Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte, un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para poder ayudarle. Mientras se echaba la siesta, decidí acercarme a la biblioteca pública para sacar al préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, del escritor Ōgai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio, 1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y 1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la literatura japonesa y lo que publica la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (si la guerra en Irán no lo impide), viajaré a Japón. Esa tarde de sábado empecé a leer la novela en mi cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.
Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir, sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer sobre literatura tendrán como referentes a escritores franceses como Jean Racine o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.
Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ōgai está representando una parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el prólogo, nuevamente, nos van a hablar de esto, pero después de haber leído tres novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki, gracias a sus fotografías. En el prólogo de Rubio leeré que la novela de Soseki titulada Sanshiro, publicada en 1909, fue una inspiración para Juventud, de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.
La novela está escrita en tercera persona, y el narrador, en algún momento, cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno del otro, aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de un diario que Junichi ha empezado a escribir.
A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto, al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le acabará pidiendo dinero prestado, y por otro lado está Omura, un estudiante de medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, que parece un tipo más noble, y con el que puede compartir su pasión por la literatura.
En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio espiritual —reflexionó Junichi—. Pero te confieso que a veces siento que mis nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo», le confesará Junichi a su amigo en la página 212.
Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela, como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.
Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa a partir de la era Meiji son europeos, y en este sentido es normal que, al leer literatura japonesa del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una flor, de Yuriko Miyamoto, que sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa. Algo similar he sentido con Juventud, de Ōgai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción —a cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan— traslada al español un estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin embargo, he sentido que a Juventud le faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro, de Soseki, Indigno de ser humano, de Dazai o la tetralogía de El mar de la fertilidad, de Mishima. Aunque también es cierto que, en los tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.


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