Petrarca, el poeta que escribió más de trescientos sonetos a Laura, ese amor idealizado, se lamentaba de no haber vivido en el siglo anterior, el siglo XIII, ya que su época no fue un buen momento para la Historia y encima les tocó la peste, como refleja Boccaccio en El Decamerón, por más que en la península italiana se iniciara el Renacimiento. El siglo XIII, tan añorado, es el siglo de Dante —y de la Divina Comedia—, el siglo de las grandes catedrales góticas y de la aparición de las primeras universidades. Incluso se inventó el soneto. En España, el siglo XIII es la época —al inicio— de la batalla de las Navas de Tolosa, que marcará el futuro de la Reconquista, el siglo de dos grandes monarcas en Castilla, Fernando III y Alfonso X el Sabio, y de dos grandes reyes en la Corona de Aragón, Jaime I el Conquistador, que inició la expansión de su reino por el Mediterráneo (se llegó a fundar un ducado aragonés en Grecia) y Pedro III el Grande. También es el siglo de los trovadores, del final de las cruzadas, del final de los cátaros, del final de los templarios y de la aparición de las ordenes mendicantes…
La novela es una historia que se inicia en con la caía de San Juan de Acre, el último bastión cristiano en Tierra Santa, se continúa con un largo viaje, lleno de incidencias (y hasta un amor) por el Mediterráneo, y concluye en las tierras del Ebro, alrededor del castillo de Miravet (a 67 kilómetros hacia el sur de Tarragona), a donde fuimos invitados unos periodistas para la presentación del libro, en una visita a los lugares de la última parte de la novela, coronada por una larga cena, no tanto del siglo XIII con gachas, pan negro y potaje primario, como del siglo XXI, con múltiples platos de difícil definición de la nueva cocina en un restaurante con una estrella Michelin, no tan lejos de donde se desarrollaron (entonces) las aventuras de esta historia.
Tras la visita al castillo de Miravet, que se conserva con cierta dignidad, y antes de la cena hablamos tranquilamente con Jorge Molist, a quien habíamos conocido dieciocho años antes en Toledo, en otra suntuosa cena (ésta con arzobispo) cuando le entregaron el premio Alfonso X el Sabio por su novela La reina oculta, en la misma edición en la que quedó finalista Tiempo de bastardos, de Paula Cifuentes, una veinteañera que no volvió a publicar más novelas. El premio, sin embargo, constituyó un gran impulso en la trayectoria literaria de Jorge Molist (que había quedado finalista tres años antes con El anillo: La herencia del último templario) y que once años después lograría el suculento (económicamente) premio Fernando Lara con Canción de sangre y oro, que también sucede en el siglo XIII.
De hecho, y como ya hemos apuntado, seis de sus once novelas se desarrollan en ese siglo que tanto envidiaba Petrarca, y son (por orden de publicación): El anillo (2004), La reina oculta, Canción de sangre y oro, La reina sola, El latido del mar y la que acaba de publicar, Daré el cielo por ti, que sucede ya a finales del siglo, en paralelo con el fin de los templarios.
Hay tres personajes históricos, que casi parecen legendarios, en la novela: Guillaume de Beaujeu, el gran maestre del Temple, que muere defendiendo San Juan de Acre; Roger de Flor, que dejará la orden del Temple y encabezará la expedición de los almogávares hacia Bizancio y la conquista de Atenas y Berengueró, o Berenguer VI de Entenza, el noble que encabeza los enfrentamientos de su familia con los templarios alrededor del castillo de Miravet. Entre ellos sobresale el joven Artal, un personaje de ficción, protagonista absoluto de la novela, que bajo una historia de resonancias shakespearianas, sirve para encajar y dar sentido a los diferentes personajes y acontecimientos de la Historia, además de despertar las emociones en el lector.
La novela empieza en San Juan de Acre, en la que los caballeros que defienden la ciudad se preparan para la gran batalla, que se cuenta con gran detalle, desde la organización para el combate hasta el combate mismo (hay un plano de la ciudad asediada en el libro). El joven Artal, de dieciséis años, quiere morir peleando, pero el gran maestre le entrega una carta de su madre que le reclama que vuelva a las tierras del Ebro, donde descubrirá ese oscuro motivo familiar por el que le llevaron de niño a Tierra Santa.
El largo trayecto a bordo de El Halcón, mandado por el templario Roger de Flor, se convierte en un viaje de aventuras tanto exteriores como internas, con paradas en Chipre (donde descubrirá el amor y la pasión), Creta y Sicilia. En las tierras del Ebro se verá envuelto en las disputas entre los nobles de la familia Entenza y los templarios alrededor del castillo de Miravet, y aquí descubrirá el amor romántico.
Tras esta larga presentación, abreviaremos la entrevista sin descuidar los detalles personales. Si hay algún error histórico —advertimos— es culpa del periodista, ya que Molist contesta con profusión a las preguntas y sus respuestas están tocadas de demasiados nombres y detalles de referencias históricas que nos lían y eternizarían la lectura. En la charla, en contra de la costumbre, se nos impone el tuteo, quizás porque cuatro horas de excursión a un castillo y tres horas en la mesa aproximan, al menos momentáneamente.
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—Para mí, hasta ahora, Roger de Flor era el nombre de la calle de una amiga de Barcelona. Sin embargo, es todo un personaje con un peso histórico importante que aparece en dos novelas tuyas. ¿Quién era, de una manera llana y breve, Roger de Flor?
—Roger de Flor fue el hijo de un oficial siciliano que quedó huérfano y se movía como un golfillo por el puerto de Brindisi, desde donde partían los barcos para Tierra Santa. Era un niño listo al que apadrina el capitán de El Halcón, una nave templaria que aparece en la novela, y se convertirá en un monje templario, pero deserta de la Orden (precisamente tras la caída de San Juan de Acre). Ya al mando de El Halcón, pasa a ser un mercenario de la Corona de Aragón y guiará la expedición de los almogávares (la llamada Compañía Catalana de Oriente) hacia Bizancio, fundando el ducado de Atenas, que queda bajo la influencia de Aragón. Allí muere Roger de Flor y lo sustituye Berengueró, otro de los personajes históricos importantes de esta novela.
—Esa expedición de Roger de Flor y los almogávares la cuentas en una novela anterior tuya.
—Sí, en El latido del mar, que se publicó en 2023, pero son novelas totalmente independientes. El Roger de Flor de Daré el cielo por ti es anterior, cronológicamente.
—En tu última novela distinguimos, digamos, tres focos geográficos: San Juan de Acre, el Mediterráneo y el castillo de Miravet.
—En realidad no solo el castillo sino el valle del Ebro. El Ebro era navegable hasta Navarra, pero la novela abarca hasta Mequinenza, en la provincia de Zaragoza, donde, de hecho, se desarrolla un capítulo.
—De estos tres lugares, ¿cuál fue el originario, el que te inspiró la novela?
—Cuando hay tanta información y llevas tanto tiempo alrededor de una época, como yo, a veces no tienes claro cuál es el principio exacto. Creo que fue la caída de San Juan de Acre, que se cuenta muy bien en los tres libros de Steven Runciman sobre las Cruzadas; pero hay muy abundante material sobre ese momento. La caída de San Juan de Acre fue algo tan impresionante que me vi impulsado a escribir sobre ello. Normalmente necesito algo que me motive realmente, algo que me llegue al corazón, para iniciar una novela… Y mientras investigaba sobre ese asunto, encuentro un documento en el que se habla, por esas mismas fechas, del enfrentamiento, en Aragón, de los templarios con la familia Entenza por el castillo de Miravet.
—¡Equilicuá!
—Sí, ahí es cuando cuando enlazo todo, ya visualizo la historia y todo tiene sentido: el final de los templarios en Tierra Santa, el final de los pocos templarios de Aragón, y en medio, tanto cronológico como geográfico, ese largo viaje que atraviese el Mediterráneo de Este a Oeste, con importantes acontecimientos en Chipre y Sicilia hasta llegar a la costa de la península.
—¿El final de San Juan de Acre es el final de los templarios?
—Prácticamente, sí. El poder real de los templarios estaba en Tierra Santa. Ahí estaban sus mejores hombres, los más preparados, los más brillantes. Tras la derrota y la aniquilación, los nuevos líderes no supieron encontrar el rumbo. Ya sólo habrá dos grandes maestres de la Orden, que son unos segundones, antes de que desaparezcan los templarios.
—En España creo que duraron un poco más que en Francia. Pero los pocos que quedaban, ya en el castillo de Manzón, se los cepilló Jaime II en 1307.
—Sí, así es; los que quedaban ya no eran significativos.
—Leyendo tu novela, me llaman la atención dos cosas. La primera, ¿a quien le podía apetecer ser templario, si era una vida muy desapacible? No podían sonreír, tenían prohibida la alegría, sólo trabajaban, rezaban y guerreaban…
—Una vida como la de cualquier otra orden monástica de la época. Los templarios eran como monjes de clausura que sólo salían para luchar, pero ese tipo de orden pasó de moda. Entonces vinieron los dominicos y los franciscanos, que salían a pedir limosnas para los pobres y ya se mezclaban con la gente y tenían otros comportamientos. No supieron adaptarse a los nuevos tiempos.
—El otro detalle que me llama la atención, y que aparece al principio de la novela, es que el joven Artal, el protagonista, está deseoso de combatir y caer en la batalla para ir al cielo. Eso me recuerda la extensa y acelerada extensión del islam, ya que sus guerreros también estaban deseando caer en combate para ir a un paraíso con oasis, huríes y en fin, todo lo que su miserable vida no les ofrecía.
—Así es. La vida en aquellos tiempos era muy dura, pero fue hasta hace nada. Mi abuela, aquí, en un pueblecito de Aragón, vivía una vida parecida a la Edad Media. En el siglo XI, antes de la primera cruzada oficial, hubo un movimiento de campesinos, mujeres y niños hacia Tierra Santa, huyendo de la miseria, casi buscando que los matasen para ir al cielo. Y luego en el siglo XIII se extendió la Cruzada de los Niños. Por lo general, solo las de los nobles y los reyes llegaron a buen fin. Los nobles se aburrían en sus castillos y tenían que salir a divertirse, vivir aventuras, luchar…
—Pocos escritores conocerán el siglo XIII y el Mediterráneo como tú.
—Es una geografía y una parte de la historia que siempre me ha interesado. La he investigado y he viajado por sus lugares. Fue una época muy interesante. Ten en cuenta que el primer imperio español es el del Mediterráneo, y luego lo continuarían los Reyes Católicos en África y hacia el Atlántico. Estuvimos más tiempo en Sicilia que en Cuba, la última provincia de Ultramar.
—En tu novela me parece que hay una mezcla de Hamlet (lo del padre y el tío, la venganza) y Romeo y Julieta (lo de Artal y Blanca de Entenza, la hija de una familia enfrentada y más noble). ¿Eres consciente de ello?
—No. No lo hice a propósito.
(Se ríe y comenta los entresijos familiares, de amor, muerte y venganza, que no vamos a desvelar porque es la clave de la novela, pero reconoce que sí que tiene curiosas semejanzas con Hamlet. Y lo de Romeo y Julieta es tan evidente como socorrido).
—En tu novela la malvada es Galbors de Montcada, la mujer de Berenguer de Entenza.
—Es un personaje histórico y fue una mujer muy fuerte.
—¿De armas tomar?
—Sí. Parió doce hijos en una época en la que se decía que un parto era más peligroso que ir a la guerra; eso da una idea de su fortaleza física. Y no solo tuvo doce hijos, sino que cuando su marido estaba combatiendo con el rey de Aragón, atacaron los templarios y ella fue la que se puso al frente para defender el castillo de Mora de Ebro.
—Era la biznieta de Pedro III el Grande, un personaje que ya trataste en novelas anteriores.
—Sí, en Canción de sangre y oro es el protagonista, en lucha contra Francia, que era veinte veces mayor. Y también está Constanza de Sicilia, su mujer, que ya había protagonizado mi novela La reina sola, que sucede en Sicilia.
—¿Qué novelas tuyas son tangentes a Daré el cielo por ti?
—El latido del mar, de la que ya hemos hablado, y de alguna forma cuento el fin de los templarios en la Corona de Aragón en El anillo.
—El anillo, que es tu tercera novela (2004), tuvo mucho éxito en Estados Unidos, quizás por esa mezcla de historia y actualidad, y porque es un thriller. ¿Como es que no seguiste esa línea narrativa?
—A todos nos importa el dinero, pero no es el rollo que llevo en estos momentos.
—Ese rollo que ya dura veintidós años.
—Tienes razón. Mis tres primeras novelas son thrillers, y luego cambio a una novela histórica más… asentada. En El anillo hay una parte esotérica, muy de moda y del agrado de los lectores, pero a partir de ahí me voy a otra parte. Me da por cambiar. No he vuelto a vender tanto como con El anillo, pero no me importa; me lo paso bien con lo que hago. Si tú no lo disfrutas, no lo disfrutará el lector.
—¿No disfrutaste escribiendo El anillo?
—Entonces sí. Fue muy divertido. Era un tono irónico, ligero, pero no encaja con lo que se entiende como una novela histórica, aunque siempre pongo algo de humor en mis novelas, como cuando el trovador se queja de que las damas no son lo que eran. Las matanzas y las guerras eran terribles, y ya se ve que las describo con detalles e intensidad, así que en algunos pasajes hay que cambiar un poco el tono.
—Me ha chirriado cuando Berenguer de Entenza le dice a Galbors, su mujer: “¡Cállate de una puta vez!”.
—¿He escrito “de una puta vez”?
—He consultado en internet a ver si esa expresión existía en el siglo XIII, pero la IA no ha sabido responderme.
—La palabra puta viene del latín putus. En mi novela hay un momento en que digo de Artal que está encoñado (por Beatriz, la bella chipriota) y esa expresión podía existir, ya que también procede del latín, de cunnus, llamado vulgarmente al sexo de la mujer.
—Me sorprende que no se haya llevado al cine ninguna de tus novelas, ya que viviste en Estados Unidos, muy en contacto con ese mundo. De hecho, trabajaste en la Paramount hasta el 2008.
—No es tan extraño. Para empezar, mis novelas son muy costosas: una batalla marítima con ochenta naves o la caída de San Juan de Acre requieren una producción del tipo de El reino de los cielos, de Ridley Scott, que costó más de cien millones de dólares. A mí me propusieron llevar al cine El anillo, pero no acepté en ese momento porque era hacer la competencia a la empresa en la que trabajaba y me hubiese traído problemas.
—¿Cuál sería tu novela menos costosa para la gran pantalla?
—Cualquiera de las tres primeras, que son thrillers, incluso El anillo.
—Para tu mujer (se lo pregunté hace poco) su novela favorita es Prométeme que serás libre.
—Es mi novela más romántica. Hay muchos lectores, incluso hombres, que han llorado ahí.
—Y para ti, ¿cuál es tu novela preferida?
—La última, siempre la última. Es el niño pequeño. Pero también me encanta Tiempo de cenizas, sobre el siglo XV, el Gran Capitán, los Borgia, Maquiavelo; y me emociona Canción de sangre y oro, y el enfrentamiento de Pedro III contra los franceses… En fin, todas tienen algo que me implica.
—Después de obtener el Premio Fernando Lara, que eran 120.000 euros, dejaste el grupo Planeta para pasarte al grupo Penguin. ¿Por qué cambiaste de editorial?
—Veía oportunidades interesantes en el nuevo grupo; además, en la vida está bien cambiar de vez en cuando.
—¿Vas a escribir más libros sobre el siglo XIII?
—No lo sé. Quizás no tenga tiempo. Actualmente estoy proyectando una novela sobre el siglo XIX, pero tengo otra en reserva otra sobre el siglo XVII español.
—El barroco.
—Sí, hay momentos en la Historia que me motivan. Me ha encantado ese siglo XIII (¡se nota!), la época de los trovadores y de la expansión española por el Mediterráneo. Luego, el siglo XV fue el más esplendoroso de la historia de España. Lo mejor que hemos tenido fue el reinado de los Reyes Católicos, incluso muerta Isabel de Castilla. Fernando de Aragón fue el gobernante en el que se inspiró Maquiavelo para escribir El príncipe. Se lograron grandes cosas para España.
—Dante es un personaje del siglo XIII, aunque no te ha llamado la atención.
—Dante, en cierto modo, está en mis libros. En la Divina comedia habla, y habla muy bien, de personajes que aparecen en mis novelas. Habla de Pedro III y de su mujer, Constanza, y habla mal de los franceses, de los Anjou y del papa.
(Aquí lo dejamos. La cena nos aguardaba, y como estábamos en Villa Retiro, un lugar alentador, apetecía el retiro. Una apreciación para los que sigan la bibliografía de Jorge Molist: su primera novela, Los muros de Jericó, se reeditó cinco años después bajo el título más a la moda de El retorno cátaro).
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Fotos del artículo: Ana Turón y José María Plaza





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