Poner a un aeropuerto el nombre de un tipo que murió en un accidente aéreo quizá no sea la mejor de las ideas. Si hace diez años me hubiesen dicho que tendría que volar a un aeropuerto que se llama Antoine de Saint-Exupéry, habría declinado la invitación amablemente alegando la primera excusa que se me hubiese venido a la cabeza. Padecía entonces una aerofobia persistente que me llevaba a evitar cualquier desplazamiento por aire. La sola idea de subirme a un avión me causaba sudores fríos y me sumía en insomnios prolongados, y aunque finalmente logré superar el trauma emprendiendo un viaje transoceánico que era requisito indispensable para acceder a una oportunidad que se iba a revelar fructífera, quedan todavía rescoldos que prenden cada vez que emerge en el horizonte la perspectiva de un periplo entre las nubes. Por eso cuando me llegaron los billetes a Lyon sentí un nudo en el estómago al ver impreso en ellos el nombre del autor de El Principito, que como todo el mundo sabe desapareció cuando efectuaba un vuelo de reconocimiento en la Segunda Guerra Mundial. Bien es cierto que lo suyo fue una acción bélica y que según parece sus condiciones físicas no eran las mejores, pero ni esos argumentos impedían que el aerófobo residual que soy encontrara señales que presagiaban mi muerte segura en cuanto atravesara el umbral de la puerta de embarque.
Como suele pasar, no ocurrió nada, por mucho que me resultara inquietante el vacío de la T4 de Barajas —cosa normal, por otro lado: era la tarde del Jueves Santo y los que iban a viajar ya lo habrían hecho— y el tamaño casi doméstico del avión, con su carcasa adornada por un reclamo publicitario que cantaba las excelencias de La Rioja. Despegamos con arreglo a las leyes de la física, la placidez del vuelo se vio mínimamente interrumpida por unas turbulencias breves cuando sobrevolábamos los Pirineos y el aterrizaje fue tan suave que apenas me enteré de que al fin habíamos tomado tierra. Eran alrededor de las doce de la noche cuando los pasajeros —no muchos, seríamos a lo sumo medio centenar— descendimos por la escalerilla a la pista y enfilamos el camino del aeropuerto, ignorantes aún del giro brusco de guion con que el destino iba a tener a bien obsequiarnos. Íbamos siguiendo disciplinadamente las señales a lo largo de un pasillo curvo y abandoné el grupo para pasar un momento por el lavabo. Cuando salí, me encontré a todos mis compañeros de viaje apelotonados unos metros más adelante, en el espacio en el que estaban instaladas las cabinas del control de llegadas. Todas las puertas estaban cerradas y no había nadie al mando. Ni gendarmes, ni personal aeroportuario, ni siquiera otros viajeros a los que la circunstancia hubiese dejado tan varados como nosotros. El pasillo curvo parecía seguir tras una puerta medio abierta que sólo permitía entrever dependencias de servicio, y al otro lado de los cristales se asomaba una noche impenetrable en la que no había opción de hallar respuestas. Primero pensamos en un descuido o una ausencia momentánea —«algo habrá pasado y habrán tenido que salir, volverán en seguida»—, pero transcurrían los minutos en el reloj y allí no aparecía nadie. Alguien aventuró la posibilidad de una huelga general y una mujer dijo que, de ser por eso, nos habrían dado algún aviso antes del vuelo. Otro dijo que tal vez se habían olvidado de nosotros y los trabajadores del aeropuerto se habían ido tras dar por finalizada su jornada laboral. Puestos a bajar hipótesis fantasiosas, llegué a aventurar que bien podía haberse dado una gran debacle nuclear mientras nos encontrábamos tan tranquilos en el aire y que tal vez fuésemos los únicos seres humanos supervivientes, salvados del holocausto por nuestro modesto avioncito de Iberia Regional, por lo que más nos valdría hacer acopio de todos los alimentos y bebidas que pudiéramos sacar por las bravas de las máquinas de vending antes de romper los vidrios y salir al exterior y dejar que la radiación nos mate lentamente. Dejo de elucubrar porque no parece que mi gracieta tenga éxito —la gente está entre exhausta y cabreada, se va haciendo tarde y aún hay que llegar a Lyon desde el aeropuerto; puede que alguno piense que me ha dado un mal aire— y porque aparece de repente un guardia de seguridad que poco soluciona: nos pregunta sorprendido qué hacemos allí, como si la culpa fuese nuestra. Le explicamos que nos encontramos en esa situación muy a pesar nuestro y opone que lo único que puede hacer es dar aviso a la policía porque él en esa parte del aeropuerto no tiene tela que cortar. Un chico con apariencia de estudiante me mira y dice en un español con resonancias francesas: «Bienvenidos a Francia, ahora ustedes entenderán por qué nosotros nos vamos a España». No soy yo nada chovinista, pero pienso en los compatriotas que constantemente se quejan de los retrasos de los trenes y me digo que en todas partes cuecen habas. El guardia de seguridad hace una llamada y desaparece. Durante diez o quince minutos nos volvemos a encontrar solos hasta que aparece una gendarme que, finalmente, abre la puerta de salida. En todo este lapso de media hora larga me ha telefoneado dos veces el conductor que me está esperando fuera y que no acaba de entender por qué no acabo de llegar. Me acordé de mí mismo hace diez años, de Saint-Exupéry, y me pregunté si no sería más sensato dejar de temer a los aviones y empezar a desconfiar de los aeropuertos, esos lugares en los que uno puede perderse sin hacer otra cosa que llegar a su destino.


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