jóvenes que, tras haber mantenido una relación amorosa, regresaban a sus pueblos quizá para no volver a verse más. Eran amores estacionales, breves e intensos como los amores de verano.
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Autor: Emilio Lara. Título: Un mar de oro verde. Editorial: Ariel. Venta: Todostuslibros.


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