Carla Merino Fernández-Pellón (Vitoria, 1977), o sea, Carla de La Lá, sostiene que el feminismo no es la negación del liberalismo, sino “su corrección más brillante”. Periodista, escritora, directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid, profesora en el CEU y colaboradora de Zenda, acaba de publicar su primer ensayo, Feminismo irreverente (La Esfera, 2026), en el que carga contra el heteropatriarcado, “el gran credo invisible, donde ellos mandan y nosotras servimos”, e insta, a diferencia de Fallarás, Montero y demás marcas blancas, digo, moradas, a no odiar a los hombres: “Eso, además de injusto, es estúpido. Culpabilizar a individuos por problemas sistémicos es tan ridículo como culpar al cajero del banco por la crisis financiera”. Conversamos en la Plaza de las Comendadoras con la madre de Inés y Pepe, “el mayor atentado contra mi libertad y lo único que quiero más que a ella”, a quienes dedica el libro.
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—Antes de nada, ¿qué es una mujer?
—Una mujer es la hembra del género humano. XX. Normalmente, tiene útero, menstrua, puede tener hijos, etcétera. No tengo ninguna duda sobre eso.
—¿No es un constructo, entonces?
—No, no. De hecho, eso me molesta mucho desde el feminismo. Desde otro punto de vista, no me molesta. Respeto muchísimo a todas las personas trans del mundo, como no puede ser de otra manera. Si se sienten mujeres, me parece genial. Ahora bien, si hablamos desde el feminismo, que es una ciencia social bastante consolidada y que lucha por la igualdad y la libertad de las mujeres… El machismo se basa, justamente, en las diferencias biológicas; si las quitas de un plumazo… Lo siento mucho, pero el heteropatriarcado se asienta sobre una vulnerabilidad de base: las mujeres nos pasamos cinco días al mes menstruando, después viene el parto, la lactancia… Eso hace que los hombres salgan de la cueva, se hagan con todo el poder y con el dinero. Esto, que empezó como algo bondadoso, como un reparto lógico para la supervivencia, al pasar los siglos, se convierte en un sistema de poder en el cual la mujer tiene muchísima menos libertad y el hombre ostenta todo el poder. Y eso se basa en diferencias biológicas desde la concepción.
—En ese sentido, ¿la biología es fascista?
—No. Somos complementarios. Alguien tenía que llevar dentro al bebé y quien lo amamante. Nos ha tocado a las hembras humanas y no a los varones. ¿Dios, si existiera, es machista? ¿La naturaleza es fascista? No lo creo, me parece pensamiento mágico. Se ha dispuesto así. ¿Por qué? No sé. Somos diferentes. Los hombres tienen unas fortalezas físicas y nosotras, otras. Hay que aceptarlo. Lo que no hay que aceptar es el machismo cultural. Ese sí tiene una intención. Y, contra ese machismo cultural, viene el feminismo con la intención de contrarrestarlo y alcanzar la igualdad y la libertad.
—Asegura que el feminismo no niega el liberalismo, sino que lo corrige.
—Cuando digo que soy “liberal”, no me refiero ni a “libertaria” ni a “neoliberal”. Hablo del liberalismo de la Ilustración, de las declaraciones de derechos del hombre y del ciudadano que se dieron en varios países. Eran una falacia: sólo liberaban a los hombres heterosexuales privilegiados. En esos contratos de Locke o de Montesquieu no aparecían las mujeres. Ni en la letra pequeña ni en ningún sitio. Por eso digo que el liberalismo es la minoría de edad de la libertad y de la igualdad de los hombres, y que el feminismo es su mayoría de edad. Viene a corregirlo. A decir: “Oye, las mujeres también”.
—¿Por qué, cuando hablamos de feminismo, el españolito de a pie piensa en Irene Montero, y no en Clara Campoamor?
—Por repetición. Porque en España se ha hablado muy poco de Clara Campoamor. La gente no sabría decir prácticamente nada sobre ella. Porque, en los últimos diez años, hemos oído hablar de un feminismo de corte marxista, que es el que han empujado personas como Irene Montero y Ione Belarra. Tiene una parte muy mala que me parece un cáncer: es un discurso que, más que feminista, es marxista y muy agresivo para el varón heterosexual, e incluso para las mujeres. Un discurso muy dogmático y muy victimista. Y ha conseguido dos cosas: una, que el feminismo esté carbonizado, que la palabra “feminismo” la odie todo el mundo; dos, que la mayor parte de las personas que no conoce el feminismo, por ejemplo, en el centro-derecha, lo asocien a unas personas violentas social e intelectualmente, con las que no se identifican. Por otra parte, hay que agradecer a estas chicas que hayan puesto en el centro del debate nacional el feminismo. Eso no está mal.
—¿La igualdad es una quimera?
—Sí. Cuando hablamos de igualdad, hablamos de igualdad de derechos y oportunidades. No de igualdad en términos absolutos: es imposible. No quiero ser igual a ti, ni a otra mujer, ni a mi hermana ni, si tuviera una gemela, igual a ella. Ni siquiera quiero ser igual a mí misma: quiero evolucionar. Lo de la igualdad es un poco pensamiento mágico, una vez más. Sí es necesaria igualdad de derechos y de oportunidades. Que el tablero esté recto, no inclinado.
—Usted defiende las cuotas como un episodio temporal.
—Temporal y sesgado. No creo en las cuotas per se y para todo. “En este bar tiene que haber un 50% de hombres y otro 50% de mujeres”. Me parece absurdo. Forzar, no, pero sí analizar inteligentemente. Hay cuotas que son necesarias. En la política, por ejemplo. El techo de cristal ha existido: en España no ha habido una presidenta nunca. Y eso huele. Huele muy mal.
—¿La conciliación es un timo?
—Sí. Te dicen: “Te vamos a ayudar a conciliar. Cógete la jornada reducida”, y ganas la mitad del sueldo, pierdes todas las oportunidades, pierdes comba en tu formación, en tus relaciones laborales, por supuesto, en las cotizaciones…, pero trabajas el doble: trabajas en la empresa, luego en casa y eres la que te levantas por la noche. ¿Hola? ¡Es terrible! Para mí, es una de las peores medidas que se han tomado para, en teoría, ayudar a las mujeres.
—En esta historia, el villano responde al nombre de “heteropatriarcado”, no al de “hombre”.
—Una de las diferencias que tengo con el feminismo oficial, el de Podemos y tal, es que tengo la sensación que ellas van contra los hombres. El “modelo Cristina Fallarás”: “Ninguna mujer miente, todos los hombres nos matan y nos violan”. Yo no creo eso. Creo que los hombres y las mujeres somos igual de hijos de puta o de bondadosos, según nos dé, según el momento. No creo que haya que ir contra los hombres. Lo que está obsoleto y podrido es el sistema. Ese sistema que le funcionó a Moisés o a mi abuela no nos funciona a nosotros. Y hay que corregirlo. Desde el cariño y desde el respeto, todos juntos.
—¿Hay posibilidades de desmontarlo?
—De golpe, no; poquito a poco, sí. Lo llevamos haciendo desde el siglo XVIII. Si nos metemos a estudiar cómo estaba la mujer en el franquismo, era terrorífico. Muchas mujeres de ochenta años te dirán: “Estábamos fenomenal”. Porque están totalmente aculturadas. Como la que dice que se pone el burka porque quiere. No. No estábamos genial. Había unas diferencias y un sexismo aberrantes. Y, gracias al feminismo, se van alcanzando cuotas de igualdad y de libertad.
—Hablemos de religión. “Todas las religiones históricas”, dice, “nacieron en patriarcados y sirvieron para legitimarlos”.
—Las religiones, ¿en qué se basan? Todas las religiones tienen su libro sagrado: la Biblia, el Antiguo Testamento, el Corán. ¿De dónde han salido? No ha venido Dios a entregárnoslo en la mano. No ha venido el Espíritu Santo y lo ha depositado en una roca, con rayos estelares. No, no: estos libros los han escrito personas. ¿Qué personas? ¿Mujeres acaso? No: las mujeres no sabían escribir. Una vez más, los han escrito hombres heterosexuales privilegiados.
—Escribe: “La figura de la Virgen ha hecho más daño que mil Inquisiciones porque no se trata de un mandato explícito, sino de una colonización interior”.
—Hablamos mucho, últimamente, de la sharía, del hiyab y del burka, y yo pensé: “Eso es muy evidente. Pero, en Occidente, tenemos nuestro propio burka”. Un burka que no es físico, sino psicológico. Son grilletes inmateriales, mucho más difíciles de arrancar porque lo primero que tienes que hacer es darte cuenta de que los tienes. La gente no se da cuenta, pero existen. La Virgen María, para mí, es una arquitectura social y estructural que representa nuestro burka. Es un ser que no tiene proyecto propio, que está diseñada para abnegar. Ella sufre y llora. Es representada con lágrimas de cristal en las mejillas mientras sonríe. Es una persona que no come, no engorda, no tiene la menopausia, no tiene ningún deseo. Es una mujer que tiene hijos, pero no tiene relaciones sexuales. No goza, está privada de todo hedonismo, de toda capacidad de placer. Es un ser hecho para sufrir y sacrificarse. Y eso, aunque seas atea o laica, lo tienes metido en el córtex, porque lo has visto desde que sales del canal uterino en todas direcciones. La mujer buena es la que se sacrifica y la que se da a los demás sin rechistar. Y si no eres eso, eres Eva: no hay escala de grises en las mujeres. Por eso, casi todas las mujeres tenemos el síndrome de la impostora, nos sentimos un poco frívolas, un poco malas madres y un poco putas: es imposible zafarte de ese icono tiránico.
—En cambio, le fascina Jesucristo.
—No conozco ningún filósofo, ningún reformador tan brillante ni tan rupturista como él. Su mensaje no se ha superado. Es el primero que vino a hablar de la igualdad. En Gálatas hay un pasaje maravilloso, que dice: “Ya no hay hombre ni mujer, ya no hay amo ni esclavo, ya no hay extranjeros ni nacionales, ni ricos ni pobres”. ¡Incluso amar a los enemigos! Sí, Jesucristo fue un reformista absolutamente rompedor. Por eso lo mataron, entre otras cosas.
—Entre una carmelita y una activista de Femen, ¿con quién se iría de copas?
—(Piensa) Con las dos. Me interesa mucho observar a las personas y preguntarles cosas. A lo mejor ninguna de ellas querría venir conmigo (risas).
—Dos para acabar. Dice que jamás vendería sus óvulos. En cambio, “gestar el embrión de otras personas no me supone más debate interno que la incomodidad de alquilarle a un estudiante de Erasmus una habitación en casa”.
—Se ha hablado mucho de la gestación subrogada. Creo que debería ser legal. Lo que creo que hay que perseguir es la trata de personas, la injusticia laboral y el abuso de cualquier tipo. Pero si una mujer decide que quiere alquilar su útero por un precio que les convenga tanto al emisor como al receptor, yo, como liberal, no lo puedo prohibir. Que cada una haga lo que quiera con su útero y con su cuerpo. Yo tengo cuarenta y nueve años, no voy a gestar nada para nadie, pero, si a los treinta, joven, alguien me propone, con un óvulo de otra persona fecundado, que yo geste para esa persona un bebé, yo me lo pensaría. Si me pagan lo suficiente, no me parece ninguna aberración. En cambio, un óvulo no: ya lo considero mi hijo. Y no me molaría nada dar un hijo mío.
—Va la última. ¿Por qué “hoy tener pareja (varón) es casi tan vergonzante como antes lo era la soltería”?
—Porque la vida, tal y como la conocíamos en pareja con un varón, se ha hecho muy difícil. Hay que querer mucho a un hombre para vivir con él. Todavía los hombres son muy machistas; las mujeres, también. En el momento en el que tú te pones las gafas moradas, te sientan de culo, estás más fea y menos atractiva, pero te cuesta pasar por alto ciertas cosas. Y hablo de hombres normales que se supone que colaboran y entienden la igualdad. Por eso, llevándolo al extremo, hay una tendencia que llevan a gala personas famosas, como Rosalía, que se hacen célibes o lesbianas por activismo. Es una modernez, sin más.





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