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Estética de la resistencia o la persistencia de la luz

Estética de la resistencia o la persistencia de la luz

La fotógrafa documental y cineasta Marian Carrasquero siente atracción por las narrativas que profundizan en nuestra comprensión de América Latina. Ahora muestra sus obras en la exposición Todo empieza con ausencia, que se podrá visitar del 17 de abril al 30 de mayo en Casa de América (Madrid).

En este making of uno de los comisarios de la exposición, el colaborador de Zenda Sergio Antoranz, reflexiona sobre el trabajo de Marian Carrasquero.

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Todo empieza con ausencia, de Marian Carrasquero, no se limita a documentar una realidad: la interroga. Desde su propio título se abre una tensión que atraviesa toda la colección: la ausencia no como vacío definitivo, sino como umbral, como condición de la cual algo —todavía incierto— puede comenzar. Hay en estas imágenes una promesa de futuro que no se formula de manera explícita, sino que se insinúa en el tratamiento del color, en la persistencia de la luz, en la obstinación de los cuerpos por permanecer.

"Mientras el adulto se ve asediado por la inestabilidad, el juego de los niños introduce una fisura en la lógica del sufrimiento"

El uso del color no es aquí un recurso meramente formal; funciona como un punto de fuga para la esperanza. La luz irrumpe en espacios donde, en principio, no debería hacerlo: escenarios marcados por la violencia institucional, por la amenaza de la deportación, por la precariedad legal y la espera indefinida. Son territorios suspendidos, casi invisibles, donde la vida parece quedar en un limbo existencial. Y sin embargo, algo resiste. Las mujeres retratadas —atravesadas por el miedo, la incertidumbre o la fatiga— no aparecen reducidas a su condición de víctimas. En sus rostros se advierte la huella del dolor, pero también una forma de firmeza silenciosa, una energía que no se deja anular.

En muchas de las imágenes, la infancia emerge como contrapunto decisivo. Mientras el adulto se ve asediado por la inestabilidad, el juego de los niños introduce una fisura en la lógica del sufrimiento. No se trata de una evasión, sino de una forma de resistencia: cuidar de la infancia es, en estas fotografías, preservar un espacio donde el tiempo todavía no ha sido completamente capturado por la amenaza. Ese gesto —mínimo y radical a la vez— sostiene la posibilidad de un mundo.

Las fotografías de Carrasquero habitan un territorio intermedio entre la serenidad y la inquietud. Algunas de las mujeres miran hacia fuera del encuadre, como si su horizonte estuviera en otra parte, en un lugar que la imagen no puede contener del todo. Hay en esas miradas una extraña mezcla de vulnerabilidad y determinación. El pasado parece haber cerrado demasiadas puertas, pero el futuro, aunque incierto, no se presenta clausurado. La vida, incluso en condiciones adversas, se mantiene en una tensión abierta.

"No hay aquí una voluntad de apropiación ni de dramatización excesiva, sino una atención sostenida, casi vulnerable"

Podría decirse que estas imágenes se sitúan en espacios fronterizos, tanto en un sentido geográfico como existencial. Lugares de tránsito, de espera, de indefinición. Y sin embargo, incluso allí, en los interiores más precarios o en la densidad de la noche, persiste el color. Como si la fotografía se negara a aceptar la oscuridad de la última palabra.

Ante esta obra, resulta inevitable pensar en una cierta tradición de la fotografía que ha hecho del sufrimiento un espectáculo, privilegiando el impacto inmediato o el gesto heroico del fotógrafo. Frente a esa mirada, el trabajo de Carrasquero propone otra ética de la imagen. No hay aquí una voluntad de apropiación ni de dramatización excesiva, sino una atención sostenida, casi vulnerable, hacia quienes aparecen en el encuadre. La cámara no irrumpe: acompaña.

Esa cualidad sitúa su trabajo en una línea que podríamos llamar humanista, en la que la imagen no busca imponerse, sino generar un espacio de reconocimiento. No vemos simplemente a otras personas; nos vemos, de algún modo, implicados en lo que ocurre. La distancia entre quien mira y quien es mirado se reduce, sin desaparecer del todo, en favor de una forma de empatía que no es solo sentimental, sino ética.

Si el arte tiene todavía alguna función en nuestro presente, quizá consista en esto: en sostener la mirada allí donde todo invita a retirarla. En encontrar, incluso en los contextos más adversos, una forma de atención que no reduzca la vida a su herida. La obra de Marian Carrasquero se inscribe en ese gesto. No niega el dolor, pero tampoco lo absolutiza. Busca, más bien, en ese instante frágil en el que la luz —apenas suficiente— hace posible el color. Y con él, la persistencia de la vida.

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