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Javier Chicote: “El boxeo es una metáfora de la vida”

Javier Chicote: “El boxeo es una metáfora de la vida”

El boxeo y el periodismo son un matrimonio indisoluble. La tercera pata de esa relación es la literatura. W. C. Heinz sentó cátedra a la hora de fusionar todo en su obra maestra El profesional, publicada en 1958. También escribieron de este deporte Ernest Hemingway, Norman Mailer o Jack London. Pero el libro definitivo del pugilismo es obra de Joyce Carol Oates, Del boxeo (On Boxing, 1987); un ensayo lleno de frases memorables: “se juega al fútbol, no se juega al boxeo” o “si no se puede golpear, por lo menos se puede ser golpeado, y saber que todavía estás vivo”. En España, el gran referente fue Manuel Alcántara, un periodista que destilaba sabiduría pugilística y contó, como nadie lo ha vuelto a hacer, lo que pasaba en el ring en sus crónicas tecleadas en una Olivetti. «El boxeo es el arte de quitarse a golpes el hambre», afirmaba el maestro. El boxeo es una de las pasiones del periodista Javier Chicote, y eso se nota en la lectura de su primera novela, Demonios bajo la cama (Harper Collins), un thriller poético sobre las cloacas del poder, un libro sobre la inevitabilidad de la corrupción. Por muy honrado que sea el político, por muy honesto que sea el púgil, ninguno de ellos va a poder escapar de ella.

Hablamos con Javier Chicote de sacar los puños cuando publicas una exclusiva, sobre los corruptos sacados de la realidad que se cuelan en su ficción y acerca de los demonios que nos asaltan cuando se apagan las luces de la habitación.

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—Doce capítulos como doce asaltos de boxeo. 

"En la vida, en el periodismo, tenemos que tener nuestra esquina, y allí alguien que nos cuide, que cuando te des la vuelta, esté ahí"

—Los combates por el título son siempre a doce asaltos. El boxeo es una metáfora de la vida. Esa lucha es una lucha con reglas. No es casualidad que tantas expresiones boxísticas se utilicen en la vida real: salvado por la campana, besar la lona, estar contra las cuerdas… Un boxeador tiene que tener una esquina. En la vida, en el periodismo, tenemos que tener nuestra esquina, y allí alguien que nos cuide, que cuando te des la vuelta esté ahí. Hay una frase de un boxeador argentino, Ringo Bonavena, que peleó con Muhammad Ali, sobre la importancia de esta esquina, y también de la soledad del boxeador. Esto es algo que pasa, como comentaba, en la vida, y también en el periodismo: puedes tener un entrenador, un manager, pero cuando suena la campana y te quitan el banquito estás tú solo. Por eso es importante tener alguien que te cure las heridas y un equipo que te ayude.

—El capítulo 5 se titula “El ring”, y por ahí se cuela la historia de Charles “Sonny” Liston, el del famoso “golpe fantasma”.

—Metí unas referencias a Muhammad Ali porque está en dos carteles del gimnasio. También sale esa pelea mítica con Sonny Liston, de la que incluso se llegó a rumorear que podía haber sido amañada. He incluido esas referencias porque a mí me flipa el boxeo; de hecho, esta es casi una novela escrita a golpes. Hay golpes al hígado, crochés, jabs; hay todo tipo de golpes y, al final, también hay un KO.

—Y se lleva la famosa de Ali a su terreno: “Flota como una mariposa cuando buscas una información, fluido, esquivo; pica como una abeja cuando la publicas”.

"Luego hay que golpear: llega la hora de publicar, y ahí es cuando sales a pelear; llega el momento de sacar los puños y de picar como una abeja"

—Hace muchos años que estoy vinculado al mundo del boxeo, pero el personaje de la novela, Mateo, lo descubre por casualidad, al encontrarse con Leo, que es el alter ego de Jero García. Cuando este periodista ve esa frase, se da cuenta de que es aplicable al periodismo. Cuando estás investigando de forma sigilosa eres ligero, delicado y fino. Y luego hay que golpear: llega la hora de publicar, y ahí es cuando sales a pelear; llega el momento de sacar los puños y de picar como una abeja.

—Jero García, además de campeón de boxeo, es también un buen lector. ¿Le ha gustado tener un trasunto en la novela?

—Pues te voy a confesar que aún no la ha debido de leer, porque no me ha comentado nada. Lo veré en breve; ya empieza a ser momento de preguntarle. (Risas) Le comenté que salía su gimnasio, pero nada más. Como soy malo, así voy a saber si la ha leído de verdad.

—¿Por qué ha cambiado el nombre a los partidos políticos y se ha inventado otros?

—Esta es la primera vez que escribo ficción y acordé con la editorial hacerlo así. El bar en el que se enamoran Mateo y Ana es real; todo lo que describo es así, pero también le he cambiado el nombre. En el caso de los partidos políticos, aunque les he cambiado el nombre, queda muy claro cuál es el partido socialdemócrata y quiénes son los liberales.

—Ocurre lo mismo con los medios de comunicación. Y también con el mítico hotel Landa (Burgos), que en su libro es el Banda. 

—Yo soy de La Rioja y he parado muchas veces en este hotel que está en la Nacional N-1. En la época de la guerra sucia, la de los GAL, por allí pasó mucha gente que iba al norte, como José Amedo y Michel Domínguez. Por eso quise poner en este lugar la escena de los sicarios. Lo consulté con la editorial y decidimos llamarlo Banda.

—¿Cuántos personajes reales están camuflados en su libro?

"Todos los nombres de los personajes tienen sentido. Gloria Cárdenas se llama así por un homenaje que hago a mi madre, que murió hace poco"

—Personajes reales hay unos cuantos. Aparecen algunos, como el de la tesorera, que no son personajes reales pero tienen sus reminiscencias. Luego aparecen otros, como el político corrupto Salvador Permán, que son reales. En el caso de Permán, lo que hace en el libro es cierto, porque yo tengo constancia de ello. También hay personajes intermedios, como el Pollo Melquíades; un personajazo, el que más me gusta de la novela. El Pollo está basado en dos personas: el corruptor que me contó cómo funcionaba la trama de la Operación Púnica, un alto ejecutivo de una constructora que me contó de qué forma se corrompía a los políticos, y luego el personaje real de las orgías con Salvador Permán. También hay un periodista que no soy yo. Todos los nombres de los personajes tienen sentido. Gloria Cárdenas se llama así por un homenaje que hago a mi madre, que murió hace poco; Gloria era su nombre y Cárdenas es el del río que nace en las montañas de mi pueblo. Hay más homenajes, como los que hago a los periodistas Jorge Navas y Juan Fernández Miranda. No hay absolutamente nada al azar en la novela.

—En las páginas de su novela, Koldo habría pegado mucho. 

—Sí, sí, sí. (Risas) Tengo mucha experiencia en el mundo de la corrupción, y se nota. Habrá gente que pensará en Ábalos, eso es inevitable, y en Koldo de alguna forma, por un jefe de gabinete que también aparece por ahí.

—¿En España la corrupción es endémica? ¿La hemos normalizado? 

"No sé si la corrupción es endémica pero está entre nosotros y va a seguir acompañándonos. Puedes combatirla, reducirla, perseguirla, pero no la vas a erradicar por completo"

—La corrupción es intrínseca al ser humano. Cuando nace un niño, no le dicen a la madre: “Ha tenido usted un corrupto”. Pero el corrupto se hace. Y hay personas más predispuestas a la corrupción, por lo que sea: por educación, genética… Al final se corrompe el que tiene la oportunidad de corromperse. Si por tu trabajo no tienes la oportunidad de corromperte, pues no te vas a corromper. El mérito lo tiene el concejal de urbanismo al que le ofrecen una mordida y la rechaza. ¿Qué ocurre? Que hay algunos, entiendo que es un porcentaje pequeño, que cuando ven pasar el dinero por delante, se corrompen. Esto es algo que ha pasado siempre y que va a seguir pasando. En la investigación del Watergate —el escándalo político de los años 70 en los Estados Unidos— hay una frase que se repite: “Follow the money” (sigue el dinero). Si en la construcción del AVE a la Meca se emplean once mil millones de euros, seguro que no todos han tenido un destino honrado; una parte pequeña se ha “distraído”. No sé si la corrupción es endémica, pero está entre nosotros y va a seguir acompañándonos. Puedes combatirla, reducirla, perseguirla, pero no la vas a erradicar por completo.

—Has mencionado al periodismo de los años 70 en Estados Unidos, todo un referente. ¿Cómo ves el desmembramiento de The Washington Post desde la compra del periódico por parte del dueño de Amazon, Jeff Bezos?

—Es un proceso muy peligroso. El periodismo de investigación se ha identificado muchas veces con los Estados Unidos; allí es donde salió el concepto de watchdog journalism, el periodismo como perro guardián de la democracia. Yo entiendo el periodismo como un contrapoder. No me gusta lo del periodismo como un cuarto poder. Hay dos grandes poderes, que son el político y el económico, y el periodismo tiene que ser un contrapoder que vigile sus excesos. Los medios de comunicación, para que sean independientes y funcionen, lo ideal sería que estén en manos de editores, de gente que ha tenido tinta en las manos, de gente que son empresarios, pero de la comunicación. En el momento en que el poder económico de empresas como las que citas se hace con los medios se desvirtúa su función y puede ir contra esa independencia de los medios. No creo que estos magnates compren sólo los periódicos como una línea de negocio más que les pueda dar beneficios, sino que lo hacen por el poder que les da tener medios de comunicación con los que apretar al político al que quieren apretar o defender al que quieres apoyar.

—La crisis de Google Discovery —el cambio en el algoritmo ocurrido hace unos meses— ha provocado que muchos medios de comunicación sean más dependientes de la publicidad institucional.

—Lo ideal es que los lectores, en el caso de periódicos, fueran tu principal fuente de financiación al comprar el diario. Si nosotros vendiéramos 200.000 ejemplares cada día no habría ningún problema. ¿Qué ocurre? Que eso está bajando mucho: el papel ya no se vende, en internet es muy difícil ganar dinero, la publicidad es muy barata y conseguir suscriptores es dificilísimo, porque la gente se ha acostumbrado a pagar los diez euros de Netflix, pero no los del periódico. Entonces hacemos campañas de ofertas, con las que conseguimos muchos suscriptores que se dan de baja después, cuando les pasas al precio normal. Entonces, si no vives de los lectores, pues vas a vivir de la publicidad institucional o de la comercial, de convenios con empresas, de convenios con administraciones, y eso te puede restar independencia.

—Hay una escena de la novela que atraviesa con fuerza a los protagonistas: la muerte de un neonato. Da la sensación de haber vivido esa experiencia muy de cerca.

"Escribir sobre ello ha sido una terapia. Es un demonio que tengo dentro. Tengo dos hijos que perdí y que no me va a devolver nadie"

—Es cierto. He perdido dos hijos recién nacidos por prematuridad extrema y lo que cuento es cómo fue. En la novela hay una mezcla de los dos. Eso fue algo que yo he vivido, y eso se nota al leerlo. Yo he estado en esa UCI. Mi hija mayor sobrevivió después de tres meses en ese lugar, su mellizo murió, y el siguiente también falleció por un problema cerebral. Es algo terrible. Escribir sobre ello ha sido una terapia. Es un demonio que tengo dentro. Tengo dos hijos que perdí y que no me va a devolver nadie. Cuando llego a la cama por la noche me esperan mis demonios y me lo recuerdan. Al final, el tema de la corrupción fue una excusa para contar la verdadera historia: los sentimientos, los fracasos, las tragedias que han vivido los personajes y que yo los dibujo como demonios.

—Terminamos. Ahora que le ha picado el gusanillo de la ficción, ¿cuándo volverá con un nuevo thriller?

—Tengo demasiadas cosas: llevo el área de investigación del periódico, el programa de televisión, la universidad, la familia… Las veinticuatro horas del día se me hacen cortas. Después de El jefe de los espías (Roca, 2024) quería parar, pero me llegó esto y me lie yo solo… Tengo en mente hacer una cosa real, un libro reportaje de mi área de investigación con Juan Fernández Miranda. Quiero volver a trabajar juntos, porque lo hacemos muy bien. Y por otra parte, creo que Demonios bajo la cama ha dejado varios personajes que podrían, de alguna forma, tener continuación.

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