Todos tenemos un pueblo. O eso creía yo hasta hace no tanto. Por mi experiencia personal, ese lugar mitológico apiñado al final de una carretera tortuosa. Allí te aguardaban cada verano las piscinas, los abuelos a la fresca en sus sillas de enea y kilómetros infinitos para emular con la bici a los Indurain, Pantani y compañía. Y llegada la edad, de manera infalible, agazapado entre el sudor y el acné durante las siestas forzadas, también esperaba su turno el despertar sexual. Sí o sí.
Ambientado en Las Gargantillas, un pueblo rodeado de pinos que cada agosto amenazan con arder —y arderán—, la novela de Peyró resulta ser un estudio sobre la adolescencia desdoblado en la historia de dos mujeres: Cristina, cuya pubertad descolla a finales de los años ochenta, y Ana María, su madre, que lucha por revivir un amor de juventud sufrido hace mucho tiempo.
Cada una de las dos protagonistas arrastra a la autora a la exploración de distintos subgéneros. En el caso de Ana María y Sole asistimos a un drama romántico y tierno abocado al fracaso por su carácter lésbico. Por otro lado, cuando Peyró nos pasea con la pandilla de Cristina y la irrupción del forastero Joaquín, nos sumerge en un folletín —con todas las reverberaciones posibles de la palabra— adolescente que aprovecha hasta el hueso todos los recursos trileros del melodrama juvenil. El lector al que le pille lejos esa época quizás se sienta apabullado por los estereotipos de la chica lista pero tremendamente insegura, la amiguita confidente, el chulito que domina el cotarro de las chatis y el forastero que revoluciona el pueblo con sus rasgos arquetípicos de malote irresistible —repetidor, bebedor y fumador de porros, guapísimo, motorista cuando se tercia y por supuesto, un corazón sensible debajo de la carrocería de un Mario Casas ochentero—.
Mientras el lector duda si enfadarse con la autora por esta visión un tanto maniquea de la adolescencia, ambas historias de amor se acercan al incendio, irremediable como el fin del verano. Las llamas crepitan y el sexo es la yesca. El humo embriaga e intoxica por igual. Las mujeres nunca estarán a salvo de los hombres, ni de los jóvenes ni de los mayores. Para Cristina, Sole y Ana María, el incendio es el deseo interno que consume el oxígeno y también el olor a chamusquina.
Permítanme la digresión para introducir el final de Los incendios. El 31 de agosto de 1997 yo tenía doce años y agotaba el veraneo en el pueblo. Volvía a casa de mi abuela chancleteando para no perder el frescor del baño —qué sensación esa del roce de la ropa seca sobre la piel todavía húmeda—. En la tele, la entrada de un túnel engullendo a todos los que nos poníamos delante. Acababa de estrellarse el coche de Lady Di.
La noticia fue puñetazo en el estómago, un macabro golpe de efecto, como el petardazo final que clausura las fiestas… El incendio en la novela de Peyró es exactamente lo mismo. En unas últimas páginas dionisiacas, la escritora novel arroja al fuego todo el material inflamable que le quedaba en el bidón. Las llamaradas son hipnóticas pero también le queman la mano. A toda velocidad, la autora sutura amores y desactiva otros tras pasar medio libro haciéndonos creer lo contrario, añade un brote de violencia brutal, calcina al fin el monte, corona a un héroe inesperado con trazas inverosímiles de Pijoaparte y desbarra con pasajes eróticos de personajes que el lector casi ni conoce. Paquito el chocolatero style. La acción se cimbrea hacia adelante y hacia atrás en un absoluto éxtasis. Agarrarse a la cadera del que tengas delante, te toque lo que toque. Se agradece la valentía de Marian Peyró.
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Autora: Marian Peyró. Título: Los incendios. Editorial: Alianza. Venta: Todos tus libros.


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