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Fay Wray, la bella que redimió a la bestia

Fay Wray, la bella que redimió a la bestia

Habría muchos más, no cabe duda. Pero yo sé de un par de monstruos que el ocho de agosto de 2004, el día que la inolvidable Fay Wray emprendió el viaje sin regreso, lloraron la muerte de la reina del grito en el Hollywood de los años 30. El primero fue el rey Kong, que, abrumado en el parnaso cinéfilo, la recordaba cuando se encaramó con ella a lo más alto del Empire State Building de Nueva York, mientras una escuadrilla de Curtiss SBC Helldiver, de la armada estadounidense, le ametrallaba inclemente. Fue en la secuencia cúspide —nunca mejor dicho— de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933). El segundo de esos monstruos a los que me refiero fue mi menda. Siempre me ha conmovido el encanto de esas chicas cuya belleza es capaz de apaciguar hasta la redención la brutalidad de las bestias. La historia de King Kong se me figura como una de las mejores variaciones del viejo mito.

Supongo que el magnetismo de Fay debió de ser como esa música que dicen amansa a las fieras. Pero la agudeza de sus chillidos tampoco era una tontería: el que soltó espantada al encontrarse frente a la desmesura —libinidosa para los más suspicaces— de su bestia la convirtió en la reina del grito del Hollywood anterior a la entrada en vigor del Código Hays (1934). Aquel ocho de agosto en que quedó finada en la eterna ausencia de los muertos, yo escribí sobre Fay por primera vez. Y fue su creación de Ann Darrow, aquella actriz en paro, paradigma de las chicas de la gran depresión que sucedió al crac del 29, la que robaba manzanas cuando Carl Denham (Robert Armstrong) la descubre y la incluye como protagonista del rodaje que prepara en la Isla de la Calavera…

"Mi inclinación por el vampiro en modo alguno ha de entenderse como menoscabo a una de las más altas cotas del cine fantástico de todos los tiempos"

Hace apenas unos días, esta misma semana, dando cuenta de un documental del año 21 de Brian Volk-Weis sobre Aliens: El regreso (James Cameron, 1986), volví a pensar en Fay y en su personaje señero. En un momento dado, entre las amenidades que Volk-Weis nos cuenta, se habla de cierta búsqueda entre las niñas de las bases del ejército estadounidense destacadas en Europa que fuera capaz de emitir precisamente el grito requerido para Newt, la niña incorporada finalmente por Carrie Henn. Porque, en efecto, los alaridos de esta pequeña eran aquellos, exactamente, que Cameron quería. Parece ser que no gritan igual las crías estadounidenses que las británicas —Aliens: El regreso se rodó en los estudios Pinewood de Londres—. Desde entonces, desde que supe de estas supuestas diferencias, vengo dándole vueltas a esa metafísica del grito, que tuvo en los albores del cine parlante —cuando los chillidos, amén del espanto que se cernía sobre los personajes femeninos, iban a demostrar las posibilidades dramáticas del cine sonoro— su mayor apogeo y en los de la pequeña Newt una de las cumbres de la pantalla de su tiempo. La reina del grito de Hollywood precódigo fue Fay Wray; la del Hollywood de las secuelas y el adocenamiento, la pequeña Carrie Henn. Aquella enamoraba a un monstruo —“No fueron los aviones, fue la bella quien venció a la bestia”, sentenciaba Denham ante el cadáver del fabuloso primate—; la niña, por su parte, despertaba los instintos maternales en una virago del calibre de Ripley (Sigourney Weaver), la oficial más aguerrida de la Nostromo. Decididamente, hay toda una metafísica en los gritos.

La linde que separa el terror de la ciencia ficción es tan difusa como suelen serlo las fronteras naturales. Así que esa hegemonía que algunos damos al Drácula de Tod Browning, el canónico, dentro del repertorio ideal del cine de terror de los años 30, en opinión de otros comentaristas corresponde a King Kong. Mi inclinación por el vampiro en modo alguno ha de entenderse como menoscabo a la cinta de Schoedsack y Cooper, a todas luces una de las más altas cotas del cine fantástico de todos los tiempos, generadora de iconos cinematográficos de la talla de los ya aludidos: Kong enfrentándose a las avionetas en la antena del Empire; Ann al descubrir al primate en la jungla y enamorarle perdidamente con el primero de sus chillidos…

Aunque Mae Clark ya había gritado a modo en El doctor Frankenstein (James Whale, 1931), el primer grito que habría de quedar grabado en la historia del cine fue el pronunciado por Fay Wray. En aquel tiempo, los responsables de la RKO no debían de ser tan escrupulosos para el acento del espanto como habrían de serlo los de la Fox cuando el rodaje de Cameron: Fay era canadiense: había nacido en Alberta en 1904.

"Como para tantos de aquellos hombres y mujeres que pusieron en marcha el primer Hollywood, para la inolvidable Vina Fay Wray el cine también supuso el hallazgo de la fortuna"

Y muchos años después, cuando ya era una de esas actrices a las que los cinéfilos se acercan con la mirada encendida, uno de estos filmófilos la abordó para decirle que llevaba media vida queriendo conocerla. Habida cuenta del afecto con que le recordaba en sus memorias —Por otra parte (1989)—, me atreveré a jurar que nuestra reina del grito, siempre que era saludada por algún admirador de mirada encendida, se acordaba de su segundo marido —Robert Riskin, un guionista de Frank Capra—, un tipo a la antigua usanza que, mientras duró el matrimonio, la retuvo en su casa.

A diferencia de Ann Darrow, la joven parada que quiere ser actriz cuando enamora al monstruo, Fay ya había desarrollado una encomiable carrera como heroína y villana de la pantalla silente. Así, entre sus primeros personajes, se encuentran creaciones como la Christine Charteris de La legión de los condenados (William Wellman, 1928), la Mitzi Schrammell de La marcha nupcial (Erich von Stroheim, 1928) o la Ritzy de Thunderbolt (1929), esa maravilla del gran Josef von Sternberg que, en opinión de algunos comentaristas, es la primera cinta negra que la historia registra. Como para tantos de aquellos hombres y mujeres que pusieron en marcha el primer Hollywood, para la inolvidable Vina Fay Wray el cine también supuso el hallazgo de la fortuna.

La futura reina del chillido apenas contaba tres años cuando las circunstancias adversas obligaron a su numerosa familia a cruzar las cataratas del Niágara y abandonar Canadá en busca de la suerte. Adolescente aún, el debut de la actriz en la pantalla se produjo en 1923. A partir de entonces, los títulos se suceden a un ritmo imparable. Hay algo en su belleza que evoca el desparpajo y la sabiduría de las chicas de la calle. El gran Erich von Stroheim sabe darle un matiz sombrío en la colaboración ya citada; Wellman, por su parte, se inclina por una Fay más etérea y la pone de pareja de Gary Cooper. Será Irving Pichel y Schoedsack quienes aproximarán por primera vez a la estrella a uno de los géneros en los que más habría de brillar: el terror. Lo hacen al confiarle la Eve Trowbridge de El malvado Zardoff (1932), una cacería humana llevada a cabo en una isla que anuncia el escenario de King Kong.

"Convertida, merced a su creación de Ann Darrow, en la reina del grito y siendo los años 30 la edad de oro del cine de terror y fantástico, Fay Wray no tarda en ser reclamada por la Universal"

Pero tampoco hay duda: es ese encanto del arroyo, que rezuma en ella, el que hace que los productores de King Kong la encomienden el papel de Ann Darrow, esa hermosa ladrona de manzanas en la que parece resonar la mismísima Eva. “Merian C. Cooper me llamó a su oficina y me mostró bosquejos de una selva”, recordaba la actriz al cabo de los años. “Después me dijo que iba a trabajar con el galán más alto de Hollywood. Yo pensé que me hablaba de Clark Gable. Sin embargo, me enseñó el dibujo de un simio gigantesco”. Ahora bien, que nadie se llame a engaño. Apenas comprende miss Darrow la nobleza del sentimiento que hace brotar en “la octava maravilla del mundo” —como anuncian a King Kong sus captores—, siente por él ese cariño que inspira la pena. Ella será quien más sufra el triste final del gorila gigante cuando éste es abatido.

Convertida, merced a su creación de Ann Darrow, en la reina del grito y siendo los años 30 la edad de oro del cine de terror y fantástico, Fay Wray no tarda en ser reclamada por la Universal, el estudio que capitaliza el nuevo espanto y a sus criaturas de la noche. Así da vida a la Ruth Bertin de El murciélago vampiro (Frank R. Strayer, 1933). No obstante, en nuestro 2026 despiertan mucho más interés un par de interpretaciones anteriores a las órdenes de Michael Curtiz: la Joanne Xavier de Doctor X (1932) y la Charlotte Duncan de Misterio en el museo de cera (1933).

Pero la gran Fay llevó a cabo sus mejores creaciones para la Universal a las órdenes del nunca bien ponderado Karl Freund: fueron la Marie Franck de Madame Spy y la Janet Krueger de The Countess of Montecristo, ambas de 1934. Entre sus posteriores trabajos, cumple dar noticia de la Teresa de ¡Viva Villa! (Jack Conway, 1934). Retirada de la gran pantalla desde 1942, cuando nos privó de ella aquel marido a la antigua usanza tras un fugaz regreso como secundaria, la inolvidable Fay Wray intervino esporádicamente en series de televisión como Perry Mason y 77 Sunset Strip. “Siempre que vuelvo a Nueva York, ante la línea del cielo de la ciudad y la exquisita silueta del Empire State, mi corazón late con mayor rapidez. En realidad, es una sensación que me gusta” Y a mí lo que aún me gusta es la manera en que la bella recordaba a la bestia después de tantos años.

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