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Tan cerca en todo momento siempre, de Joyce Carol Oates

Tan cerca en todo momento siempre, de Joyce Carol Oates

Cuando el amor se mezcla con la dominación, cuando el amor no es otra cosa que obsesión, cuando el amor humilla, lastima, esclaviza, ¿se trata todavía de amor? En estas cuatro nouvelles, Oates desarma la ficción del amor romántico, el enamoramiento adolescente y el amor familiar, y ofrece una visión lúcida de las relaciones amorosas en toda su violenta complejidad.

En Zenda ofrecemos un fragmento de la nouvelle Mal de ojo, presente en Tan cerca en todo momento siempre (Fiordo), de Joyce Carol Oates.

***

Le había pertenecido a su primera esposa, según le informó.

Primera esposa, dicho así, casualmente; ella, que era la cuarta esposa, no tenía razón alguna para malinterpretarlo.

Es decir, no tenía razón alguna para sentirse agraviada. Ni para sentir envidia, ni celos. Ni siquiera —pareció sugerir el esposo con ese tono casi negligente con el que hablaba de la primera esposa, con quien había estado casado hace mil años, cuando éramos otros— curiosidad.

Y así ella supo que no debía preguntar por esa esposa.

*

—Es un nazar, un talismán para protegerse del «mal de ojo». Los usan por todas partes en Turquía, Grecia, Irán. También en el sur de España, donde nació Inés.

La primera vez que vio aquel extraño objeto de cristal tallado fue la primera vez que entró a la casa del hombre de quien se volvería la cuarta esposa al año de haberlo conocido. Pero había tantos objetos curiosos y llamativos en esa extensa casa de piedra y yeso rodeada de aromáticos eucaliptos, tantas máscaras y esculturas primitivas, adornos exóticos, pantallas de seda y «sombras chinas», que se había sentido intimidada y no se había atrevido a preguntar, sino que prefirió admirar en silencio, como quien ha entrado a un museo sin previo aviso.

Ella era mucho más joven que el hombre; el tono apropiado a adoptar frente a él era de deferencia, sumisión.

Y de él aprendería, ya que era un hombre que tenía mucho que enseñar.

En efecto, el nazar se asemejaba a un ojo, aunque no humano; tenía un contorno azul oscuro en vez de blanco, y era plano en vez de esférico. Y era grande y no tenía párpado, miraba inerte hacia el frente, tenía unos veinte centímetros de diámetro y colgaba llamativamente junto a uno de los umbrales arqueados del comedor que llevaban a la cocina, al fondo de la casa.

Al mirarlo de cerca, se podía observar que el nazar estaba compuesto de círculos concéntricos; el ancho círculo azul oscuro del exterior, un círculo blanco interno más angosto, un círculo azul claro y, justo en el centro, una pequeña «pupila» negra. El cristal azul oscuro adquiría una belleza y luminosidad muy singular cuando la luz del sol lo atravesaba por las mañanas.

—La gente culta de esos países no cree propiamente en el nazar ni en el «mal de ojo», pero no se atreven a desafiarlo para no tentar al destino. Incluso hay una aerolínea turca que ostenta el nazar en sus aviones, para la buena suerte.

Ella pensó que, tratándose de suerte, necesitamos tanta como sea posible.

Pensó que quizás había visto uno de esos aviones en algún aeropuerto europeo, pero en ese entonces desconocía el significado del nazar.

—Es muy hermoso —dijo—. Y ominoso. Un ojo sin párpado.

—Bueno, está aquí desde siempre. Desde que Inés se fue, en 1985. Claro que ya no noto su presencia. Aunque si alguien lo quitara me daría cuenta.

Hasta los objetos menos agraciados de la casa de su esposo exudaban una especie de belleza perturbadora a la que Mariana quería creer que terminaría por acostumbrarse.

*

Poco tiempo después de esa conversación, aunque era imposible que hubiera una conexión directa con ella, Austin le informó a Mariana que Inés los visitaría pronto.

¿Inés? Durante un breve instante de confusión, Mariana no supo a quién se refería su esposo.

Austin Mohr conocía a tanta gente, y tanta gente lo conocía a él.

En las primeras semanas, meses, ya casi un año que llevaban juntos, Austin le había hablado de tanta gente que ocupaba un lugar prominente en su vida o que alguna vez lo había hecho que Mariana no lograba registrarla a toda: Suzanna, Harry, Darren, Félix, Michael, Cynthia, Enid, Jared, Henry, Florence, Inés… Eran colegas, hijos adultos y familiares, amigos cercanos, antiguas amistades y ex esposas. Cuando los mencionaba hablaba con tanto apasionamiento y fascinación que Mariana lo escuchaba con la desesperación con la que una niña perdida escucharía a un mayor darle instrucciones codificadas sobre todo lo que debe saber para poder volver a casa.

En ocasiones, a pesar de prestar tanta atención, Mariana se confundía.

—A ver, Mariana… «Henry» no es mi hijo el que está casado y vive en Seattle, ese es «Harry». —O, en otras ocasiones, con el ceño fruncido—: No es «Susan», sino «Suzanna», mi hija que vive en Shanghái, a quien todavía no conoces.

Después del sobresalto inicial, Mariana recordó a Inés. Claro: la primera esposa.

—Inés viene poco a los Estados Unidos, y solo querrá vernos, o, más bien, quedarse con nosotros, una noche nada más. Siempre ha sido su costumbre. Vendrá con Hortensia, la hija de su hermana. Es una chica agradable, una cellista talentosa, aunque no muy atractiva. No te angusties, Mariana, Inés no es una persona complicada. Puede parecer una prima donna, pero te aseguro que no lo es. Si no permites que te intimide, se portará bien.

Mariana intentó sonreír. Mariana sintió que el pánico la estrujaba.

La primera esposa vendría de visita, ¡y se hospedaría con ellos!

En la casa de sus padres, que era la única casa que Mariana había conocido en profundidad, era inconcebible que su padre o su madre invitaran a alguien a quedarse con ellos sin consultarlo primero con el otro.

¿O eran más bien dos invitadas, incluyendo a la sobrina?

Claro que esta era la casa de su esposo, en donde él vivía desde hacía treinta años.

Y Mariana estaba agradecida de vivir ahí. Con frecuencia le venía esa idea a la cabeza, como una descarga eléctrica. Agradecida de vivir. Ahí.

Su propia vida se había resquebrajado y derrumbado como una pieza de porcelana.

—Me gustaría que sonrieras, Mariana. Inés no es ninguna amenaza, ni para ti ni para mí, al menos en este punto de mi vida. Nos separamos de modo amistoso. En estos años le he seguido enviando dinero, pero solo porque es descuidada e irresponsable, no porque aún me corresponda. Y cuando viene a Estados Unidos tengo la costumbre, o más bien tenemos, de hablar de sus finanzas; si me dice con toda franqueza que necesita dinero, le daré dinero, pero solo si me lo pide.

Austin hablaba como si se tratara de una cosa cualquiera. Mariana no lograba descifrar si su tono era de arrepentimiento o ecuanimidad.

—¿E Inés no volvió a casarse? —preguntó Mariana con timidez.

El esposo soltó una carcajada, como si el comentario de Mariana hubiera sido sarcástico o mordaz.

—¡No! Para nada. Después de mí, Inés no volvió a casarse.

*

La nueva esposa, la cuarta esposa, era treinta y dos años más joven que la primera esposa, quien era dos años mayor que el esposo.

La diferencia de edades era como una de esas grietas abiertas en la tierra que solo son traicioneras si uno intenta franquearlas.

Mariana no sentía que ser la cuarta y más joven esposa fuera un triunfo; más bien tenía la sensación culposa de haber usurpado el lugar de otra mujer.

No dejaba de sorprenderle la despreocupación con la que su esposo hablaba de sus ex esposas.

«Cuando viajamos por la selva amazónica…»; «Cuando hicimos aquel documental sobre la ópera china, en Pekín…»; «Cuando armamos esa producción completa de Mahagonny en Edimburgo…». La primera persona del plural era indefinida, misteriosa, tanto como las edades de los múltiples hijos adultos de Austin, sus lugares de residencia y sus profesiones.

Mariana había sentido alivio cuando se casaron y ninguno de sus hijastros pudo asistir a la boda del padre. Había sido una boda pequeña y privada, apenas una breve ceremonia civil.

Había sido un momento tan feliz para ella, el corazón saturado de asombro, aunque el recuerdo que conservaba de la ceremonia en sí, en un pequeño juzgado local, era borroso.

Mariana sabía que uno de los hijos de Austin había muerto. Era un bebé que no había llegado siquiera al año.

Era el hijo de Inés. Y había ocurrido hacía mucho tiempo, en 1983, dos años antes de que naciera Mariana.

Qué extraño, qué poco natural resultaba que un hombre y una mujer compartieran una tragedia así, y otras muchas experiencias conyugales íntimas, y no estuvieran atados de por vida, como siameses. El concepto mismo de separación parecía demasiado burdo, hasta cruel.

Los padres de Mariana habían estado casados más de treinta años. Habían sido padres «mayores», su madre tenía cuarenta y uno cuando nació Mariana.

Se preguntaba qué habrían pensado sus padres de su matrimonio con Austin Mohr. Mariana esperaba que se alegraran por ella al saber que estaría protegida, ahora que ellos ya no estaban.

Intentaba no echarles la culpa de forma primitiva e infantil. No había nada que recriminarles.

Y entonces la dejaba sin palabras la forma en que su esposo se expresaba con tanta calma sobre el pasado, como si el pasado hubiese pasado irremediable e irrevocablemente.

[…]

—————————————

Autora: Joyce Carol Oates. Título: Tan cerca en todo momento siempre. Traducción: Ariadna Molinari Tato. Editorial: Fiordo. Venta: Todos tus libros.

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