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Me vale cualquier síntoma para empezar a morirme

Me vale cualquier síntoma para empezar a morirme

Una mañana amaneces raro, alcanzas el baño y, horror, las primeras aguas menores lucen rojizas. Otro día, no mucho después, son las aguas mayores las que te arruinan el día porque las percibes bastante oscuras. Sin salir del aseo, descubres un lunar más feo que los demás. Y ahora que la tos ya no te parece que dure más de la cuenta, te da la sensación de que el dolor de cabeza no solo es muy prolongado, sino que además no es la típica cefalea tensional, sospechas que hay algo más, seguro. ¿De verdad, es posible acumular tanto indicio temible en un único organismo y en apenas un par de meses? Es posible. Puedo demostrarlo.

A la obsesión propia del hipocondriaco habitual, sumo en mi caso la escritura de demasiadas notas de prensa sobre el tumor de vejiga, el de pulmón o el colorrectal, sobre el melanoma o el glioblastoma, por citar solo los insinuados en el párrafo de arriba. Para sociedades científicas o compañías farmacéuticas, ha enumerado uno tantas veces los factores de riesgo y los signos de alarma de esas y otras enfermedades que no necesitaba por entonces hundirme más consultando mi pronóstico al doctor Google ni lo necesito ahora preguntando a cualquiera de esas IAs capaces de cifrar el tiempo de vida que te queda como le prestes los resultados de tus análisis.

"Así que uno estrenaba el día con la esperanza de vida muy limitada y se iba de noche a la cama más eufórico que contento"

El hipocondriaco pata negra nunca se ofusca con la posibilidad latente de estar desarrollando una patología crónica y manejable. Solo concibe horizontes apocalípticos y encima ¡a corto plazo! En sus cálculos no hay sitio para el diagnóstico precoz, solo se imagina allí donde ya no cabe más que esperar. Tortura a su entorno con la cercanía del final. En realidad, martiriza a cualquiera a poco que gane un poco de confianza. Tiene la seguridad entre absoluta y casi absoluta de albergar en su interior una condena a muerte con escasas opciones de indulto. Volviendo a lo mío, una de esas opciones salvadoras es que ese prestigioso jefe de Servicio de un gran hospital al que entrevistaste hace dos meses o aquel médico de familia que tan bien te conoce se te pongan al teléfono, se aguanten la risa mientras describes el desastre y te saquen del pozo con algún argumento que de pronto te parece incontestable, que te conforta, que disuelve todas las angustias como por arte de magia sin necesidad de biopsias ni escáneres ni un triste tacto rectal. ¡Solo palabras, las palabras adecuadas dichas con autoridad!

Así que uno estrenaba el día con la esperanza de vida muy limitada y se iba de noche a la cama más eufórico que contento; la montaña rusa más extrema no es metáfora suficiente para ilustrar el tránsito que experimentas entre la resignación desoladora y el subidón anímico de saber que aún no toca, que todavía no ha llegado el día. Es una alegría efímera, solo dura hasta la próxima señal de alerta y esa ya está al caer. Resumiendo: hay muchos más días del año en que eres profundamente infeliz que lo contrario.

"Uno cree tener lo que realmente no tiene y tiene justamente lo que está convencido de no tener"

Saber, más o menos, asociar síntomas a enfermedades fatales tiene un lado positivo. Porque la misma falta de piedad que tienes para ti mismo se torna empatía, sentido común y habilidad para tranquilizar al amigo o familiar inquieto que, al ser alguien razonable, aún no baraja siquiera pedir cita médica. Son ese tipo de personas que no se identifican para nada con esta cita de Cioran: “Habiendo vivido siempre con el temor de ser sorprendido por lo peor, he tratado, en todas las circunstancias, de adelantarme lanzándome a la desgracia mucho antes de que sucediera”.

He recordado todo esto leyendo la Hipocondría, de Will Rees, que incluye meditaciones eruditas de quien ha indagado muy a fondo en la historia de esta condición, el modo en que ha ido cambiando la consideración que de ella ha tenido la comunidad médica (¿es o no es una enfermedad que merece ser tratada?), su plasmación en la cultura popular, mayormente en la libresca, y también, claro está, su propio testimonio personal como afectado en grave y constante amenaza (“Siempre era la misma canción: un cáncer que, al margen del lugar de su aparición: se había extendido con sigilo por todo mi cuerpo”).

Tiene el libro el mérito innegable de interesar a cualquiera sin renunciar al rigor filosófico en sus reflexiones, de sumar muchas páginas sobre el tema sin resultar disuasorio, seguramente porque por él circulan figuras obligatorias como Sigmund Freud, el Molière de El enfermo imaginario o Robert Burton como autor de Anatomía de la melancolía, pero asimismo otras más inesperadas como el George Costanza de la serie Seinfeld, el Melville de Moby Dick o el humorista británico Tony Hancock, autor de una frase que merece imprimirse en piedra, la de una lápida por ejemplo: “La hipocondría es la única enfermedad que no tengo”. Porque es tal cual: uno cree tener lo que realmente no tiene y tiene justamente lo que está convencido de no tener. Precisamente otro cómico, el escritor irlandés Spike Milligan, éste sí, se animó a dejar su epitafio preparado y así luce en su tumba escrito en gaélico: “Os dije que estaba enfermo”.

"En definitiva, los miedos se llevan mejor y se comparten menos, pero no conviene bajar la guardia"

Hablando de comediantes, aún no hemos citado a Woody Allen y eso es imperdonable. La hipocondría salpica unas cuantas películas suyas, especialmente esa maravilla que es Hannah y sus hermanas. Ahí su personaje resume a la perfección lo bien que marida lo dramático con lo divertido cuando hablamos de estas cosas. “Si el hipocondriaco”, escribe Rees, “es tan a menudo el hazmerreír de la gente, ello se debe sin duda a la grieta existente entre percepción y realidad: el hecho de que siempre se tome como una cuestión de vida o muerte lo que en realidad no es nada en absoluto”.

Decía Juan Ramón Jiménez: “Qué tristeza esto de morir sin haber visto todos los paisajes, sin haber leído todos los libros”. Quizá esta hipérbole explique de algún modo cómo a medida que uno va cumpliendo años, paisajes y libros, la perturbación se active con menos frecuencia e intensidad. En definitiva, los miedos se llevan mejor y se comparten menos, pero no conviene bajar la guardia. Daría mucha rabia que al final el síntoma más tonto, ese al que de entrada no merece la pena dedicarle mucha atención, ese precisamente, sea el que se nos lleve por delante.

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